Todos los que hemos sido estudiantes tenemos algo que decir contra el sistema de exámenes. Seguro. El problema es que nadie sabe cómo se pueden evaluar los conocimientos de los alumnos sin preguntarles acerca de lo que han asimilado del temario. Y si se hace a todos las mismas cuestiones, y algunos de ellos no conocen las respuestas, es lógico deducir que no saben lo suficiente y que, por tanto, necesitan reforzar sus conocimientos. Por eso que los suspensos siempre han llevado a un nuevo repaso de la materia suspendida y, en ocasiones, a repetir todo el curso.

Ahora hay una nueva corriente que propugna que esto no sea así y que se deje pasar de curso incluso con varios suspensos. Sus argumentos son que es muy caro repetir curso, que hay que motivar a los alumnos suspendidos (como si la repetición fuera un castigo en lugar de un refuerzo) y que, según ellos, reduciría el alto abandono escolar en nuestro país. Son argumentos que no me convencen: el concepto “caro” es muy subjetivo –más en boca de los adalides de más y más gasto público- pues entiendo que tampoco es “barato” que, por ejemplo, en un curso donde se deban aprenden las ecuaciones de segundo grado haya alumnos que ni siquiera saben solucionar una ecuación sencilla. Esto retrasa a los que sí aprobaron y no creo que ayude en nada a los que no, ya que sin una buena base su frustración –y aquí refuto su segundo argumento- será aún mayor. Si alguien se pone a estudiar otro idioma y no es capaz de adquirir los conocimientos más básicos, puede que le duela insistir en lo mismo pero sería mucho peor que, sin tenerlos, le pusieran a conjugar verbos irregulares.

Ayudar al alumno

En cuanto al abandono escolar, es imposible saberlo con certeza aunque, si es alto, dándoles la oportunidad de repetir el mismo curso no parece que tenga mucho sentido que se reduzca obligándoles a afrontar un curso que, por su falta de base, les va a ser mucho más difícil y, como dije antes, más frustrante. Ayudar al alumno que se ha quedado atrás: sí, por supuesto. Pero con lo que no sabe, no añadiéndole nuevas y más complicadas materias.

Detrás de todo esto aparece la obsesión por la igualdad artificial. De hecho, el propio ministro de Universidades Manuel Castells declaró hace unos días que “condenar a un alumno que suspende es elitista” y que “así se va machando a los de abajo y favoreciendo a los de arriba". Disculpad que me ponga como ejemplo pero yo fui un buen estudiante –en la pública- hijo de obrero por lo que no entiendo esa asimilación de “élite” y de “arriba” referida a alguien que saca buenas notas, y desde luego no creo sea adecuado que el dar una oportunidad, al que no pasa un curso, de volver a intentarlo, sea “machacarle”. Es más, siguiendo con mi ejemplo, tengo varios hermanos, uno de ellos estudió (él sí) en un colegio privado, de mi misma extracción social, con el mismo ambiente familiar… y no sacó el graduado escolar cuando le tocaba (luego, ya de adulto, lo sacó y hasta ganó unas oposiciones). Y es que todos somos diferentes, y la desigualdad existe: de talentos, de esfuerzo, hasta de suerte. Y nadie es mejor ni peor por eso, hay quien vale para estudiar y hay quien no, y hay abogados que ganan menos que un fontanero; y eso no pasa sólo en el ámbito académico: hay cocineros con estrellas Michelín que nunca fueron a una escuela de cocina y otros que, con todos los cursos hechos, no triunfan.

Oportunidades de progresar

A mí me preocupa la desigualdad, por supuesto, pero no porque haya personas de mediana edad en un país rico como España con más patrimonio que otras, sino porque desde tiempo inmemorial unos humanos han tenido mejores oportunidades que otros desde su nacimiento. Y eso no es justo porque nadie tiene la culpa de nacer en Somalia en lugar de en Suiza como no la tenía un niño por ser hijo de judío en lugar de serlo de cristiano en la Alemania de Hitler ni por nacer esclavo en lugar de patricio en tiempo de los antiguos romanos. Y digo esto porque incluso en desigualdad, en la que más cuenta, la que afecta a las oportunidades de progresar, los actuales tiempos son, aunque lejos de ser perfectos, los mejores de la Historia. Y España desde luego, de los mejores países del mundo en ese aspecto (como casi todos los de la UE).

