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Miquel Giménez

Opinión

Sardà nuestra, que estás en los cielos

Seguramente a Rosa María Sardà no le apetecería pasar la eternidad con santos, vírgenes y profetas. Pero existen tantos cielos como personas y el de ella debe ser un enorme, un grandioso teatro

Sardà nuestra, que estás en los cielos
Sardà nuestra, que estás en los cielos

Ha sido la mejor actriz de España. Y lo ha sido sin jactancia, sin presunción, sin necesidad de hablar ni de su vida privada ni de nada que no le apeteciera. Porque la Sardà era una mujer que no necesitaba demostrarle nada a nadie. Era libre. Era cáustica. Era ingeniosa. Era divertida. Era dura. Era culta. En fin, reunía todos los ingredientes para ser caerles mal a los hijos de puta, cosa enormemente divertida porque cuando eres la Sardà las hormigas no te quitan el sueño.

Yo quisiera imaginarla en ese cielo con forma de teatro italiano, algo rococó si me lo permiten, hablando antes de subir el telón con García Lorca, con Benet i Jornet, con Bertolt Brecht y, claro, con ese tremendo hombre de teatro que fue Fabià Puigserver, artífice del Teatre Lliure; también con su querido Ramón, al que ustedes quizás conozcan mejor por Terenci Moix, y con el inconmensurable señor Galindo. Seguro que se están dando de hostias para comentar con ella la jugada Moliere y Shakespeare, Cervantes y Pirandello, Samuel Beckett y Jean Genet. Pero tengo para mí que la Sardà hará un aparte para discutir con Josep María de Sagarra la obra La Rambla de les Floristes o L’Hostal de laGlòria, fruto del fértil ingenio del mejor dramaturgo de Cataluña de la primera mitad del siglo XX.

Y es que desde que debutó en 1964 con Los cinco minutos de Margot, de Verneuil, nuestra Sardà, que tenía tanta y tan desaforada hambre de escenario, no pasó ni un segundo de su vida sin comérselos todos, uno detrás de otro. Daba igual si hacía televisión, si rodaba una película o si representaba una obra en un teatro, para ella todo el mundo era un colosal escenario en el que moverse y actuar con esa elegante displicencia, con esa pasión y esa verdad que los dioses otorgan, muy de tarde de tarde, a una actriz. Porque eso era la Sardà, una actriz colosal, riquísima en matices, capaz de encontrar teclas en nuestros corazones que ni siquiera nosotros sabíamos que teníamos para, después, pulsarlas con la gracia y precisión de un organista de catedral.

Su método de trabajo consistía en una genialidad innata y toneladas y toneladas de esfuerzo, de sudor, de machacar y machacar al texto y al personaje, destripándolos hasta sabérselos mejor que el autor

Su método de trabajo consistía en una genialidad innata y toneladas y toneladas de esfuerzo, de sudor, de machacar y machacar al texto y al personaje, destripándolos hasta sabérselos mejor que el autor. La comunicación que se establecía entre ella y el espectador era tan brutal, tan telúrica, que pocas veces he visto algo semejante en un teatro. Y sí, tenemos actrices excelentes, inmejorables, portentosas pero después de ellas, y aquí pueden ustedes poner los nombres que más les gusten, después, digo, estaba la Sardà. No es que fuera la mejor, es que era única, irrepetible y, por lo tanto, milagrosa. El cinismo que todos atesoramos, siquiera para utilizarlo como chaleco antibalas en un mundo hecho a base de mentiras e insultos, desaparecía ante aquella mirada, aquella voz, aquella mujer menuda que tomaba proporciones de gigante en cuanto salía a escena.

Pueden ahora los carroñeros arrojarse sobre ella, que nada van a obtener. Que la Sardà es mucha Sardà para las infamias que estamos viendo en las redes sociales, que de lo último tienen más bien poco. Los pigmeos del alma jamás le importaron un pito a quien llevaba por estandarte la belleza suprema de la artista que no conoce más paraíso que el del teatro ni más gloria que el de la actuación. A esa Sardà hemos perdido, una pérdida que ha de dejarnos, forzosamente, un vacío doloroso solo mitigado por el tremendo privilegio de haberla conocido, querido, disfrutado. Un gran beso de consuelo, pues, a su familia, a la que envío desde aquí todo mi cariño y afecto, especialmente a Xavier, a quien tanto quiero y al que debo tantas cosas, pero también a mi admirado Lluís Pascual, que tan bien la dirigía porque tan bien la conocía.

En la antigua Roma, cuando pasaba un entierro por la calle, siempre se situaba al lado del cuerpo un esclavo que gritaba: “¡Ha vivido, ha vivido!”, como alivio para quienes lloraban la pérdida. En el caso de la Sardà bien podríamos decir: “¡Ha actuado, ha actuado!”.

Incluso para las grandes actrices acaba por caer el telón, desgraciadamente. Mi modesta y agradecida ovación, eso sí, será eterna, querida Rosa. Gracias por todo.

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