Ayer falleció un hombre de bien, un español cabal. Se llamaba José Joaquín Puig de la Bellacasa (JJPdlB) y había sido, fue, un ejemplo en muchas cosas. Fue, sobre todo, un ciudadano ejemplar que, maltratado por la nación a cuyo servicio entregó su vida, prefirió callar para siempre, 30 años de silencio, antes de dañar a su país y perjudicar la imagen de la institución que tanto amó desde niño, silencio para no lastimar la reputación de una Monarquía tan torpe, tan zafiamente maltratado por la persona precisamente llamada a defenderla y darle esplendor más que ninguna otra: Juan Carlos de Borbón y Borbón.

Ocurrió en el verano de 1990, Palma de Mallorca, palacio de Marivent, donde los reyes solían pasar sus vacaciones de verano. Apenas hacía seis que había sido nombrado Secretario General de la Casa de Su Majestad con la aparente anuencia de Sabino Fernández Campo, Jefe de la Casa, y todo parecía rodado para que, a su tiempo, el número dos, en condiciones de igualdad en dignidad y gobierno, sustituyera al número uno. Pero los devaneos palmesanos del Monarca se llevarían en semanas por delante la carrera del aspirante y buena parte de sus ilusiones regeneradoras que pretendía para la institución. Él había mamado la idea de la ejemplaridad que un rey de nuestro tiempo debe predicar para convertirse en luz o faro desde el que guiar en ejemplar cascada usos y costumbres de decencia y honradez. Pretendió una monarquía moderna, europea y modélica, cuando la de Juan Carlos I más que una corte era ya una casa de putas en la que el monarca hacía y deshacía a su antojo sin norma moral alguna que frenara sus básicos  instintos primarios.

Allí vio cosas que le helaron la sangre. Vio a un monarca correr embozado de noche para echarse en brazos de su entonces amante, la palmesana Marta Gayá, pero un rey no puede escaparse de Palacio por una ventana para que no le vea la reina, clamaba JJPdlB, eso no puede ser, Señor, eso es un escándalo desde todos los puntos de vista y se hace imprescindible adoptar unas mínimas normas de conducta… Que era precisamente lo que el Monarca rechazaba: normas, que a él le repelía cualquier freno, le sublevaba cualquier regla moral. A Juan Carlos I le duró su Secretario General menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Lo despidió con cajas destempladas con la complicidad de un Sabino –más el aliento de Manolo Prado y Colón de Carvajal, intendente y alcahuete real, y la cobertura del general Alonso Manglano (CESID)- que en el lance se comportó muy malamente, ¡ay, los celos! Se lo quitó de encima por haber pretendido imponer un poco de cordura en una familia que acabaría convertida en juguete roto por la incontinencia sexual y la voracidad monetaria de un personaje que, au-dessus de la mêlée, se soñó investido de un poder absoluto tras haber presentado una brillante hoja de servicios como enterrador del franquismo.

Diplomático de carrera (antes había ocupado embajadas españolas tan importantes como el Vaticano y Londres), el despedido pretendió volver a su oficio para encontrarse con la inquina, la oposición frontal de un personaje vengativo dispuesto a no perdonar la afrenta de un servant que había osado cantarle las cuarenta. “Mándale a una embajada en el Polo Norte” ordenó a un Francisco Fernández Ordóñez con los ojos como platos. Entre Pacordoñez y Felipe González, presidente, se las ingeniaron para enviarle a Lisboa sin que el hoy emérito se enterara, pasando el nombramiento a firma en Zarzuela entre decenas de documentos varios sin que el aludido, acostumbrado a firmar en barbecho, se percatara de lo firmado. El ofendido, que hubiera hecho probar a JJPdlB el filo de la guillotina de haber vivido en tiempos de Luis XVI, no cejaría de perseguirlo desde el momento mismo que se dio cuenta del engaño. Logró su venganza un año antes de que venciera el mandato en Lisboa, cuando, ya con Javier Solana al frente de Exteriores, fue relevado del cargo para entregárselo a un socialista como Raúl Morodo. Uno de los nuestros.

JJPdlB terminó por refugiarse en el silencio, rechazado, aislado en su casa, hablando apenas con un reducido grupo de amigos con los que solía reunirse en el Hotel Fénix, plaza de Colón, para tomar café por la tarde, vejado por un rey cuya conducta pretendió enmendar

Solana pretendió compensarlo con la embajada en Copenhague, pero el aludido rechazó el regalo. Había agotado ya el cáliz de sus infinitas humillaciones. A su vuelta a Madrid, JJPdlB sufriría una nueva afrenta con la que no había contado. Fue la segunda muerte de José Joaquín Puig de la Bellacasa. Esta vez el verdugo fue la buena sociedad madrileña, la cobarde, acomodaticia, pelota, carente de toda grandeza sociedad capitalina la que le condenó al ostracismo simplemente por haber osado enfrentarse al hombre que para esa clase era Dios, el rey de España, con licencia para robar y fornicar a mansalva a todas horas, todos los días de la semana, todas las semanas del año. Esa sociedad podrida, apesebrada y cínica que frecuentaba el Club Puerta de Hierro, donde un día le llegaron a insinuar, casi a lanzárselo a la cara, que mejor que no venga usted por aquí, mejor que no se exponga, porque algunos socios no le ven con buenos ojos y han protestado…

