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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

El síndrome Trudeau

El primer ministro de Canadá es un político que cabalga sobre el buenismo y vive entregado a todas las modas ideológicas imperantes

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, interviene en la plenaria durante la segunda y última jornada de la cumbre de líderes del G20.
El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, interviene en la plenaria durante la segunda y última jornada de la cumbre de líderes del G20. EFE

Se armó esta semana un escándalo de impresión en Canadá a cuenta de una fiesta de disfraces a la que acudió el actual primer ministro, Justin Trudeau, cuando tenía 28 años. Todo vino por una fotografía en la que se le veía en muy buena compañía disfrazado de Aladino, un personaje extraído de los cuentos de "Las mil y una noches" que siempre cautivaron la imaginación occidental con apasionantes historias como la de Simbad el Marino o la de Sherezade.

Para meterse en el papel Trudeau se pintó la cara con una gruesa capa de maquillaje oscuro y se puso un turbante de generosas dimensiones rematado por una pluma. Nada especial, las fiestas de disfraces consisten en eso mismo, en disfrazarse de personajes reales o imaginarios para pasarlo bien. Es por ello que el joven Trudeau no pensó que estaba haciendo nada mal en 2001 cuando asistió a esta fiesta en la que, a la luz de lo visto en las fotografías, debió divertirse bastante.

Execrable racismo

Pero muchas cosas que eran normales en 2001 han dejado de serlo. Disfrazarse de Aladino, por ejemplo. Conforme a las nuevas reglas dictadas por los sanedrines de la identidad cultural nadie que no sea árabe puede hacerlo porque, de lo contrario, estaría cayendo en el más execrable racismo amén de incurrir en una imperdonable falta de apropiación cultural.

Dejando a un lado que Aladino nunca existió y que sus aventuras ocurrieron en un reino ficticio inventado por Antoine Galland, un orientalista francés de tiempos de Luis XIV, si sólo podemos vestir la ropa de nuestros antepasados porque esa y no otra es nuestra identidad cultural, la mayor parte del mundo debería quitarse la corbata, los pantalones y toda la indumentaria de origen occidental.

Los chinos tendrían que volver a vestirse como en tiempos de la dinastía Ming, los japoneses regresar forzosamente a la aparatosa moda del periodo Tokugawa, los indígenas americanos recuperar los ropajes, por lo general sucintos, de las culturas precolombinas y todos los de ascendencia subsahariana volver al taparrabos y las pieles de leopardo. Hasta incluso dentro de la propia Europa habría más de un problema. Si un alemán se viste de torero o una española se enfunda un dirndl austriaco, ¿estarían apropiándose de otra cultura para ridiculizarla o simplemente disfrazándose? Más bien lo segundo, pero es que disfrazarse no tiene nada de malo, no existe, por más que se empeñen los profesores de estudios culturales una intención aviesa y racista en ello.

No hay nada parecido a una cultura en estado puro, tampoco una cultura estática e inmóvil desde el principio de los tiempos. Los seres humanos somos, por fortuna, extraordinariamente promiscuos desde el punto de vista cultural. Emulamos por principio, copiamos a los demás y luego personalizamos y enriquecemos esa copia. La historia de la moda es la de una misma idea interpretada y reinterpretada mil veces.

Reírse de los árabes

El mantón de Manila, por ejemplo, es de origen chino pero quién lo diría. Hoy se considera la prenda castiza por antonomasia. De China pasó a Filipinas (de ahí lo de Manila) y luego saltó a España, donde su uso arraigó con fuerza y se convirtió en el santo y seña de las manolas madrileñas. El caso del mantón de Manila es uno más entre miles. La vestimenta tradicional está en continua evolución, tanta que rara es la madrileña que hoy tiene un mantón de Manila en el armario y pocas sabrían ponérselo y llevarlo con el garbo de sus bisabuelas.

Pero si seguimos el delirante guión de la apropiación cultural sólo las madrileñas estarían autorizadas a vestirlo, todas las demás mujeres del mundo estarían incurriendo en una falta de respeto, en racismo incluso. Pero no es así. Disfrazarse de personaje de zarzuela no es despreciar a esos personajes ni a su cultura, es reconocerlos. Disfrazarse de Aladino no es reírse de los árabes, es simplemente meterse no en la piel, pero si en la ropa de un aventurero de ficción, algo no muy distinto a disfrazarse de Luke Skywalker o del rey Arturo. Por el primero nadie podría sentirse ofendido porque el planeta Tatooine no existe, pero con el segundo, ¿pueden hoy los ingleses reclamar en exclusiva los disfraces del rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda?

Cualquier expresión cultural de nuestra especie es valiosa y nos pertenece a todos. Ninguna cultura es pura

Sería tan absurdo que no cabría en cabeza alguna. Pero Justin Trudeau ha pedido perdón y se ha dolido públicamente por disfrazarse de Aladino hace 18 años, algo que ni es ilegal, ni inmoral. Esto nos viene a decir que hay algo que no funciona. Estamos empezando a abandonar el sentido común más elemental y no porque lo hayamos perdido, sino porque preferimos no ejercerlo ante una minoría ruidosa, intransigente y autolegitimada, auténticos profesionales de la ofensa que, denunciando ser víctimas del racismo, caen en el racismo más indigno al estabular las diferentes culturas en compartimentos estancos completamente incomunicados.

No es así y no debe ser así. Parafraseando a Terencio, a los hombres vengan de donde vengan nada humano les es ajeno. Cualquier expresión cultural de nuestra especie es valiosa y nos pertenece a todos. Ninguna cultura es pura, cultura humana hay sólo una en una infinidad de sabores, colores y formas.

El turbante de Aladino, sin irnos muy lejos, forma parte de la indumentaria tradicional árabe, pero también de la turca, la afgana, la panyabí, la birmana, la sij, la armenia... hasta los soldados bizantinos de la alta Edad Media iban con turbantes. ¿A quién pertenece? A todos. Es una muestra más de la infinita capacidad de nuestra especie para innovar en el atuendo y adaptarse al medio.

Algo tan elemental es lo que Trudeau, un político que cabalga sobre el buenismo y vive entregado a todas las modas ideológicas imperantes, no ha sabido o no ha querido ver. No es el único, el síndrome avanza raudo por todo Occidente secando el debate y levantando muros donde siempre hubo puentes.V

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