Por fin el Dr. Sánchez ha dado a conocer a sus súbditos el “Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia” que presentó en Bruselas justo cuando concluía el plazo para que pudieran examinarlo las autoridades y los demás estados europeos dentro del Plan de recuperación para Europa, conocido como Next Generation EU.

Como he argumentado aquí en varias ocasiones, ya en sus inicios la propia iniciativa europea era discutible, pues venía a resucitar un intervencionismo económico que sólo quienes más idealizan al Estado o esperan beneficiarse de sus manejos le auguran alguna probabilidad de éxito. Unos pocos meses más tarde, es aún más ilusorio esperar que la misma burocracia europea que ha sido incapaz de comprar a tiempo las vacunas del COVID sepa dirigir y supervisar una planificación económica de semejante calado.

Por ello, muchos de los efectos de esta grandiosa iniciativa dependen de cuánto se adecuen los planes europeos a las necesidades de cada país y, sobre todo, de cuánto adapte cada estado miembro su plan nacional a su propia situación e intereses. Por desgracia, ninguno de ambos aspectos eran prometedores para España.

Ya contaminamos mucho menos que nuestros vecinos, no estamos retrasados en el plano digital y nuestra regulación laboral hace casi inviable la actividad industrial

Por un lado, las prioridades europeas —cifradas, como fruto de un perverso equilibrio político, en el medio ambiente, la digitalización y la reindustrialización— se ajustan mal a nuestras circunstancias. Mejor dicho: se ajustan mejor al país rico que creemos ser que al país medio pobre que realmente somos. Como los falsos ricos —nuevos ricos, pero a crédito— que en verdad somos, ninguna de esas tres prioridades europeas concuerda con nuestra situación: ya contaminamos mucho menos que nuestros vecinos, no estamos retrasados en el plano digital y nuestra regulación laboral hace casi inviable la actividad industrial. Esas prioridades del Next Generation EU no son las nuestras, por lo que un plan nacional sensato debería empezar por asumirlo, con el fin de adaptarlas en consonancia.

Por otro lado, las administraciones públicas españolas exhiben una trayectoria deplorable en cuanto a su capacidad para intervenir en la economía, con unas instituciones tan proclives al despilfarro y la corrupción como deficitarias a la hora de exigir responsabilidades. Incluso los estatistas más desmemoriados pueden constatar nuestras capacidades reales en este terreno. Les basta con observar el incumplimiento por el Gobierno de las reglas que él mismo se ha dado para otorgar las ayudas COVID a empresas supuestamente “estratégicas”. Violando de modo flagrante dichas reglas, el Gobierno ha entregado cientos de millones a empresas que ya estaban prácticamente en quiebra antes de la pandemia, pero que habían sido aconsejadas por exministros socialistas, como Duro Felguera; o que eran tan poco estratégicas y prometedoras como Air Europa; y ello por no mencionar el pestilente olor que despide el insólito rescate, por 53 millones de euros, de Plus Ultra, una aerolínea minúscula y con mayoría de capital venezolano.

Mochila autríaca

El Gobierno hubiera podido aprovechar los fondos europeos para financiar y facilitar las reformas que en verdad necesitamos, incluida la compra de voluntades necesaria para vencer intereses creados y reformar de una vez el mercado de trabajo, como acaba de sugerirle el Banco de España en relación con la “mochila austriaca” (no siendo, ni de lejos, una panacea, esta reforma sí apuntaría al menos en el buen camino).

Nada más lejos de las intenciones que plasma el plan enviado por Sánchez a Bruselas. No se trata sólo de que desfilen por él en redundante procesión toda la colección de clichés que profesa nuestra nueva izquierda sino de que, en esencia, ese plan nos endeuda aún más de lo que estamos; y lo hace para acometer una reconversión finalista, incluso ideológica, de la economía. Yendo más allá de su velo retórico, el plan no busca hacerla más productiva, dejando en manos de los ciudadanos el decidir cómo y en qué, sino ajustarla a las preferencias utópicas, cuando no sectarias, de esa minoría de ciudadanos a quienes cree representar.

El propio Gobierno se ha encargado de aclarar las dudas con Plus Ultra, yendo mucho más allá y mucho peor de lo que nadie hubiera sido capaz de imaginar

El principal engaño de este plan es que nos lo presenten como un maná europeo cuando realmente va a comportar una subida descomunal de impuestos para financiar el mayor ejercicio discrecional del poder político de las últimas décadas. Puramente discrecional, porque, como ya anticipaba el oscurantismo que ha presidido la elaboración del plan, el Gobierno se reserva para sí mismo todo el poder de decisión. Además, por si alguien podía albergar alguna duda sobre cómo va a ejercer ese poder, el propio Gobierno se ha encargado de aclararla con Plus Ultra, yendo mucho más allá y mucho peor de lo que nadie hubiera sido capaz de imaginar. Los españoles solemos quejarnos de lo mal que funciona la política; pero con este plan estamos ampliando enormemente el poder de nuestros políticos para asignar los recursos. No sólo reducimos en igual medida el ámbito de lo que decidimos directamente por nosotros mismos, sino que al hacerlo estamos multiplicando el campo potencial de la corrupción.

Esperemos por todo ello que, si no la Comisión Europea, un número suficiente de Gobiernos extranjeros se niegue a sufragar semejante desatino. Con el engendro que Sánchez ha enviado a Bruselas, hemos demostrado nuestra incapacidad para elaborar un plan serio, y esa era sólo una condición necesaria, que no suficiente: faltaría ejecutarlo como es debido, tarea que sería, en su caso, aún más difícil. En consecuencia, tendría todo el sentido, en su beneficio y en el nuestro, que nuestros vecinos y socios nos exigieran dedicar los fondos a rescatar deuda pública o a reducir equitativamente los impuestos, y que, en cualquier caso, condicionaran de forma estricta toda ayuda a ejecutar las reformas que llevamos décadas resistiéndonos a emprender.

No desesperen. El despegue que experimentó nuestra economía desde 2013, en respuesta a unas reformas minimalistas y también hechas a regañadientes, lo mismo que el auge que disfruta la economía madrileña gracias a unos gobiernos regionales relativamente sensatos, demuestran que podemos tener un futuro brillante. Salvo que el rumbo adecuado es el opuesto al que marca, tanto de forma explícita (regalos para mis amigos) como implícita (impuestos a todo el que se mueva), este plan tan “sanchista”, el cual, si bien promete “recuperación, transformación y resiliencia”, sólo vendría a agravar nuestras dolencias, empobreciéndonos y haciendo a nuestra sociedad aún más frágil.