De modo que  JJPdlB terminó por refugiarse en el silencio, rechazado, aislado en su casa, hablando apenas con un reducido grupo de amigos con los que solía reunirse en el Hotel Fénix, plaza de Colón, para tomar café por la tarde, vejado por un rey cuya conducta pretendió enmendar y muerto civilmente en vida por esa sociedad madrileña exangüe y sin pulso, esa sociedad cobarde hasta la náusea y dispuesta a enterrar al hombre que con su arrojo había osado romper el statu quo, había pretendido poner fin a las juergas con el campechano, mermar las célebres monterías a las que llegaba, previa confirmación de Zarzuela (“El Señor acudirá con un amigo que es cazador”, de modo que el dueño de la finca ya sabía que tenía que disponer de un puesto más para que el “amigo cazador” pudiera también tirar), acompañado del inevitable Alberto Alcocer cuando no de la “princesa” Corinna, la reina rubia tan celebrada entre los Abellós hispanos en sus fincones de miles de hectáreas desparramados por los Montes de Toledo, la Ciudad Real profunda del parque de Cabañeros y las lindes de Extremadura, allí donde se perfila la silueta difusa de Sierra Morena.

Sobre todo, había querido poner en peligro lo más sagrado: los negocios con el monarca, la intermediación del monarca, comisión mediante, para contratos aquí y allá, desde los desiertos de Arabia Saudí hasta las acristaladas oficinas de Barclays Bank en la City londinense. JJPdlB representaba el rechazo frontal a esa corrupción que ha terminado por poner a la institución monárquica contra las cuerdas. Él era la aspiración a la ejemplaridad, el compromiso con una norma de conducta llamada a servir de ejemplo para toda la ciudadanía, desde el más rico al más humilde de los españoles. El sueño de una España limpia, democrática y respetuosa con la ley, justo la España contraria a la que ha terminado cristalizando por la conducta impropia de un rey ávido de riquezas, de una clase política consentidora dispuesta a mirar hacia otro lado, y unas élites decididas también a meter el cazo en la gran fiesta de la corrupción.

Entendió que el mejor favor que podía hacerle a la Corona era el silencio, convencido de que las personas pasan pero las instituciones permanecen. Incluso la Monarquía española

Al fin y al cabo, Felipe, Zapatero y el chulo de discoteca que ahora gobierna para media España son productos del PSOE que el Borbón moldeó a su antojo, el PSOE que el Borbón protegió, auspició y alentó porque era el que le divertía y sobre todo el que necesitaba para no ser molestado en la permanente orgía de sexo y dinero que acompañó su andadura hasta esta penúltima etapa de su personal vía crucis en Abu Dhabi. Tan solo José María Aznar le echó una mano al nombrarle miembro de Consejo de Estado, pero eso no excluye la responsabilidad contraída por la derecha política con la conducta infame del emérito. Aznar, en efecto, tendría que explicar cómo se montó la operación urdida a finales de los noventa para pagar a cierta starlete, antaño muy de moda –ahora con covid, la pobre- los 300 millones de pesetas, seis pagos anuales a razón de 50 millones año, que reclamaba para guardar silencio sobre los secretos (alguno relativo al golpe del 23-F) susurrados por el monarca entre sábanas de fina holanda; explicar cómo se urdió esa operación en Moncloa, digo, y qué gran empresa soltó la pasta y enmascaró el favor en su balance.

El resultado de la corrupción a la que el Monarca se entregó y nuestras élites consintieron en silencio cómplice es la España que hoy se cae a pedazos, la España balsa de piedra que navega sin rumbo hacia su propia quiebra (en su doble acepción, la financiera de una crisis de deuda inevitable, y la existencial de una gran nación de siglos amenazaba por una rabiosa balcanización), fractura mansamente asumida por una sociedad sin pulso para rebelarse contra su triste destino. La España que renegó de José Joaquín Puig de la Bellacasa y se abrazó al becerro de oro de la indisciplina, la laxitud moral y la pasión por el dinero. JJPdlB vivió muchos años en el rincón del olvido, porque el suyo no se parecía en nada al país que soñó de niño, a la sociedad que quiso cambiar y a la Monarquía que pretendió impulsar. Muchos años en el rincón del silencio, negándose a hablar con periodistas y contar algo de lo mucho que sabía porque entendió que el mejor favor que podía hacerle a la Corona era el silencio, convencido de que las personas pasan pero las instituciones permanecen. Incluso la Monarquía española. Descanse en paz este hombre de bien. Este español cabal.