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Alberto J. Gil Ibáñez

Opinión

El separatismo como secta

Miles de manifestantes a favor de la independencia de Cataluña.
Miles de manifestantes a favor de la independencia de Cataluña.

En noviembre de 1978 en Jonestown (Guyana) se produjo el suicidio colectivo de 912 seguidores (incluido el asesinato de 300 niños) del pastor estadounidense Jim Jones, miembros de una secta llamada, curiosamente, “Templo del Pueblo”. Esta acción auto-destructiva paradójicamente fue presentada por Jones como un “acto revolucionario” (aparentemente acompañado asimismo de sonrisas) que les llevaría a otro nivel superior de realidad donde encontrarían finalmente la libertad, la felicidad y el bienestar. Este escenario se fundamentaba no en datos objetivos sino tan solo en la fe de los seguidores en la palabra de su líder. El separatismo disgregador lleva prometiendo algo muy similar para el día después de la independencia, sin ningún estudio riguroso y objetivo que lo asegure, basado solo en la confianza ciega en la palabra de los líderes independentistas o en la mera fuerza de un deseo ingenuo e irracional. De hecho, estaría proponiendo un suicidio colectivo, alimentado por información falsa y manipulada. Se ha comprobado recientemente que los informes de que disponía la Generalitat mostraban un futuro incierto y potencialmente desolador, con caídas del PIB en torno al 20%, datos cuidadosamente ocultados a los ciudadanos, que siguen creyendo hoy, como ayer, ciegamente en el nirvana independentista a pesar de que miles de empresas han abandonado Cataluña y de que otros estudios concienzudos alerten del engaño masivo al que han sido sometidos (e.g., Josep Borrell y Joan Llorach, Las cuentas y los cuentos de la independencia, 2015).

Como Jim Jones, líder de la secta ‘Templo del Pueblo’, el separatismo ha buscado romper familias y hacer olvidar a muchos emigrantes el respeto por los valores que representan sus antepasados"

¿Cómo se forja un tipo de mentalidad que permite extender y caer en esta trampa? Existen razones que apuntan a que nos encontraríamos ante comportamientos típicos de una secta más. Veamos. Los que cuestionaban las afirmaciones de Jones eran tratados como herejes o enemigos del movimiento, y severamente castigados; el separatismo trata igual a los constitucionalistas, ya sean padres, niños o comerciantes que cometen la osadía de rotular en castellano. El “Templo del Pueblo” se presentaba como defensor de la “verdadera” voluntad de su pueblo frente al opresor externo, que en su caso era el capitalismo; los fanáticos separatistas también oponen una voluntad virtual del pueblo catalán (no superan con toda la manipulación existente el 50%) frente el enemigo exterior que sería el Estado al que pertenecen (o simplemente “Madrid”), pero añadiendo, en el caso de ERC y la CUP, también al capitalismo, con lo que las semejanzas continúan. Jim Jones obligaba a sus seguidores a romper con sus familias y a apartar cualquier valor (por importante que hasta entonces fuera) que entrara en contradicción con la consecución de los fines del grupo; el separatismo ha buscado enfrentar y romper familias y hacer olvidar a muchos emigrantes el respeto por los valores que representaban sus antepasados.

Tal vez haya todavía alguien que, llegados a este punto, clame: “¡El separatismo es una opción ideológica legítima, protegida por la libertad de pensamiento y expresión!”. Pues bien, continuemos. La Resolución del Parlamento Europeo, de 22 de mayo de 1984, sobre “una acción común de los Estados miembros de la Comunidad Europea en torno a diversas violaciones cometidas por nuevas organizaciones que actúan bajo la cobertura de la libertad religiosa", señala algunos criterios para identificar a una secta: que personas que no hayan alcanzado la mayoría de edad sean incitadas a pronunciar votos que comprometan de manera determinante su porvenir (imposición de la lengua minoritaria, persecución de la lengua materna de la mitad de la población, falseamiento de la historia común, creación de mitos, implantación del pensamiento único en las escuelas y utilización de menores en manifestaciones y otros actos); que se pida un compromiso de orden financiero o personal, sin precederlo de un período de reflexión suficiente (campaña para la suscripción de “bonos patrióticos”, pagados finalmente por el Estado, presión coercitiva separatista: “o estáis con nosotros o no sois verdaderos catalanes”); romper o impedir el contacto del adepto con sus antiguos amigos y familia (ruptura de relaciones familiares y de amistad); condicionar la elección formativa de sus miembros (sólo puede estudiarse en un idioma, todas las escuelas y/o universidades deben ser adeptas a la causa); poner obstáculos al derecho a abandonar libremente el movimiento en cualquier momento (si abandonas el independentismo eres un traidor que merece ser lapidado socialmente, e.g. Santi Vila); impedir el derecho a solicitar la opinión de una persona independiente, en el terreno jurídico o en cualquier otro (compra de observadores internacionales por 200.000 €, instrumentalización del TV3…); incitar a transgredir la ley (sin comentarios); pedir un compromiso permanente a miembros potenciales que, como los estudiantes o los turistas, efectúan una visita a un país en el que no son residentes (presión sobre los emigrantes, rechazando a los procedentes de países de lengua española); no proporcionar a las autoridades competentes, si se lo piden, toda información relevante, incluyendo el lugar de permanencia o residencia de ciertos miembros (sic); no proporcionar a los niños de los miembros una educación y cuidados apropiados que eviten lo que pudiera perjudicar el bienestar del niño (por ejemplo, excluyendo la enseñanza de/en la segunda lengua más hablada del mundo).

