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Antonio Sanchidrián

Opinión

Las sesiones de control, esa máquina de cabrear votantes

Pablo Casado.
Pablo Casado. EFE

Como sigamos por esta senda, habrá que sacar las sesiones de control en el Congreso de la sección de política para insertarlas directamente en la crónica de sucesos, que es en lo que se han convertido. En la muerte. En la descarnada muerte de la inteligencia, del compromiso político, de la verdad. Cada miércoles en un insulto vertido desde el Congreso de los Diputados hacia la ciudadanía. La política española es un combate de boxeo deleznable, toda una máquina de cabrear votantes, lo cual hasta tendría su gracia si no estuviéramos inmersos en la mayor crisis sanitaria, económica e institucional de nuestra historia reciente.

Comenzó fuerte Pablo Casado, tono elevado y firme. Afectado en su cabreo con todo lo que representa Sánchez y su gobierno, en versión genovesa del comisario Renault y su celebérrimo “Aquí se juega” (Casablanca). Como si quisiera rascar presencia, y votos, a grito pelado. Pero en el fondo, en sus palabras, poca enjundia: todos sabemos que la palabra de Pedro Sánchez es un artefacto sin valor alguno y que su carrera política está edificada sobre soberanos mamporros a la hemeroteca. Dejó entrever el líder 'popular' presiones para sumarse a la reforma del CGPJ (“¡a mí no me presiona nadie!”) y se ve ya señalado por los terminales mediáticos como el gran culpable. Es más o menos esto: como Casado se negó a pactar, no quedó más remedio que darle a Montesquieu una patada donde más le duele. Lo están viendo ya en todas sus pantallas. 

Casado apostó por los decibelios, en retahíla de reproches al presidente y a su aforadísimo vicepresidente Iglesias, y quedó expuesto al tono calmo, humillante, de Pedro Sánchez. “No voy a entrar en reproches ni en insultos”, dijo, mayestático, el presidente perdonavidas, que acto seguido aplicó el manual del perfecto enemigo político. El príncipe del pacto con independentistas catalanes y los herederos de sanguinarios terroristas acusó al PP de ser un partido “antisistema”, un ataque que no encontró una respuesta contundente al otro lado del hemiciclo. A Casado, y al Partido Popular por extensión, le están sacando a tortazos de la foto. Forma parte del plan. Y la estrategia de la resistencia silenciosa, al modo de Rajoy, a la espera de recoger las nueces puede no ser suficiente.

Hablando de antisistema. Fue conmovedor el cambio de registro del presidente del Gobierno cuando resulto interpelado por Mireia Vehí, la cupera independentista que a Sánchez se le debió representar una mezcla perfecta entre Hanna Arendt y Simone de Beauvoir, tal fue la delicadeza y empeño pedagógico que puso en la respuesta. Solícito con el separatismo, mano dura y apelaciones insultantes para los partidos de Estado. Es el mundo al revés en el que nos movemos. Es el camino hacia el infierno hacia el que nos precipitamos. 

Luego llegó lo de Calvo y lo de Iglesias. No les quiero hacer perder más tiempo: ya tendrán en bucle sus brillantes discursos en los medios adictos. Pero en realidad sucedió lo que cualquier lector inteligente puede adivinar. Un puñado de homilías de la primera y un discurso retador, marichulesco, del segundo. Por cierto que Iglesias lo volvió a insinuar. Ya sabe lo que el Tribunal Supremo va a dictar a propósito de la investigación que reclama la Audiencia Nacional por tres delitos. Ya lo sabe. Con asombrosa certeza. Sin miedo a ser desautorizado. Es inquietante. Quizás la separación de poderes haya saltado ya por los aires. Eso es lo verdaderamente preocupante. Y todo lo demás, ahora mismo, es ruido. 

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