Mientras Estados Unidos huele al frescor de las nuevas fragancias que emanan de los tiempos de cambio de paradigma que imprimen Biden y sus muchachos, en Europa, y en nuestra querida España, el hedor neoliberal sigue siendo dominante. El objetivo sacrosanto de mantener unas cuentas públicas saneadas promete impulsar una restricción fiscal compuesta por un cóctel que combinará subida de impuestos, especialmente indirectos, y control de gasto. Resulta inconcebible que en un contexto post-pandemia, alejado del pleno empleo, estas políticas, unidas a un control de salarios, sean las dominantes en Europa.

En nuestra querida España, las responsables de economía, Nadia Calviño, la mujer de negro en Moncloa, y de Hacienda, María Jesús Montero, son las adalides de la quintaesencia que emana de la estabilidad presupuestaria, aderezada con un control de salarios (se niegan a subir el salario mínimo, porque no toca). Por lo tanto, desistamos, el Gobierno no va a llevar a cabo ninguna política rupturista tendente a revitalizar y cambiar nuestro tejido productivo, a reducir la extracción de rentas, y a mejorar las condiciones económicas de los ciudadanos, atónitos ante los precios de los alquileres, el precio de la energía, los bajos salarios y un largo etcétera. Sánchez lo apuesta todo a dos fichas. Por un lado, los fondos de recuperación, transformación y resiliencia. Por otro, sabedor de la existencia de una oposición indigna y antipatriota que, a diferencia de sus correligionarios europeos, coquetea y da alas a los neofascistas. Pero tales esperanzas son un arma de doble filo. Puede salir bien, debo reconocer que hasta ahora Sánchez es el más listo del lugar, o no. Al margen de ello, la socialdemocracia está atrapada en sus contradicciones y carece de un ideario para revitalizar unas democracias cada día más frágiles y vulnerables. ¡Y miren que podría mirar al otro lado del Atlántico!

Biden no es socialcomunista, es un demócrata conservador que ha leído el descontento social, y ha generado un plan para absorberlo

Sí, porque la única sorpresa positiva no esperada viene de los Estados Unidos. Como me recalcó un seguidor de estas líneas, "Biden no es socialcomunista, es un demócrata conservador que ha leído el descontento social, y ha impulsado un plan para absorberlo; ha elegido un montante espectacular que desarma la oposición conservadora; y ha generado el imaginario político para confrontar el trumpismo". Se ha rodeado de gente nueva muy formada y crítica con el pasado. Además a su edad pasa de todo y quiere dejar una impronta duradera. Por el bien de las democracias ojalá le salga bien.

El nuevo papel de los economistas

Desde estas líneas hicimos referencia en su momento a un brillante artículo de Stephanie Mudge, 'Moraleja para la reinvención socialdemócrata', traducido al español para la revista bimensual Política Exterior, donde analizaba la situación de la socialdemocracia, incluida la estadounidense, antes de la llegada de Joe Biden al poder.

Stephanie Mudge, profesora de sociología en la Universidad de California, es autora del libro Leftism Reinvented: Western Parties from Socialism to Neoliberalism (2018, Harvard University Press). En él desarrolla un análisis comparativo, histórico sobre la evolución en el último siglo de los demócratas estadounidenses, los socialdemócratas alemanes y suecos y el Partido Laborista británico. Centrándose en el papel central que desempeñan los expertos como intérpretes, representantes y portavoces dentro de los partidos políticos, el libro rastrea cómo los estrechos lazos de mediados del siglo XX entre las profesiones económicas y los partidos de centro-izquierda unieron sus destinos, de manera que cuando la economía cambió, los partidos de izquierda cambiaron con ella. El resultado fue un nuevo papel de los economistas como portavoces de los mercados y, junto a ellos, el surgimiento de nuevos expertos estratégicos y especialistas en políticas que hablaban de "lo que gana" y "lo que funciona". El resultado, sin embargo, fue la disminución de la capacidad de representar de forma significativa a los grupos históricos de pobres, trabajadores y de clase media de los partidos de izquierda. Y al final la pérdida de peso político.

