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Miquel Giménez

Cataluña

Los separatistas pretenden emular la marcha sobre Roma de Mussolini

Oriol Junqueras, con Carles Puigdemont detrás de él
Oriol Junqueras, con Carles Puigdemont detrás de él Efe

Están totalmente locos. No saben por dónde salir ni cómo hacerlo. De ahí que cada vez se muestren más tal y como son. La última de sus pretendidas demostraciones de “país” lo confirma.

Estrategias a la desesperada

Con los dirigentes separatistas bien en la cárcel, bien en libertad bajo fianza, bien fugados en Bélgica o peleados entre ellos, al separatismo le queda poco más que adoptar radicalmente la vieja estrategia de partidos como el MCC: contra peor, mejor. La denegación de libertad para Oriol Junqueras, fundamentada por los magistrados aduciendo en buena lógica del derecho, entre otras cosas, que tener cargo electo no exime de cumplir las leyes, o la petición de Carles Puigdemont al Estado para que pacte su retorno como President han dejado al movimiento separatista totalmente KO. Y han decidido pasar a la acción.

Parecen más unos adolescentes con acné ideológico que dirigentes de un movimiento político. No tienen altura intelectual ni jurídica, y no conocen nada que no sea apabullar al adversario, insultarlo, vejarlo, acorralarlo para que, cuando este se defiende, gritar que ellos son unas pobrecitas víctimas. Sus ideas, si podemos llamarlas así, son de una tremenda puerilidad, intelectualmente ignaras, y aquí se comprueba que ha sido preciso haber creado a través de la ingeniería social durante décadas a una masa adoctrinada, ciega a razonamientos y dialéctica política democrática, para que existan actualmente personas dispuestas a tragarse las soflamas de estas gentes y votarles.

La realidad es esta: han vulnerado leyes comunes a los ciudadanos españoles y es por ello la justicia ha actuado contra ellos

Pero la realidad es esta: han vulnerado leyes comunes a los ciudadanos españoles y es por ello la justicia ha actuado contra ellos; han visto como la sociedad catalana no independentista se ha movilizado por primera vez en la historia; han causado la salida de más de tres mil empresas de Cataluña, provocando el crack económico más tremendo que se conoce en Europa desde el final de la segunda guerra mundial. Otrosí digo, han llevado a Cataluña al descrédito internacional, a sus instituciones a una parálisis asfixiante y, lo más terrible, a una honda y terrible fractura social entre las personas. El resultado es, lamentablemente, palpable, visible, mucho más si añadimos que la fuerza política más votada en las pasadas elecciones fue, sí, Pilar Rahola, pon cara de idiota, Ciudadanos. Conste que lo dijo ella en su día, “si ganase Ciudadanos se nos pondría la cara de idiota a muchos”. Pues eso.

Para más inri, el “bloque” separatista está dividido y peleado más que nunca, con muchos candidatos a presidente, pero, ¡ay!, o en la cárcel o fugados. No se puede hacer más y peor con menos luces.

¿Cómo reaccionan esos jerarcas de la subvención? Huyendo aún más si cabe hacia adelante. La última barbaridad surgida de sus mentes licuadas que circula por las redes sociales es una iniciativa que, según cuentan, estaría propiciando la ANC. La cosa va de que veinte mil voluntarios – solo con los funcionarios nacionalistas que comen de la teta pública ya los encontrarían – irían a buscar a Puigdemont a Perpiñán, acompañándolo hasta Barcelona en un viaje cuajado de esteladas, pancartas, lacitos amarillos y bocatas pagados con esos fondos que estaría bien saber de donde provienen exactamente, no sea que usted o yo los estemos sufragando como si nada.

Los separatas pretenden copiar la marcha que el Partido Fascista llevó a cabo sobre Roma, con Mussolini a la cabeza

Es decir, los separatas pretenden copiar la marcha que el Partido Fascista llevó a cabo sobre Roma, con Mussolini a la cabeza. Éramos pocos y parió la burra.

¡All’armi, All’armi!

