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Miquel Giménez

Opinión

El separatismo pretendía cerrar medios no afines

El hasta ahora secretario de Difusión del Govern, Antoni Molons
El hasta ahora secretario de Difusión del Govern, Antoni Molons EFE

La república catalana deparaba muchas sonrisas. Una de ellas, la expropiación de todas las licencias de radio y televisión nacionales. Todo de buen rollo, claro.

¿Quién controla la pasta que se lleva la Corporación Catalana de Medios de Comunicación?

Es Antoni Molons, imputado por malversación de caudales públicos y desobediencia. Este alto cargo repescado por Quim Torra fue detenido por la Guardia Civil a instancias del juzgado 13 de Barcelona por un posible uso de fondos públicos en el 1-O. Fue cesado de su cargo mediante el 155, pero como ahora vivimos una época de paz, sosiego y diálogo, vuelve a mandar. Perteneciente al ala convergente separatista – si es que aún queda alguna que no lo sea – tenía un cuaderno en su despacho que contenía cosas curiosas. Ignoramos si era de la marca Moleskine, como el de Jové, número dos de Oriol Junqueras, a través del cual pudimos conocer de puño y letra del susodicho el plan para romper la legalidad vigente urdido por Junqueras y Carles Puigdemont. Demos gracias al orden burocrático de estas personas, aunque tememos que consignar por escrito según qué asuntos dice más acerca del sentimiento de impunidad de los afectados que otra cosa. Sentimiento que, como en el caso de Molons, estaba justificado porque ahí lo tenemos de nuevo, decidiendo las subvenciones que reciben los medios catalanes. Aquí nunca pasa nada y, si pasa, se le saluda.

Molons guardaba en su cuaderno documentos acerca de lo que iba a suceder instaurada la república catalana, esa que Torra va pregonando como el súmmum de todas las virtudes democráticas. La Benemérita, una de las pocas cosas serias que nos quedan, informaba del plan encontrado entre los papeles de Molons acerca de la supresión de todos, repetimos, todos los medios de comunicación de ámbito nacional y, por lo tanto, desafectos al régimen separatista.

El método, que se concreta en documentos con membrete de la Generalitat, era de una simplicidad digna de Goebbels. Son cartas a los dirigentes de dichos medios en las que se les comunicaba el nacimiento del nuevo estado catalán para, acto seguido, anunciarles que sus licencias se daban por expiradas. Se iba a convocar un concurso para adjudicarlas, pero acorde a la nueva legislación republicana. Es decir, si deseas continuar, o pasas por el tubo o te quedas sin licencia.

Puigdemont, que estaba detrás de esta maniobra, sabía muy bien lo que se hacía. Ponía en un brete a RTVE, COPE, Atresmedia, Mediaset, Prisa, Unidad Editorial, Vocento y Movistar. Expropiar a quien no comulga con tus ideas no es nuevo. Lo hicieron Hitler, Mussolini, las dictaduras marxistas, Franco, en fin, aquellos para quien la disidencia resulta inaceptable. En la carta se añadía “Próximamente le informaremos sobre cómo se llevará a cabo el proceso para otorgar de manera definitiva las pertinentes licencias”, finalizando con “Para cualquier duda o consulta, no dude en ponerse en contacto con nosotros”. Me viene a la memoria la advertencia que al subdirector del Frankfurter Zeitung, Erich Welter, le hiciera el mandamás de la prensa nazi Max Amann, tras cerrarle el periódico. “Lo más simple sería fusilarlos, pero le propongo un cruce entre la competencia periodística del Frankfurter y la solvencia política del Völkischer Beobachter – el diario del NSDAP – así que decida”. O conmigo o nada.

Antes TV3 que todo el resto de competencias

La frase es de Jordi Pujol y la cito como paradigma de lo que significa para el nacionalismo poseer medios de comunicación propios, en los que verter la semilla ideológica de su proyecto. Si controlando a todos los medios públicos catalanes, amén de los privados, mediante jugosísimas subvenciones e inserción de publicidad, aún pretendían ir más lejos, barriendo de un plumazo a aquellos que no están en la noria separatista, imaginen si ese interés es elevado.

En la totalitaria república catalana todo sería uniforme, con ese amarillo que invadiría la sociedad excluyendo cualquier otro color. Vemos ejemplos a diario de ese pensamiento público pagado entre todos que no quiere que se hable de según qué cosas, solo de lo suyo. Toni Soler, productor mimado del separatismo, se permitía decir hace poco en TV3 que tanto el rey como Xavier García Albiol eran unos “residuos”. Y no pasa nada. Claro que habla en un lugar en el que los Pujol se pasean sacando pecho, de homenaje en homenaje, el mismo sitio en el que se acaba de destapar el pastel del tres por ciento donde, presuntamente, en la cima del asunto estaría Artur Mas. Ese mismo territorio en el que se recoloca a la hermana de Pep Guardiola en el Parlament, después de haber sido “embajadora” de la Generalitat en Copenhague, o se hace lo propio con la ex consellera fugada Meritxell Serret ante la Unión Europea con un cínico “Es cuestión de proximidad, ella reside allí”.

Es la Cataluña donde todo es posible para unos pocos, los del lazo amarillo, los de la casta de los señores, esa Cataluña en la que al ex PSC y separatista acérrimo Fabián Mohedano se lo coloca como experto “trabajólogo”, signifique lo que signifique, o se nombra a Pau Villoria para que investigue los efectos del 155, siendo quien dio luz verde a la privatización de Aigües Ter-Llobregat, la privatización más cara en la historia catalana, anulada por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña así como por el Tribunal Supremo. Solo les diré que el por entonces conseller Lluís Recoder se negó en redondo a firmar aquello.

He hecho estos someros apuntes para que se entienda de qué va esta manía de controlar a periodistas y medios. Aquí se habla de esteladas, de represión policial, de presos políticos o de exiliados y, si no te acomoda, te vas, porque eres un facha, un españolista, un mal catalán.

Lo peor es que nadie mueve un dedo.

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