El presidente del Gobierno no tiene prisa.
El presidente del Gobierno no tiene prisa. EFE/Ballesteros

Opinión

Sánchez, Iglesias y Rivera: el vivo, el muerto y el que todavía puede resucitar

"En la cuarta votación y en la segunda semana de septiembre". Puede parecer ciencia ficción, pero no lo descarten. Pedro Sánchez no tiene prisa por celebrar su sesión de investidura porque sabe que el reloj corre a su favor.

Como ya contamos en estas páginas el pasado 20 de mayo, los gurús que asesoran al presidente del Gobierno están seguros de que la estrategia correcta es dejar pasar el tiempo y esperar a que la fruta caiga madura del árbol, es decir, que los votos necesarios para ser investido acaben apareciendo sin tener que hacer muchos esfuerzos para conseguirlos, y todo ello debido a la amenaza de que se puedan repetir las elecciones generales, que ahora mismo sólo convienen al PSOE.

El Rey ha encargado a Sánchez que intente formar Gobierno y esta semana empieza sus reuniones para lograrlo. Sin embargo, ha sorprendido que el presidente haya colocado a Podemos en el mismo lugar que al Partido Popular y a Ciudadanos, es decir, dentro del trío de fuerzas prioritarias en la negociación para buscar los apoyos que necesita. Ello supone la confirmación de que el PSOE no pretende echarse fácilmente en brazos del populismo para seguir gobernando.

Pablo Iglesias se las prometía muy felices y acariciaba la idea de ser ministro de lo que fuera con tal de huir de la tremenda crisis interna que tiene en el partido debido a sus malos resultados electorales. Sin embargo, acaba de darse cuenta de que ha estado confundiendo sus deseos con la realidad, quizás porque también algún periodista palmero le ha hecho creer que eso era posible.

Iglesias ya sabe que está equivocado y que el PSOE no está dispuesto a darle oxígeno en un momento en que su partido está moribundo, por lo que Sánchez no hará ninguna cesión fundamental para conseguir el apoyo parlamentario de Podemos.

El plan A

De hecho, el plan A de Sánchez es presentarse a una primera sesión de investidura a mediados de julio sin aceptar ese Ejecutivo de coalición por el que suspira el ilustre vecino de Galapagar. En su lugar, planteará un programa de Gobierno moderado e invitará a que esas tres fuerzas anteriormente citadas se sumen si quieren para que España pueda salir de la parálisis en la que está instalada desde el año 2015.

La trampa es terrible para Iglesias, cuyo partido tiene suficientes datos sobre la mesa que demuestran que su negativa a la investidura de Sánchez a comienzos de 2016, aquella que fue negociada con Albert Rivera, le hizo perder un millón de votos en las siguientes elecciones. Si Iglesias vuelve a oponerse a Sánchez, correrá el riesgo de desaparecer para siempre del panorama político español si como consecuencia de una primera investidura fallida acaba produciéndose una repetición electoral como la de aquel año.

Pablo Iglesias está muerto haga lo que haga, lo que pasa es que todavía no se ha dado cuenta

En Moncloa están convencidos de que antes o después a Iglesias le temblarán las piernas. La duda está en saber si será en julio o si, por el contrario, el líder de Podemos jugará con fuego, votará en contra en las dos primeras votaciones y, en consecuencia, permitirá poner en marcha el reloj constitucional para que se convoquen elecciones al cabo de dos meses... para luego evitarlas in extremis votando a favor en la segunda votación de una nueva sesión de investidura a comienzos de septiembre, justo al límite de ese plazo de 60 días desde la primera votación fallida. En este último caso Sánchez sería presidente después de cuatro intentos.

Los planes B y C

El escenario B que se baraja en La Moncloa es que Iglesias se atreva a sostener el pulso tanto en julio como en septiembre, pero que, como consecuencia de ello, la amenaza de unas nuevas elecciones acabe haciendo pasar por el aro a Ciudadanos, partido que ahora mismo mantiene su veto al PSOE pero que en una situación extrema podría acabar cediendo para evitar unos nuevos comicios. Rivera fantaseó con una pronta repetición electoral tras el 28 de abril, cuando se quedó a sólo 200.000 votos del PP, pero los comicios europeos del 26 de mayo le han devuelto a la cruda realidad: el votante de centroderecha se acabó reagrupando en torno al PP cuando vio que la fragmentación de las generales no sirvió para expulsar a Sánchez de La Moncloa. Si hay repetición electoral, esa tendencia podría incluso ser mayor.

Y en el caso de que ni Podemos ni Ciudadanos acaben cediendo, el plan C supondría acudir a unas nuevas elecciones en otoño que, según los expertos en demoscopia, servirían para que el voto se acabase concentrando en el PSOE y en el PP, dado que los votantes de los nuevos partidos no les perdonarían haber provocado otros comicios teniendo la posibilidad de evitarlo.

Cualquiera de los tres escenarios depara una victoria de Sánchez, de ahí su tranquilidad en estos días: tiene la sartén por el mango. Iglesias, por el contrario, está muerto haga lo que haga, lo que pasa es que todavía no se ha dado cuenta. Y, finalmente, Rivera tiene una posibilidad de salvar el pellejo, pero debe acabar asumiendo que su papel en este momento pasa por convertirse en pieza necesaria para dar estabilidad al país y evitar que Sánchez se tenga que echar en manos de los radicales, ya sean de izquierda o independentistas.

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