Érase una chica que hacía streamings por Twitch y que había acumulado una cantidad relativamente importante de seguidores -pongamos unos 80k- principalmente a base de mostrar culo y pechuga en pantalla. Hace 15 años algo tan anodino como esto habría pasado desapercibido y todo el mundo habría seguido con sus vidas sin reseñar nada preocupante en que una mujer joven, autoconsciente del efecto que tiene su físico en terceras personas, decidiese sacarle provecho al asunto. Pues ole tu coño, morena. Por esas fechas montar una escandalera por unas tetas o un culo era algo pasado de moda y reservado a un perfil que yo despectivamente llamaba “señoras del Opus”. A día de hoy sin embargo me da la sensación de que el antiguo soy yo, y que el nuevo -viejo- puritanismo acecha a mujeres sexualmente activas y conscientes desde todas las coordenadas del tablero cultural.

Así leía hace poco por Twitter -con cierta estupefacción debo admitir- a un joven streamer horrorizado por que una usuaria de la plataforma morada hubiese acumulado un significante número de suscriptores a costa -sobre todo- de mostrar cacho en los streamings: “No se quién me da más asco, si las tías que hacen esto por ganar fama y dinero en Twitch o los que lo hacéis posible. Esta chica no hace nada en sus streams, sólo leer el chat a sus suscriptores con muchos besitos mientras se menea las tetas”.

El chico continuaba en su hilo indignado porque el esfuerzo de otros streamers como él, que según sus palabras curran y se esfuerzan a diario para arañar un par de follows, estaba quedando opacado porque había gente que “desperdicia” su dinero en ver un culo y un par de tetas. Y terminaba la pataleta escribiendo “asco” en mayúsculas, algo poco honesto por su parte ya que en su lugar debía haber escrito “envidia”.

Y puedo entender la frustración de una persona joven al ver que el impacto de su contenido palidece ante un par de tetas y un buen culo, la realidad a veces puede golpear de forma despiadada, y es hora de que se sacuda de encima esa presuposición con trazas marxistas de que el valor de las cosas está vinculado en exclusiva con las horas de trabajo que haya detrás. No vale lo mismo una actuación de los Rolling Stones que la de un artista que toca en el metro aunque el trabajo que estarían realizando sea similar. Que exista gente que libremente decida invertir su tiempo en la streamer del escote apretado y no en otro usuario con un contenido supuestamente más elaborado no es una injusticia, es la realidad diciéndote a la cara que actualmente la gente prefiere ver un escote que tragarse lo que sea que les vayas a ofrecer tú, independientemente del valor subjetivo que le atribuyas a una cosa y a la otra, y sobre todo sabiendo que el valor del escote no es algo impertérrito ya que ni se acerca al que tendrían otras estrellas del streaming como un Ibai o un Auronplay.

La capitalización de la sexualidad femenina es algo que responde a una fuerza irrevocable y directamente proporcional a la demanda que existe sobre ella. Porque por muy modernos que nos pongamos, casi en pleno 2021, el cuerpo de las mujeres es más exclusivo que el cuerpo de los hombres. La madre naturaleza -gran arquetipo de la feminidad- y su proceso de selección natural todavía alegoriza con las dinámicas de cortejo que nos encontramos entre seres humanos. Las mujeres son las que seleccionan a sus pretendientes varones, cuya acción no pasa por intentar emular la sexualidad femenina sino por competir por ella con otros varones, muchas veces de forma despiadada. Este proceso atávico -con sus diversas excepciones- sigue escrito con fuego en las dinámicas sociales entre hombres y mujeres. Y a día de hoy, como sociedad, nos dividimos entre aquellos que implícita o explícitamente aceptamos esto… y aquellos que no.

Los Frollos, por un lado, a los que he bautizado en honor al clásico de Disney y su villano el archidiácono de Notre Dame, Claude Frollo, son señores que no pueden soportar el deseo incontrolable que les produce la belleza en bruto de mujeres como la gitana Esmeralda. Esto lo expresaba de forma desgarrada el villano de la novela original de Victor Hugo en la canción 'Fuego Infernal' de la adaptación de Disney:

Protégeme, María, de esa sirena, esa mujer

Que no me lleve a mi perdición

Destruye a Esmeralda

En el infierno debe arder

Si no va a ser jamás mi posesión

 

 

Por el otro lado tenemos a las Charos, que intentan instalar la narrativa de que la sexualización femenina, en tanto en cuanto está sujeta a la mirada del hombre, sería más una suerte de maldición patriarcal y no una poderosa herramienta con un enorme poder para condicionar -y en ocasiones subyugar- al sexo contrario. En mi humilde opinión, no hay peor ataque hacia la feminidad que el del Instituto de la Mujer exigiendo cuotas de físicos no normativos para las televisiones o señalando de forma inquisitiva series como 'Las chicas del cable' por incluir personajes femeninos de “belleza inalcanzable”.

Frollos y Charos participan de la mano en la criminalización de la sexualidad femenina. Su sinergia atrae cada vez a más mujeres que se ven víctimas de su belleza normativa y hombres que entienden la sexualización femenina en el mejor de los casos como una forma de competencia desleal, y en el peor como una inaceptable provocación propia de súcubos sin alma.

Y luego estamos los que nos encontramos en medio y entendemos el valor y el poder que pueden tener un par de tetas y un buen culo, y no queremos que esto cambie. Nos conformamos con que maduremos un poco y podamos convivir con esta evidente e imperturbable fuerza de gravedad social.