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Mario Garcés

Opinión

Las siete falacias de Sánchez

La emoción no debe colapsar la cordura, ni la dignidad del hombre ha de ceder ante la intolerancia de las utopías populistas

Su Majestad Pedro Sánchez
Su Majestad Pedro Sánchez

He acabado aceptando que soy político de vieja escuela. Pero, sobre todo, de escuela. En unos tiempos de ficción política en que la narrativa de lo posible se impone a la realidad, y en que el adanismo y el narcisismo hacen academia a costa de mermar el rigor del análisis y de la experiencia, he acabo entendiendo finalmente lo que es el "relato". Haya dos voces de la nueva política que producen reacciones alérgicas descontroladas en mi cuerpo: una es "relato"; la otra, "propositivo". Pues bien, ya sea por relato, o por propositivo, la construcción argumental de Sánchez en horas de coronavirus toma como base siete principios que constituyen, en sí mismos, siete falacias materiales:

  1. La socialización de la crisis: La forma natural de expiación de la culpa consiste en ampliar el perímetro de la responsabilidad, imputando el origen objetivo y la extensión del problema a todo el mundo. En este sentido, ante una causa de origen exógeno y de propagación planetaria, la responsabilidad interna queda diluida. Adicionalmente, la socialización de la pandemia procura percutir el problema sobre la solidaridad europea, convirtiendo así el proyecto continental en la principal vía de solución pero también en un enemigo futuro en caso de respuesta insatisfactoria. Por otro lado, el antieuropeismo funcional de algunos de los aliados del Gobierno de Sánchez contempla alevosamente una posibilidad de mostrar una Europa de dos velocidades, polarizada en Norte y Sur, de modo que traslade el confuso conflicto de la lucha hemisférica de clases al resto del continente.
  2. Simetría y asimetría: Ante la premisa incontestable de que la crisis tienen una raíz externa y una extensión total, conviene a Sánchez reforzar el argumento malintencionado de que la crisis es simétrica en toda Europa. La voz "simetría" ha sido utilizada por Sánchez reiteradamente en sus intervenciones para hacer creer a la sociedad en su igualitarismo de diagnóstico que nos asimila plenamente al resto de países europeos. La afirmación es rotundamente falsa, al menos en el tiempo en que se formula. El impacto de la crisis en España, hoy por hoy, es mayor que en el resto de países europeos, a excepción hecha de Italia, y a expensas de la evolución sincrónica de los acontecimientos. La insistencia de Sánchez en el concepto de simetría internacional tiene por objetivo diluir su responsabilidad, al comanditar tanto las causas como los efectos de la crisis. En cambio, con una desfachatez incorregible, acepta que la crisis es asimétrica entre las Comunidades Autónomas, a fin de fomentar la división y poner en marcha el acelerador de culpas entre determinados territorios. Sin solución moral.
  3. La demonización de la derecha: invariablemente, y con una podredumbre intelectual muy pronunciada, la izquierda española ha construido un fenotipo de la derecha basado la continuidad social del tardofranquismo, el centralismo, la defensa de las oligarquías y la negación de los derechos sociales. Por desgracia, el gregarismo y la mediocridad, además del acriticismo retribuido de algunos medios de comunicación, han provocado que en cierto imaginario colectivo español esa imagen delirante exista. Pues bien, en la construcción del enemigo, al uso y estilo de las teorías de Umberto Eco, Sánchez no ha tardado en convertir la crisis en un ataque irremisible contra la derecha, con los argumentos tradicionales que enfrentan lo público y lo privado a través de unas pamplinas intelectuales que no soporta ningún power point de la caballería mediática de los de siempre.
