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Miguel Ángel Belloso

Opinión

Soy un perfecto fascista feliz

No es fácil, ni mucho menos cómodo, llevar la contraria a la cofradía progresista de la izquierda

Black Friday en San Francisco
Black Friday en San Francisco Europa Press

El viernes pasado me dio por aprovechar el Black Friday. Compré un ordenador portátil con un notable descuento y me sentí realizado y feliz... hasta que leí el editorial del diario El País, el Pravda español, ese periódico que manejan unas feministas furibundas que dictan lo que es plausible pensar, lo que se puede permitir y aceptar públicamente sin pecar. Este periódico completamente vaticanista, puritano y radical, en la línea del peronista Francisco, decretó el sábado pasado que el Black Friday es “el día del gran despilfarro”, el inicio de una carrera por el consumo frenético que hay que parar a toda costa porque nos deshumaniza, perjudica a los pequeños comercios y es esencialmente nocivo. Estos indigentes intelectuales han llegado a escribir: “La implantación de un consumo masivo espasmódico, movido por grandes descuentos, produce cambios económicos, sociales y urbanísticos que convendría analizar. El consumo concentrado y masificado acumula un coste energético incompatible con el proyecto a largo plazo de una sociedad guiada por el principio de bajas emisiones a la atmósfera”. ¿Se puede evacuar un excremento de tal calibre y mantener la cabeza erguida? 

Hace ya un tiempo que me declaré en esta misma columna como negacionista. No porque piense que el clima no varía, pues así lo ha hecho a lo largo de la historia del planeta, incluso de la reciente -cuando Virginia Wolf escribió su ‘Orlando’ a principios del siglo XX nos cuenta cómo el Támesis estaba helado-, sino porque estoy convencido de que no hay evidencia empírica alguna de que la acción del hombre tenga un impacto notorio al respecto. Por eso no podía por menos que rendir honores a la cumbre ambientalista que se celebra la presente semana en España reiterando mi posición. El cónclave de estos días tendrá algunos efectos positivos como producir importantes ingresos al sector de los hoteles y restaurantes de Madrid, dado el número colosal de visitantes y la seguridad de que la mayoría tiran de una tarjeta de crédito gratis total que finalmente acabaremos pagando nosotros, pues lo que está sucediendo esta semana es como el fraude de los ERE andaluz a escala planetaria.

La egolatría del presidente

Las contrapartidas, en cambio, serán muy costosas. Tendremos que padecer a toda la retahíla de idiotas del mundo esgrimiendo sus discursos apocalípticos, sufriremos la presencia de la repelente niña Greta Thunberg pagada con cargo al erario público a fin de expiar la deriva de su enfermedad, así como servir el afán de enriquecimiento de sus padres, y comprobar una vez más el prurito ególatra de nuestro desalmado presidente del Gobierno en funciones, que será catapultado por los medios serviles, que son casi todos, al podio mundial como el político más verde del orbe y más determinado a combatir la emergencia. 

Al tiempo que está ocurriendo este espectáculo pomposo y pueril, el mismo presidente intenta fraguar un próximo gobierno con los comunistas de Podemos, que en sus diversos programas electorales han planteado la salida de la Unión Europea y del euro, el abandono de la OTAN, subir escandalosamente los impuestos, abrir un proceso constituyente para cancelar la Carta Magna, eliminar el FMI, el Banco Mundial y la Organización del Comercio, controlar los medios de comunicación, establecer una jornada laboral inferior a la de 35 horas, elevar estratosféricamente el gasto público, nacionalizar los sectores industriales, animar la violencia callejera como método para conseguir el cambio social y no recuerdo qué otras cosas más. Bueno sí: el partido de Pablo Iglesias no tiene pudor alguno a la hora de lucir símbolos ultras como el Che Guevara, uno de los principales asesinos de la historia, sigue apoyando a Maduro y a Morales, dos sátrapas corruptos y criminales, y también es antisemita.