En lo fundamental, la defensa de los intereses de clase de los trabajadores, de los más pobres y débiles, la socialdemocracia ha hecho dejación de responsabilidad

Traducido en román paladino, y en relación a nuestro país, el PSOE no ha cambiado ni va a cambiar las condiciones de vida de los trabajadores de este país. Solo ofrece una mejora importante y necesaria en los derechos civiles, y el respeto a la diversidad. Aspectos que, por cierto, frente a la carcundia de la derecha patria, asumen perfectamente los partidos conservadores, liberales y democratacristianos europeos, todos ellos, a diferencia de estos lares, antifascistas de facto. Pero con ello no basta, porque en lo fundamental, la defensa de los intereses de clase de los trabajadores, de los más pobres y débiles, la socialdemocracia ha hecho dejación de responsabilidad.

En Moraleja para la reinvención socialdemócrata, Stephanie Mudge profundiza en estas ideas y resume la quintaesencia de su famoso libro. El pragmatismo frente a la ideología, el realismo frente al idealismo fueron las consignas de una “tercera vía” que al final se tradujo en una abstención creciente en la izquierda y una socialdemocracia debilitada.

La fuerza del mercado

El mercado se convirtió a mediados de los 90 en la entidad más poderosa de la política democrática occidental, y esta evolución ha resultado más sorprendente y peligrosa en el ámbito de la socialdemocracia. Primero el SPD alemán, después el SAP sueco, pasando por el PSOE español, o el PSF de la segunda etapa de Francios Mitterand, todos ellos precursores de una tercera vía que alcanzó la apoteosis con el laborismo de Tony Blair y los demócratas de Bill Clinton. Según este nuevo catecismo, las exigencias humanas y democráticas solo pueden satisfacerse ahora en la medida en que se sometan a las fuerzas inquebrantables del “mercado”, al que debe darse el máximo margen de acción para coordinar la gran diversidad de decisiones económicas y controlar con eficacia la demanda y la oferta. Obviamente, y así lo asumieron, el mercado no podía garantizar el pleno empleo, la justicia distributiva o la protección del medio ambiente.

Precios de la luz y alquileres

Como señala al final del artículo la propia Mudge, desde la adopción de la tercera vía, los economistas transnacionales prescriben por los mercados, los especialistas dictan las cosas que “funcionan”, y los estrategas promueven las “cosas que ganan”. Ninguno de ellos, sin embargo, hablan de las personas. Pero además de ineficientes, acaban siendo distópicos. Por eso, ante el descontento social, solo cabe un cambio de rumbo como el que está intentando Joe Biden en los Estados Unidos. Un botón de muestra. Mientras aquí las adalides de la quintaesencia pregonaban que no toca subir el SMI, Joe Biden, ante las preguntas reiteradas de los periodistas sobre qué hacer ante la falta de trabajadores en algún sector económico respondía, en un video que se ha hecho viral, su repuesta fue muy clara: “¡Páguenles más!”.

La socialdemocracia europea, y en nuestro país el PSOE, deja que todo se guíe por las fuerzas del mercado. Ante la subida vergonzosa y vergonzante del precio de la luz, en vez de cambiar un sistema tarifario fraudulento y extractivo, que debería ser investigado en sus orígenes, meras ocurrencias; ante los desorbitados precios de los alquileres y los problemas de vivienda, nada de nada; y ante una subida razonable del salario mínimo, pues que no toca. Lo dicho, o la socialdemocracia europea se reinventa o se extingue. Mientras tanto, aquí siguen fiando todo a unos fondos de recuperación, transformación y resiliencia, que esperemos no sean utilizados para financiar el Capex del Ibex 35; y a una oposición absolutamente antipatriota, en continuo coqueteo con la ultraderecha.