Uno de los objetos que diferenciaba una familia “pudiente” de otra que no lo era cuando era yo un niño, consistía en tener o no una enciclopedia. Eran tan caras que había vendedores que iban por las casas ofreciendo un ejemplar por un módico precio y unos papeles de subscripción para adquirir el resto mediante letras. Otra opción estaba en los quioscos: se adquiría un fascículo cada semana –así parecía un gasto menor- y cuando el número de ellos alcanzaba el de un tomo, se compraban las tapas y se llevaban a encuadernar… completar esa labor podía durar años. Eran muy importantes en la educación de los niños puesto que, como fue mi caso, los padres que no habían tenido la oportunidad de estudiar –en eso también han mejorado mucho las cosas- por la necesidad de trabajar desde jóvenes, difícilmente podían contestar a las preguntas que nos surgían cuando hacíamos los deberes, y que a veces no tenían respuesta en los libros de texto. Yo no tenía enciclopedia y en muchas ocasiones recurría a la biblioteca pública pero no era como ahora que hay muchas, es fácil encontrarlo todo (y, en lo que yo considero un exceso, hasta se pueden leer tebeos, revistas, tomar prestada música y hasta películas por si no hay nada interesante en los tropecientos canales de TV) y los horarios son amplios. Sin embargo, hoy una enciclopedia Larousse, algo que seguramente fuera el orgullo de cualquier salón hace 30 años, se considera en muchos hogares un estorbo por lo mucho que ocupa. ¡Qué no hubiera dado yo en mis tiempos de estudiante por tener a mano todos esos saberes!

Ni una sola de las enésimas reformas educativas han hecho más por reducir la desigualdad en el acceso a la cultura para todos los estudiantes que el internet generalizado

Pero es comprensible porque ahora tenemos Google. Y no sólo Google, tenemos unos aparatejos –los móviles- desde los que cualquiera puede acceder a casi todo y que casi todos los estudiantes tienen desde una edad bastante temprana. Un móvil es un arma diabólica en manos de un adolescente pero también es el mejor instrumento para reducir la desigualdad entre un estudiante de familia humilde y otra de familia rica. Esto era impensable hace unas décadas: hoy el acceso a la cultura es tan accesible que prácticamente sólo hacen falta ganas. Incluso en países menos desarrollados tanto el móvil como la conexión a internet son cada vez más comunes y demuestran que la ciencia y la tecnología, una vez más, hacen más por el desarrollo humano que cualquier político planificador. La mejor prueba la tenemos en España: ni una sola de las enésimas reformas educativas han hecho más por reducir la desigualdad en el acceso a la cultura para todos los estudiantes que el internet generalizado. Lo que depende de la planificación estatal no llega a tanta gente como lo que depende de la individual…

El nuevo ludismo que algunos defienden porque consideran que las máquinas acabarán con los puestos de trabajo nunca tiene en cuenta que la tecnología es la mejor herramienta para reducir la desigualdad cultural y que esa cultura será la que pueda hacer adaptables a los empleos del mañana a los niños de hoy. Los espectaculares avances médicos –sobre todo del último siglo- de poco hubieran servido para el conjunto de la población sin una implicación de las autoridades creando hospitales, ambulatorios, campañas de vacunación etc. así como la educación básica obligatoria fue necesaria para la alfabetización generalizada, pero ahora nos encontramos con un fenómeno en el que las autoridades poco tienen que ver salvo para intentar boicotearlo –como pasa en China- con la censura.

En la actual Europa la educación universal, el sistema de sanidad público y otros avances sociales han reducido mucho las diferencias entre un niño de familia pobre y otro de familia rica respecto a las de hace un siglo y ojalá se reduzcan más. Para ello, la labor del Estado es ofrecer las mismas oportunidades a todos, ayudar en lo que se pueda a los que van más retrasados pero nunca forzándoles a afrontar materias más avanzadas sin la base suficiente porque no sólo no les ayuda, además perjudica a la mayoría.