Con ser la alianza entre Sánchez e Iglesias un atentado brutal al sentido común, el presidente en funciones está negociando la investidura con los independentistas de Esquerra, que no reconocen ni la monarquía ni la Constitución ni las leyes dictadas por la democracia parlamentaria que hemos disfrutado estos años. Si confiamos en que Europa sea un dique de contención frente a las ambiciones secesionistas de una parte de España, debe resultar inquietante para las instituciones comunitarias que el próximo Gobierno de Madrid tenga que depender de un partido que postula la partición del territorio nacional, aupado por algunos magistrados del Tribunal Constitucional que avalan a los sediciosos, y que a diario esté obligado a lograr la mayoría necesaria para dirigir el país con partidos insensibles a la higiene presupuestaria y la estabilidad económica. Si este es un juego de fuerzas incomprensible para un nativo no es difícil imaginar que debe ser una auténtica pesadilla para cualquier funcionario o político europeo. 

La campaña se ha construido con todo tipo de insidias y falsedades sobre la honorabilidad personal y profesional de algunos de los miembros de Vox

El Partido Socialista, junto a Podemos y el resto de las formaciones que apoyaron a Sánchez en la moción de censura, disfrutando del aliento constante del Pravda español, han desarrollado una intensa campaña, finalmente frustrada, para impedir que Vox tuviera presencia en la Mesa del Congreso de los Diputados, tal y como le corresponde por ser la tercera fuerza de la Cámara y contar nada menos que con 52 escaños. La campaña se ha construido con todo tipo de insidias y falsedades sobre la honorabilidad personal y profesional de algunos de los miembros de Vox, y en particular contra Iván Espinosa de los Monteros y su esposa, Rocío Monasterio, cuya competencia, probidad e inteligencia están fuera de duda y por eso inquieta a las huestes presididas por la mediocridad que les rodean.

Ni qué decir tiene que este intento alevoso por establecer un boicot a un partido perfectamente constitucional como Vox es una más de las señales del espíritu totalitario y vil que anida en gran parte del arco parlamentario, y que ha sido santo y seña de la izquierda socialista desde el infausto Pacto del Tinell en la época del indeseable Zapatero. En el fondo, ni la izquierda ni los nacionalismos retrógrados soportan un pensamiento que no se ajuste al canon de la corrección política, que es el canon de nuestro tiempo. 

Vox y los chiringuitos

En julio pasado, cuando todavía era director de Actualidad Económica, entrevistamos a Axel Kaiser, un intelectual y profesor chileno que enseña en la Universidad de Standford, California. Kaiser, su pensamiento y sus libros son toda una obra maestra en contra de la progresía internacional, el mismo ánimo que comparte Vox y buena parte de la derecha española, no la ‘marianista’, acomplejada y sierva del consenso socialdemócrata de los ‘sorayos’, los ‘feijóos’ o los ‘alfonso alonsos’, sino la que creo que representa mejor Pablo Casado. Decía Kaiser en aquella entrevista que en los tiempos que corren “si criticas la discriminación positiva en favor de la mujer, eres un machista, si no crees que los grupos de LGTBI tengan que recibir privilegios o ayudas especiales -como es el caso de los chiringuitos que critica Vox y que están pegados como lapas a las instituciones y administraciones públicas para vivir del cuento- eres un homófobo, si defiendes a los empresarios eres un explotador, o si pides que la inmigración sea ordenada eres un xenófobo”.  

Y si eres todas estas cosas pues serás tildado irremisiblemente de fascista con un desparpajo, una facilidad y una falta de escrúpulos alarmante, que no ha tenido lugar jamás antes en la historia. No es fácil, ni mucho menos cómodo, llevar en voz alta la contraria a la cofradía progresista de la izquierda, pero es precisamente esta enorme y colosal dificultad la que exige más determinación y perseverancia que nunca. Vox está en ello, ha nacido para ello, producto de la frustración de tanta gente del PP con un partido que, hasta la llegada de Casado, había perdido el nervio y cualquier interés por disputar el debate ideológico y la guerra cultural declarada por la izquierda universal. Yo espero que el PP, al que siempre he votado, en esta nueva etapa con Pablo Casado busque los puntos de encuentro que sean precisos con Vox, que asimile a Ciudadanos y que de esta manera sea posible expulsar de La Moncloa a la izquierda totalitaria, apoyada por los nacionalismos anticonstitucionales y retrógrados. Hay que perder el miedo a que te llamen fascista. Así me ocurre. Me considero un fascista perfecto y feliz, capaz incluso de aprovechar el Black Friday para disgusto de la nueva religión inquisitorial, progre, pero en el fondo declaradamente puritana y conservadora. 

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