La campaña electoral de Madrid ha entrado en una nueva fase. Se ha escrito que por causa del encontronazo entre Rocío Monasterio y Pablo Iglesias en la Cadena Ser a raíz de las amenazas, balas de CETME incluidas, recibidas por el propio Iglesias. Un hecho rechazable, claro, pero que no puede ser tomado, como pretenden algunos, como muestra de un país -o parte de él- puesto en pie de guerra. Con la historia de sangre que ha tenido España en los últimos cuarenta años sería conveniente no frivolizar ni intentar agigantar unas amenazas impropias, pero que no son representativas del común de la sociedad.

El episodio ha sido, ciertamente, poco edificante. Es cierto que fue Iglesias quien introdujo aquello del 'jarabe democrático'; que fue Iglesias quien se emocionaba viendo cómo se apaleaba a un policía o que fue Iglesias quien se iba por las herriko con personajes deleznables. Es cierto que fue Iglesias quien jaleó aquello de Madrid será la tumba de Abascal". Y que cuando jaleaba eso, automáticamente se le reconocía la figuración retórica, por lo que no era motivo de rechazo. Es cierto que Iglesias y la troupe que lo acompaña llamaban a la defensa antifa contra Vox, dando vuelo a las piedras que les tiraron en Vallecas. Todo eso, y mucho más, como suele decirse, es cierto. Y no por ello hay que caer en su juego.

Monasterio, que no es mala fajadora, no estuvo acertada con su actitud en el debate. Más allá del impacto en redes, de lo morboso del tema, hubiera dado una lección al propio Iglesias si hubiera condenado expresamente esas amenazas, sin generalizaciones vacuas, sin "todas las violencias". Hubiera demostrado distancia ética y moral respecto a Podemos y en particular, a Pablo Iglesias.

Asumir los errores

Asumir una u otra actitud por lo que el otro haya dicho o hecho es, casi siempre, asumir un error de partida. Las decisiones, para serlo de verdad, deberían aspirar a ser autónomas. Es decir: que Iglesias se fuera a compadrear de gira antifa por las herriko o que Echenique se partiera el bazo riéndose de una agresión sufrida por una diputada de Vox en el País Vasco, no tiene que influir en nada sobre las actitudes y decisiones que se tomen.

“Pero estamos en campaña”. ¡Por eso mismo! En en estos momentos, en esta especial coyuntura cuando todo lo que la política tiene de pasional se pone de relieve. Porque es en campaña cuando la política sale de los cauces institucionales, que son freno y tamiz de cualquier exceso, es cuando más cuidadosos tendrían que ser los líderes políticos. Sin instituciones que sean vehículo adecuado para el enfrentamiento racional y con la persuasión -o la intención de ser persuasivos, al menos- en efervescencia, las hechuras que toma el debate público dependen enteramente de ellos, de sus actuaciones y estrategias.

La degeneración de la izquierda

En estos dos años largos, la izquierda ha demostrado que es capaz de casi todo por llegar al poder. Lo vimos en la moción de censura y lo hemos vuelto a ver esta semana, con un uso vergonzoso del BOE. Ante semejante apisonadora sin freno ético, la derecha puede hacer, realmente, dos cosas: o convertirse también en una apisonadora o confrontar desde la excelencia.

La verdadera victoria sobre la entente Sánchez-Iglesias no se alcanza sólo ganando unas elecciones, que también; sino ganándolas demostrando que existe otra forma de hacer política, sin necesidad de derruir instituciones, sin inyectar el virus del enfrentamiento irracional en la vida pública, sin crear moralinas ad hoc ni puritanismos obscenos. Ser mejores, en definitiva. Representar todo aquello que la izquierda hoy, por la degeneración a la que ha sido sometida por la ambición de unos pocos, no puede representar: el respeto institucional, el sentido de Estado, el cuidado de la democracia y el valor de la discusión pública, vehemente, sí, pero organizada.

Ser mejores, esa es la principal estrategia; la estrategia que seguramente no recomendaría ningún estratega, pero sí cualquier patriota.