Entre 1990 y 2014 el Partido Popular aglutinó un amplísimo espacio electoral que abarcaba el liberalismo, el conservadurismo y la democracia cristiana. Esta amalgama era heterogénea, sin duda, pero tenía suficientes elementos en común percibidos por sus votantes como determinantes para mantenerse cohesionada en las urnas. La habilidad de sus dirigentes consiguió que tanto los mensajes como las políticas fuesen lo bastante coherentes dentro de la diversidad de su espectro social para que los aspectos concretos que rechazaban unos u otros o que echaban en falta estos o aquellos no tuviesen nunca la fuerza necesaria para provocar cismas o la aparición de nuevos competidores.

Esta operación de difícil equilibrio doctrinal y de praxis en ocasiones cercana a la inconsistencia fue mérito de José María Aznar y sus sucesivos equipos y fructificó en cuatro etapas de gobierno, dos de ellas con mayoría absoluta. Este cuarto de siglo de hegemonía indiscutida del centro-derecha sucumbió bajo el embate de tres factores que por separado quizá hubieran sido manejables con pericia y decisión, pero que actuando en conjunto fueron letales: la crisis financiera de 2008 y sus secuelas, la corrupción galopante y Mariano Rajoy.

En efecto, la combinación del fuerte malestar social creado por el brutal incremento del desempleo y la caída de ingresos de familias y empresas durante la gran recesión, de la multiplicación de escándalos en el seno del PP a nivel municipal y autonómico y en el sensible ámbito de las cajas de ahorros y la pasividad inoperante y el vaciamiento ideológico característicos del largo mandato del sucesor de Aznar, se ha traducido en los últimos cinco años en la pérdida de la mitad de los sufragios, de dos tercios de los escaños en el Congreso, de la mitad de las Comunidades Autónomas y de numerosas capitales de provincias. Esta debacle sin paliativos ha ido acompañada de la aparición de dos rivales en el mismo terreno cuyos feroces mordiscos en ambos flancos han dejado al partido azul seriamente tocado, si bien, tambaleante y tullido a golpes, aún sigue en pie.

Tras el obligado cambio de liderazgo y de discurso -la continuidad del 'marianismo' en la figura de su oficial mayor SSS hubiera representado sin remedio la liquidación de las siglas- el PP ha emprendido como era de esperar la recuperación del territorio perdido, hoy compartido con dos vecinos incómodos que son a la vez adversarios y ocasionales socios y uno de los cuales, Ciudadanos, aspira sin disimulo a sustituirlo como principal referente del liberalismo, dejando un margen estrecho para que Vox pastoree al conservadurismo nacionalista español de corte confesional.

A Casado le espera una tarea que exigirá a la vez la definición de un cuerpo doctrinal, la fijación de una estrategia y la capacidad de atraer a un electorado que le ha abandonado"

Ante este panorama inquietante, a Casado le espera una tarea de no poca dificultad y complejidad que exigirá a la vez la definición de un cuerpo doctrinal, la fijación de una estrategia y la capacidad de atraer a un electorado que le ha abandonado en busca de opciones que le proporcionen mayores satisfacciones emocionales y más sólidas certidumbres programáticas. Este ambicioso propósito ya tiene un nombre, muy acertado por su resonancia positiva y su claridad conceptual, Suma, es decir, la agrupación de sumandos dispersos en una única adición potente y atractiva.

Los ingredientes que den sabor a este plato son obviamente la defensa de la unidad nacional contra el separatismo golpista, una política económica favorable a la actividad empresarial basada en la moderación fiscal, la competitividad y la innovación, el equilibrio presupuestario, las reformas estructurales que transformen el Estado carísimo y territorialmente disfuncional que padecemos en una máquina eficiente y ágil, la real separación de poderes, un modelo educativo que reúna libertad, calidad y excelencia, un sistema de pensiones viable, el fin de la partitocracia para que las instituciones y la sociedad civil adquieran el necesario vigor, un atlantismo sin complejos y un europeísmo realista y comprometido.

No es aventurado creer que si las cúpulas del PP, de Cs y de Vox, encabezadas por tres líderes jóvenes, patriotas y sin hipotecas del pasado, se sentasen alrededor de una mesa con buena voluntad y flexibilidad, podrían configurar una agenda común que fuera la síntesis y el compendio de sus respectivas propuestas. Ahora bien, esta empresa tan beneficiosa para la Nación requeriría altura de miras, inteligencia, renuncia al protagonismo, imaginación y una voluntad férrea de servicio al interés general. La pregunta es si Casado, Rivera y Abascal son conscientes de que las amenazas que gravitan sobre España son de naturaleza existencial y que esta posibilidad de conjunción de esfuerzos que aletea en estos momentos es una obligación y un deber para todos y cada uno de ellos. De que así lo entiendan depende que esta Suma sea un Suma y Sigue o proporcione a los españoles otra decepcionante frustración.

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