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Miquel Giménez

Opinión

Al separatismo no le gusta el Prêt-à-Porter

Pere Aragonès
Pere Aragonès EFE

O, lo que es lo mismo, quiere que el gobierno le haga un traje a medida. A medida de la financiación. Elsa Artadi, portavoz del Govern y seguidora de los abrigos de mil euros, lo ha dicho en rueda de prensa. El vicepresidente del ejecutivo catalán Pere Aragonés no piensa acudir a la reunión del Consejo de Política Fiscal y Financiera. Eso es de pobres, deben pensar.

Que mi presupuesto tenga la manga muy ancha

La muchachada separatista que dirige, es un decir, Cataluña es poco dada a las reuniones donde hay mucha gente y se discrepe de manera civilizada. Lo suyo son los decretazos por sorpresa, los pactos en el Majestic, en Moncloa, en restaurantes de buen tono. Mezclarse con gentes que no son ni de su clase ni usan sus perfumes les debe parecer de baja estofa. En ese inmenso Zara en el que han convertido la España de las autonomías, que tenía que solucionarnos todos los problemas a los españolitos y que ha acabado solucionando solo los de los enchufados, los herederos de Jordi Pujol se encuentran incómodos y arrugan sus aristocráticas naricitas. A ellos lo que les va es ir al modisto elegante, sentarse en una silla y que les vayan enseñando paños de diferentes estilos.

Devotos de Saint Simon y la Savigny, estilosos cual Brummel, están más por la elegancia que otorga llevar un diseño propio que otro cualquiera. No tienen la menor intención de presentarse en la fiesta del presupuesto con la misma americana que el de La Rioja, es un decir. No, no, ellos han exigido que Pedro Sánchez, el conseguidor del por ahora Reino de España, haga un traje a su medida. De ahí que Aragonés haya dejado clarinete que no piensa acudir al Cafarnaúm donde se discute la pasta que va a llevarse cada autonomía. En aquel puerto de arrebatacapas tampoco es que se le haya perdió nada a alguien con un mínimo de decencia, porque ver como se trocea tu país entregándolo a unos reinos de taifas sin vocación de nada que no sea chupar de la teta, no vale la pena. Y provoca arcadas, dicho sea de paso.

Ahora, es obvio que el epicúreo Aragonés no va porque, según ha dicho Artadi, la encargada de los pactos bajo mano con la ministra Meritxell Batet, prefiere los pactos bilaterales, es decir, de tú a tú. Un bis a bis íntimo y húmedo, vamos, cartera en mano y mirada de azor a ver qué nos llevamos este año, que hay mucho subvencionado estelado que espera recibir su viático cuanto antes.

El muchachote tiene razón. ¿A qué va a ir allí? ¿A escuchar como otros lugares de España tienen muchísimo menos presupuesto que ellos y mayores problemas? ¿A que alguien les diga que son unos jetas? Hasta ahí podríamos llegar. En dichas reuniones solo se informa a las comunidades autónomas y el único voto que cuenta es el del ministerio, es decir, el Estado, sí, ese Estado con E mayúscula al que temen y odian porque el día que despierte se les acabará la bicoca en la que están instalados desde hace décadas.

A esta gente, los de la Generalitat, digo, lo que les funciona es la reunión a dos bandas, con tocamientos por debajo de la mesa y caritas sugerentes. De ahí que Aragonés haya pedido más de siete mil millones y que Sánchez, munificente cual mandarín oriental, haya dicho que sí. Pero todo en privado, en el boudoir, en el probador selectísimo de un gobierno que se pasa el día cosiendo o descosiendo según sus propios intereses.

Bolsillos muy abiertos, cuello desahogado y una rebequita por si refresca

Esas son, en síntesis, las exigencias – aquí todo el mundo exige – del gobierno de Torra. Lo que no pueden disimular, a pesar de la chulería impostada de estos señoritos, es que están en pelota picada desde hace mucho tiempo. Todo el dinero que había – el poco que dejaron los Pujol, sus comisiones y sus trapicheos – fue destinado de manera ilegal a financiar una intrincada red social separatista. Eso nos ha costado a todos cientos de millones que será difícil, si no imposible, que volvamos a ver. Es una reinterpretación del famosísimo oro de Moscú, ese que los socialistas entregaron a la URSS del padrecito Stalin, del que parte se fue de matute con Indalecio Prieto en un yate a Méjico, porque de algo había que vivir.

Los dos millones y pico que votaban a Pujol y su Convergencia son los mismos que ahora están por la independencia. No se ha movido nada. Lo suyo ha sido un fracaso en toda la regla

Los separatas exigen un traje que les cubra, pero la trampa es evidente. Tanto dinero en embajadas, en invitaciones, en ágapes, en sueldos metidos en sobres con destino a periodistas y generadores de opinión les ha servido de poco. Con el inmenso potencial político-propagandístico y años de matraca, no han conseguido llegar ni al cincuenta por ciento de los votos. Los dos millones y pico que votaban a Pujol y su Convergencia son los mismos que ahora están por la independencia. No se ha movido nada. Lo suyo ha sido un fracaso en toda la regla. Ahora, han conseguido, y ahí hay que concederles todo el mérito, tener amedrentado a un Estado que no sabe qué carajo quiere ser de mayor.

La democracia emanada de la Constitución de 1978 adolece de algo fundamental en cualquier estado de derecho: el principio de autoridad. Por el temor a ser confundidos con el régimen anterior, los sucesivos gobiernos han sido pusilánimes ante el separatismo catalán. Y cuando han querido ponerse severos ni han querido ni han sabido. No es extraño que Aragonés chulee de esta manera al gobierno “amigo” de Sánchez.

No duden que les harán el traje que piden y será a medida, cómodo, de calidad. No digo irrompible, porque durará hasta que éstos se cansen y pidan otro diferente. Al separatismo, y más cuando es tan cerril y fachoso como el catalán, jamás se le tiene contento. Siempre habrá un conflicto, un agravio, una queja que reivindicar para reclamar más y más dinero o competencias, o parcela de poder.

No les gusta el Prêt-à-Porter, ya lo hemos dicho, porque se creen únicos, con hechuras singulares y medidas individualizadas al margen del resto de la humanidad. Visto lo cual, casi mejor que Aragonés no acuda a ninguna reunión. El ridículo es infinitamente mejor hacerlo en privado que en público.



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