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Miguel Ángel Aguilar

Opinión

De lealtades, secretos, voces y ceses

En ocho días se cumplirá un año de aquella solemnidad, y no se divisa rastro alguno de la lealtad jurada o prometida al Rey

La toma de posesión de los ministros del nuevo Gobierno de coalición
La toma de posesión de los ministros del nuevo Gobierno de coalición EFE

Jurar o prometer el cargo es preceptivo para tomar posesión y la manera cómo ha de ser figura en el real decreto 707/1979 de 5 de abril. Según su artículo primero quien haya de dar posesión hará al designado la pregunta de "¿Juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo con lealtad al Rey, y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado?". También podrá el juracantano, en vez de asentir a quien le inquiere, pronunciar de viva voz la fórmula de acatamiento. Hay una única variante que afecta sólo a los vicepresidentes y ministros, quienes, al prestar juramento o promesa ante el Rey, deben incluir "la obligación de mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros".

El 13 de enero del año pasado Felipe VI presidió en el Palacio de la Zarzuela la promesa de los vicepresidentes y ministros del Ejecutivo de Sánchez. Allí se les pudo escuchar cómo, uno por una, repetían la fórmula ritual sin tomarse más libertad que la de añadir el femenino de ministras, por parte de Pablo Manuel Iglesias, o preferir la versión de Consejo de ministras utilizada por Yolanda Díaz o Irene Montero. Después, el Rey les saludó por igual con la frase: "Enhorabuena y mucha suerte". Hubo un posado en grupo para los gráficos, disuelto mientras prorrumpían en aplausos y pasaban a conversar en corrillos con Sánchez y con el Rey.

Las voces del copresidente Pablo Manuel Iglesias y su séquito dan titulares a la prensa e invaden los canales de televisión, mientras que la palabra del Boletín, se mantiene inaudible"

En ocho días se cumplirá un año de aquella solemnidad, y no se divisa rastro alguno de la lealtad jurada o prometida al Rey quien, si tomara por leales a quienes hicieron entonces promesa de serlo no necesitaría otros enemigos. Lo mismo cabe decir de la guarda del secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros, sólo con prestar oídos a la sonoridad de las discrepancias habidas en cada reunión del Gobierno y observar cómo son pregonadas por los hunos y los otros con el intento de ganar así apoyo público para sus causas.

El espectáculo semeja un galimatías desorientador, un ¡sálvese quien pueda!, que recuerda a Pío Cabanillas en el momento de exclamar desolado ¡yo ya no sé si soy de los nuestros!El que más directamente debería sentirse interpelado por tal desconcierto es Pedro Sánchez a quien como Presidente el artículo 98.2 de la Constitución encomienda dirigir la acción del Gobierno y coordinar las funciones de los demás miembros del mismo, sin perjuicio de la competencia y responsabilidad directas de éstos en su gestión. Pero el estado de bronca permanente entre los titulares de los distintos ministerios, que incluye presentar enmiendas a los proyectos de ley aprobados en el Consejo de Ministros suscritas por el grupo parlamentario de Unidas Podemos y otras galanterías adicionales ha quedado de nuevo convalidado por Pedro Sánchez sin atisbar que suponga desafío alguno a su autoridad. Por eso, durante los 150 minutos que estuvo rindiendo cuentas el pasado día 29 replicó contundente que "en el Gobierno hay muchas voces, pero una sola palabra: la del Boletín Oficial del Estado".

Aumentará el contingente de los ex de Sánchez, a los que deberá buscarse un acomodo suficiente para brindarles consuelo"

Claro que las voces del copresidentePablo Manuel Iglesias y su séquito dan titulares a la prensa, resuenan en las emisoras de radio e invaden los canales de televisión, mientras que la palabra del Boletín, sin perjuicio de que haga ley, se mantiene inaudible, cuando nadie la pronuncia en alto. De todas maneras, tenemos bien aprendida la peligrosidad de los elogios que en el fútbol y en la política suelen anticipar destituciones. De ahí, que los dedicados el pasado martes por Sánchez a sus ministros, al incluir palabras de confirmación, empezaran a destilar sus efectos contrarios al día siguiente cuando se anunció el desprendimiento del titular de Sanidad, Salvador Illa, escogido como cabeza de cartel del PSC para las elecciones catalanas del 14 de febrero.

Queda pues incoada la primera remodelación del Gobierno, que los coaligados de Unidas Podemos y afines asimilables querrán saldar sin perder cota. Algunos digitales se adelantan a situar en la cuerda floja a Pedro Duque (Ciencia), Reyes Maroto (Industria, Comercio y Turismo), Alberto Garzón (Consumo), Manuel Castells (Universidades) e Irene Montero (Igualdad) y consideran probable la reducción del número de ministerios que por conveniencias de contentar a todos se disparó hasta la cifra de 22. Aumentará el contingente de los ex de Sánchez, a los que deberá buscarse un acomodo suficiente para brindarles consuelo y disuadirles de acampar en el rencor tanto más dañino cuanto que procedería de proximidades compartidas. Ninguno de los que juraron o prometieron el cargo como ministros el 13 de enero de 2020 pensó entonces que no merecía el puesto, tampoco ahora ninguno de los que lo pierda pensará que merece el cese. Sentirán truncada su carrera sin haber podido culminar sus tareas, sin recibir más pago a sus desvelos que la ingratitud.

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