  4. La opinión técnica como escudo de autoprotección: cuando escuché por primera vez en esta crisis en un miembro del Gobierno la frase "hacemos lo que nos dicen los expertos" preví lo peor. Primero, supuse, como así ha sido, que han empleado sin ambages a los empleados públicos con perfil profesional para cubrir y encubrir los posibles errores de prognosis y de reacción. En segundo lugar, utilizan a los funcionarios como primera línea de contención de responsabilidad política y administrativa, a expensas de que puedan contener la crítica que se cierne sobre el presidente y sus ministros, máxime cuando las responsabilidades no serán a buen seguro exclusivamente políticas. Y, en tercer lugar, subvierten un principio básico de acción política desde el origen de los tiempos y es que corresponde al político tomar las decisiones sobre la base de la opinión y el análisis. En caso contrario, si bastaran las opiniones de los técnicos, no sería necesario el Gobierno y se haría posible así el antiguo dogma de algún mal pensante de la "Administración sin Gobierno".
  5. El reproche del "sesgo de retrospección": para contrarrestar la función de control político de la oposición, Sánchez cuestiona ciertas críticas sobre la base de la futilidad de las opiniones actuales basadas en lo que denomina "sesgo de retrospección". Escrito de otro modo, considera que nadie pudo prever la magnitud del problema y que todo análisis se hace ahora sobre la base de la construcción retrospectiva de los hechos y de sus posibles respuestas. Completamente falso una vez más. Si bien es cierto que en todo análisis existe un componente reconstructivo cimentado en las evidencias contrastadas a lo largo de este periodo, el arte del buen Gobierno no consiste ni en el seguimiento natural de la realidad ni en la lectura asincrónica de la misma, sino precisamente en la capacidad de lectura de los hechos, para anticiparse a sus consecuencias. No es un problema de "sesgo de retrospección" sino de "sesgo de anticipación".
  6. La somatización del dolor por parte de algunos medios de comunicación: a estas alturas, todavía se echa de menos una reprobación deontológica de la profesión periodística ante la actitud de ciertos medios, fundamentalmente de televisión, que banalizaron hasta la náusea los estragos de la crisis, haciendo de ella un espectáculo bufonesco. Con buen criterio de raíz, es positivo que la sociedad reciba impulsos vitalistas y neutralizadores del dolor, y en ese sentido los medios de comunicación deben contribuir a ello. No obstante, es momento de reivindicar la libertad, la objetividad y la imparcialidad frente al imperio del editorial predilecto o de la rutina del enfrentamiento. Que la búsqueda de la dilución social del dolor no se convierta en una trituradora de veracidad, porque en ese caso las pérdidas morales en nuestra sociedad serán ya irreparables.
  7. La oportunidad de un cambio de modelo económico y social para la izquierda: lo cierto es que, más que una oportunidad, a la izquierda se le ofrece el cambio de modelo económico y social a la salida de la crisis como una necesidad para justificar su mantenimiento en el Gobierno. La pulsión incesante de la izquierda febril contra lo privado, como si no fuéramos particulares todos, o la apología de lo público en una sociedad que se ha construido sobre el esfuerzo, la capacidad y el mérito de nuestros emprendedores, son solo dos coartadas para imponer el terror de la mediocridad y de la medianía. Es un riesgo tan visible en ciertas declaraciones recientes que invita a la defensa a ultranza de nuestros principios liberales, con sus defectos, pero con todas sus virtudes.

Son minutos tristes en las que, por mucho que cueste, la emoción no debe colapsar la cordura, ni la dignidad del hombre ha de ceder ante la intolerancia de las utopías populistas. El pacto social y la fe en el progreso humano deben seguir estando  presentes, de modo que el esfuerzo y la capacidad, a la salida de la crisis, no se penalicen por la necedad de los mediocres. La moderación y los equilibrios habrán de triunfar frente a la rebelión de los intolerantes, porque la igualdad debe seguir siendo de oportunidades y nunca de resultados. El mundo debe seguir organizándose en torno al diálogo real y no en torno al combate insubstancial, y la verdadera revolución es proseguir con nuestros consensos tradicionales. Los de siempre.

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