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Félix Madero

Opinión

Amorales, consentidores, cursis y palmeros

La amoralidad, que hace unos años nos pondría en guardia ante quien la ejercía -por lo general a escondidas-, es hoy una práctica pública y común entre los dirigentes

Pedro Sánchez, junto a su asesor, Iván Redondo
Pedro Sánchez, junto a su asesor, Iván Redondo

Pudiera ser que, si le gustan las biografías vengativas y hagiografías los políticos, haya leído el avance del libro de John Bolton, ex secretario de Seguridad de Donald Trump. O quizá conozca la reseña y entrevista que le hizo 'El País'.  El libro se titula The room where it happened (La habitación donde sucedió) y, como pueden imaginar, está todo él dedicado a salvar su gestión y culpar a Trump de todos los males de un país inmerso en una crisis de gobernanza -y de calidad democrática-, inimaginables. Bolton tiene 71 años, es diplomático, escritor, republicano pata negra y, casi como consecuencia de lo dicho, con un alto concepto de sí mismo y gran facilidad para el desprecio hacia aquellos que no están a su nivel. 

Cuando el desastre es un hecho

Para un señor así, que un despistado de la política convencional lo cesara a través de Twitter ha de ser excesivo. Desde entonces no para de lavar la ropa de la Casa Blanca en público. La que lava en el libro se ensució durante el tiempo en el que él estuvo siempre cerca de Trump, hasta el punto de que pertenecía al grupo reducido de los que estaban siempre en la habitación donde pasaba todo lo que ahora hace público y calló durante el 9 de abril de 2018 y el 10 de septiembre de 2019. Después de este tiempo, Bolton el diplomático sabe que venderá mucho si cuenta bien lo que escuchó y calló durante este tiempo. Y sabe que nada gusta más a los periodistas que el favor de un titular regalado: “Donald Trump es un presidente amoral”. Que lo diga quien lo conoce bien es apreciable. Que lo verbalice quien guardó silencio cuando esa amoralidad se ejecutaba resulta inquietante. 

La amoralidad, marca de la nueva política

Ha sido leer el titular y, miren, con una facilidad simple y escurridiza, Bolton me ha llevado a mi país. Y a mi presidente. La amoralidad, que hace unos años nos pondría en guardia ante quien la ejercía -por lo general a escondidas-, es hoy una práctica pública y común entre los dirigentes. Y puede, -¿o no Iván Redondo?-, que sea la única cualidad de la política en ausencia de ideología. Que se lo pregunten a él, que después de asesorar a políticos del PP ha terminado con los del PSOE.

¿Es malo ser un amoral, una amoral? Un amoral puede ser un gobernante, un diputado o un maestro de escuela. Y vaya, para que no me lo tengan que recordar, también un periodista. Pero amoral también puede ser una buena parte de la nación -con perdón esto de la nación-, y los millones de ciudadanos que hacen del voto un acto prosaico, convencional y condicionado siempre por la memoria. No, miren, quizá ser un amoral sea lo único necesario para llegar al poder y mantenerte ante la mirada perdida de aquellos amorales que te han puesto ahí. Amoral es quien carece de moral. Obvio. Es también aquel que, careciendo de ella, no puede juzgar sus actos como buenos, malos, correctos o incorrectos. Obvio es también que desde esta perspectiva nos parecemos mucho a aquellos que hemos elegido. 

Amoral es el presidente Sánchez, que anuncia que será él y a modo de epítome sabiniano -yo, mí, me, contigo-, el que va a distribuir entre las Comunidades Autónomas la espuerta de millones en forma de fondos. Amoral es la manera en que tragan los presidentes regionales con semejante disparate impropio de una democracia. ¿Para qué sirve entonces el Congreso? 

Amoral es la forma en que los ciudadanos recibimos noticias como esta sin inmutarnos. Hemos sido abducidos con naturalidad por formas propias de una dictadura y vivimos en la convicción de que esto es una democracia. 

Amoral el anuncio disparatado de Vox de presentar una moción de censura cuando volvamos de vacaciones. Que quien no tiene lo más importante, los votos, y carece de los LO  sustancial, las ideas, juegue a la política de esta manera es eso, propio de un amoral. Abascal ha hecho posible el milagro de que, por fin, la socialista Adriana Lastra diga algo con sentido: “Por si no se ha dado cuenta señor Casado, acaban de anunciar una moción de censura contra usted”. 

Amoral es y seguirá siendo el empeño de Vox en mantener a Pedro Sánchez en La Moncloa. No llegará hasta allí un presidente distinto al actual hasta que Vox no admita su verdadera dimensión. El ejemplo de Ciudadanos está ahí y es un buen espejo. Los sueños están hechos de una sustancia que no admite dosis de pragmatismo. Que Abascal pregunte a Rivera. 

Una ministra ñoña y cursi, ¡jo tía!

Amoral, la morada ministra de Igualdad, la señora de Pablo Iglesias -ya, lo siento, qué se le va a hacer: la vida es como es, y de vez en cuando conviene llamar a las cosas por su nombre-. Resulta que ahora Irene Montero acusa ataque de cuernos porque Ciudadanos se reunió ayer con el Gobierno para hablar de los Presupuestos Generales que este país necesita con el mayor apoyo posible.

Sostiene Montero que los naranjas han vetado a Podemos en esa reunión y se muestra muy enfadada. Pero vamos a ver, ¿no tiene dicho Pablo Iglesias que son incompatibles con Cs, un partido que gobierna con el apoyo de la extrema derecha? Pero, vamos a ver nuevamente, cómo puede sostener la ministra que esa reunión tira por los suelos el respeto a la soberanía popular. ¿Y cuando la hoy titular de Igualdad rodeaba el Congreso al grito de “no nos representáis”, estaba respetando la soberanía popular? 

De los principios a la amoralidad hay un recorrido corto. Y como ven inapreciable. Me gusta mucho la forma en que el vicepresidente de Castilla y León Francisco Igea ha despachado el enfado de la señora ministra: “Ñoñeces a medio camino entre la cursilería y la superioridad moral”. O de la superioridad amoral, ¿no les parece? Total, ya puestos, qué más da. 

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