La única base real de las promesas idílicas del independentismo es la confianza ciega en la palabra de sus líderes, algo muy similar a un suicidio colectivo alimentado por información falsa o manipulada"

En el país de la igualdad, libertad y fraternidad (Francia) se aprobó en 2001 una Ley anti-sectas: Ley 2001-504, de 12 de junio de 2001, dirigida a reforzar la prevención y la represión de los movimientos sectarios que atenten contra los derechos del hombre y las libertades fundamentales. Introduce la posibilidad de declarar la disolución de aquellas entidades legales, cualquiera que sea su forma jurídica u objeto, cuando el propósito o la finalidad de sus actividades sea crear o explotar la dependencia física o psicológica de sus miembros, y en especial, cuando la persona jurídica en cuestión o sus dirigentes legítimos o de hecho hayan sido condenados mediante sentencia firme por determinados delitos. La demanda de disolución la presenta el fiscal de oficio o a instancia de parte y en el mismo procedimiento se podrá pedir igualmente la disolución de otras personas jurídicas que persigan los mismos objetivos y estén unidos por intereses comunes. Se introduce un nuevo delito en el código penal que sanciona con tres años de prisión y una multa de dos millones quinientos mil francos el abuso fraudulento de una situación de ignorancia o debilidad de cualquier persona cuya vulnerabilidad sea específica por minoría de edad u otras razones, o de personas sometidas física o psíquicamente como consecuencia de graves presiones ejercidas para alterar su juicio (e.g. presión social del separatismo especialmente a menores y emigrantes para que se “conviertan” al dogma independentista).

Puede que, a pesar de lo dicho, a alguien le siga indignando y sorprendiendo esta equiparación, pero una cosa es cierta: las nuevas sectas y el separatismo disgregador se aprovechan de la misma situación de vacío que ha dejado la crisis de las religiones y las ideologías tradicionales El ser humano tiene necesidad de identidad, sentido y objetivos para justificar y mantener su existencia. Y cuando fallan unas recetas se buscan (desesperadamente) otras. El nacionalismo, como sus sectas hermanas, hábilmente explota esa demanda y debilidad, al precio de eliminar el espíritu crítico y dividir la sociedad entre los separatistas (los buenos) y “los otros” (los malos, que merecen por tanto ser odiados, marginados y expulsados). Buscan crear una dependencia psicológica del individuo hacia el grupo, haciendo imposible la vida independiente o al margen del mismo. De hecho, para muchos independentistas, el separatismo se ha convertido en su vida (la rama aparentemente firme a la que asirse), no existiendo sentido en un mundo sin él. Y de esta tentación (a lo fácil y a una autoestima “prêt-à-porter”l) nadie está libre, ni aunque cuente con un doctorado. Es la mera consecuencia de la fragilidad humana y una sociedad cada vez más líquida.

En este contexto, si vemos claro lo peligrosas que son las sectas, hasta el punto de que se prevea en algunos países su ilegalización, ¿por qué no hacer lo mismo con el separatismo, dado que comparten tantos puntos en común? Una última pregunta: ¿sería mejor o peor el mundo sin sectas ni separatismos? Una pista: llevamos cinco meses de aplicación (light) del art. 155 de la Constitución.  ¿La vida de los catalanes es mucho peor que antes?



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