Como muchos saben, la Marcia su Roma que organizó Benito Mussolini se produjo en un contexto de crisis en Italia ciertamente notable. A partir de la orden del que sería dictador italiano, los camisas negras se lanzaron a las carreteras, calles y plazas provocando todo tipo de disturbios, coaccionando a las autoridades locales, presionando al legítimo gobierno italiano. El objetivo era ir hacia Roma y tomar el poder. La causa, poco explicada, de que el Duce organizase aquella demostración de fuerza fue que el presidente del gobierno de Italia, Luigi Facta, buscó que el ultranacionalista Gabriele D’Annunzio, el poeta soldado rival de Mussolini, le diera su apoyo. Este último temió verse desplazado, organizó aquel pulso con el estado y los resultados son sobradamente conocidos: liquidación del sistema parlamentario democrático, implantación de una dictadura populista fascista, eliminación de la oposición y, finalmente, asesinatos, encarcelamientos, exilios, persecución de judíos, guerra, en fin, la hecatombe en el país de Dante y Leopardi.

Les propongo un juego puramente hipotético, un divertimento histórico inocente y recreativo. ¿Por qué no sustituyen los nombres de Mussolini y D’Annunzio por los de Puigdemont y Junqueras? ¿Y si cambiásemos la marcha que, presuntamente, desean llevar a cabo los separatistas por la del Partido Fascista? Ambos coincidirían, al menos, en un aspecto, y es que estaban convencidos de que el gobierno legítimo no se atrevería a intervenir. Rectifico, hay otra cosa en común entre los dos: su desprecio por el estado de derecho. Sigamos con este puro entrenamiento de tarde de domingo: si los squadristi fascistas se ocupaban de amedrentar a sus oponentes, los Comités de Defensa de la República, ¿qué hacen? ¿Las pintadas intimidatorias y amenazantes o ataques que sufren, día sí día también, medios de comunicación o políticos constitucionalistas en la Cataluña actual son o no son similares a las de las que soportaban los adversarios del fascismo italiano?

Ese empeño en pasarse la ley por el arco de triunfo no puede considerarse más que fascismo

Son divertimentos históricos, claro, pero que podrían acabar por devenir en crudas realidades. Porque ese empeño en pasarse la ley por el arco de triunfo no puede considerarse más que fascismo. Lo mismo podríamos decir acerca de ese inquietante rasgo, tan habitual entre dictadores, de sentirse imbuidos para interpretar el sentir de todo un pueblo, negándole a cualquiera que no sea de tu cuerda la menor posibilidad de defenderse. ¿Amordazar todo un parlamento, cerrándolo a cal y canto tras vulnerarlo salvajemente, como vimos desde septiembre pasado hasta la aplicación del 155, es propio de regímenes fascistas? ¿No lo es? ¿Es una pantalla más del proceso? Los medios de comunicación al servicio del gobierno ¿son cosa de fascismos o no lo son? Incluyan aquí a los sistemas comunistas, que son lo mismo.

Son muchas las dudas que nos crean los dirigentes independentistas que, alejados del despacho oficial con esa moqueta tan acogedora, se agitan convulsamente, tendiendo a deslizarse hacia ese lado siniestro que siempre han tratado de evitar que aparezca en público. Tanto hacer listas de buenos catalanes y malos catalanes, tanta retórica supremacista, tanto desdén hacia lo que no fuera su interpretación de Cataluña, ¿no tiene, al menos en parte, las características del fascismo?

Lo que no cabe en el nacionalismo, no existe o, al menos, no debería existir según sus creyentes. Es una cuestión de fe más que de política, porque los nacionalistas son creyentes, no militantes, y eso es algo que en Madrid deberían haber advertido hace mucho tiempo. Por otra parte, la debilidad del gobierno de Mariano Rajoy ¿acaso no es interpretada por los separatistas de igual modo al que Mussolini hacía con la del débil gobierno italiano de su época? Habría bastado con que el primer ministro Facta hubiera dejado de contemporizar, enviando al ejército para disolver aquel ejército de Pancho Villa de camisas negras que, digámoslo todo, iban armados con cuatro pistolas reliquias de la primera guerra mundial, porras y cuchillos. La burguesía milanesa, patrocinadora del asunto – vaya, como la catalana con el proceso – no era muy pródiga que digamos. Podrían haberse evitado unos males tremendos si se hubiera intervenido a tiempo. Recordemos que Hitler tuvo al fascismo como primera inspiración, aunque lo suyo fuese otra cosa mucho más terrible y peor.

Vayan ustedes a saber, pero la inacción es la peor de las traiciones y, Dios no lo quiera, si se concretase esta barbaridad, quisiera pensar que el gobierno de la nación actuaria como se debe, es decir, salvaguardando la democracia y, acaso, el futuro de este país. En Italia no supieron hacerlo.

Miquel Giménez



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