Cantábamos de pequeños "de Cataluña vengo, de servir al Rey" y también aquello de "Mambrú se fue a la guerra". Y tardamos más de una década en averiguar que ese Mambrú era el duque de Marlborough, que anduvo por aquí durante la guerra de Sucesión. Su mote heráldico aún reza en castellano "Fiel, pero desdichado" confirmando que fidelidad y desdicha han cabalgado juntas en muchas ocasiones. En vísperas de las autonómicas catalanas del 14 de febrero, escribimos que era imposible atisbar probabilidades de prosperidad para la razón a partir del examen de los sondeos demoscópicos que descartaban un escrutinio de las urnas que permitiera articular la formación de un govern de la Generalitat integrador, que rebasara el sectarismo excluyente y supremacista de quienes quieren "volver a hacerlo". Por el contrario, todos los indicios apuntaban que se impondrían "las coherencias tontas, obsesión de las mentes ruines".

En esas estamos. Con los índices de participación más bajos que se recuerdan, reflejo de un electorado exhausto, hay un triple empate en las posiciones de cabeza que generará un govern secesionista porque como nos advirtió Cuco Cerecedo "los gansters que discuten en un garaje por el reparto del botín, huyen juntos en el mismo coche al oír la sirena de la policía". De manera que nuestro Salvador Illa, el triunfador de la tarde acabará saliendo en volandas del ruedo, pero no a hombros por la puerta grande que conduce al Palau de la Generalitat, sino retirado por los de su cuadrilla hacia la enfermería de la plaza. En Cataluña tendremos más de lo mismo una vez que la pugna de ERC, JxCat y CUP concluya en un reparto de carteras y beneficios que derive efectos calmantes para los momentos iniciales de la puesta en marcha. Luego, prófugos y reclusos volverán a competir por la legitimidad azuzándose para volver a la desconexión y a proclamar la independencia en una edición corregida y aumentada de 2017 con la garantía del gratis total, una vez eliminados los delitos de sedición y conexos del Código Penal.

La lógica profesoral Solozábal reclama que cuando la sintonía del equipo de Gobierno ha desaparecido o sufre embates esenciales, lo lógico es que se produzca el cese de los ministros que cuestionan la línea política común"

Pero ha sido en Madrid, a más de 600 kilómetros de Barcelona, es donde se ha localizado el epicentro del seísmo del 14-F que, medido en la escala de Richter, ha sido de una intensidad de 7,4. Porque tanto la derecha acomplejada de Pablo Casado, líder del PP, como el centro confuso de Inés Arrimadas, líder de Ciudadanos, se sienten invalidados para ejercer las tareas de oposición que recaerán también sobre el propio gobierno. De modo que Pablo Manuel Iglesias, vicepresidente segundo, tendrá que subir a la red y además de sobrellevar el peso de la púrpura ministerial aplicarse a la crítica para que la gente no se vea defraudada por unos socialistas siempre acomodaticios que han perdido el GPS y al final, como los avecindados en Galapagar, no encuentran el camino hacia la austeridad del principio.

Cuestión distinta es que, si entendiéramos -como el profesor Juan José Solozábal- que para desempeñar la función de Gobierno se necesita un grado de coherencia, cuya falta o quiebra notable supone la inoperancia del Ejecutivo y lastra su capacidad para dirigir la política. Con lógica profesoral Solozábal reclama que cuando la sintonía del equipo de Gobierno ha desaparecido o sufre embates esenciales, lo lógico es que se produzca el cese de los ministros que cuestionan la línea política común. Pero estas cuestiones de coherencia como la vigencia del principio de contradicción son antiguallas ajenas a las modernidades de Moncloa.