De todas las consecuencias que el intento del presidente del Gobierno de hacerse con más poder a través de la moción de censura, hay una que sobresale en gravedad por encima del resto: la liquidación definitiva de la cultura política de 1978.

En España, como no hemos tenido una experiencia democrática plena hasta que la Constitución puso las bases y abrió el camino, nuestro referente político, esa suerte de arquetipo mítico y seguramente coloreado por el paso del tiempo, pero igualmente válido, ha sido la Transición.

En el fondo, lo que hemos considerado en nuestra política correcto e incorrecto, bueno o malo, lo hemos considerado a la luz de aquellos años. La propia idea del acuerdo, tan presente en nuestra vida pública, aunque tan sólo sea por su reiterado uso como piedra de honda que apunta al adversario, partía de aquel gran acuerdo que supuso la Constitución.

El convidado silencioso

Un referente moral que nos asiste, no como ejemplo exacto de lo que debería ser la política (la Transición fue un periodo extraordinario) pero sí como idioma con el que manejarnos en nuestra política; algo así como un convidado silencioso que ejerce su callada influencia. Una cultura política, en definitiva, que es la forma con que la Historia hace pie en el presente.

Tomada como cultura, hay tres normas principales que han creado la gramática de ese idioma: acuerdo, estabilidad y respeto institucional. Tres elementos sustanciales que han sido a un tiempo vocales, consonantes y acentos de nuestro lenguaje político. Una lengua que tiene valor por sí misma, pero también como vínculo entre aquellas generaciones que hicieron la Transición y estas otras que nacieron ya en democracia, y que lleva dos años sometida al mayor acoso en décadas.

La admisión de EH Bildu a la dinámica política; el constante relativismo con el que se asume la cuestión catalana; el desahogo con el que se amenaza la institucionalidad del Estado tratando de tomar por asalto el CGPJ

El fondo de la actuación de Pedro Sánchez ha sido liquidar definitivamente ese idioma, esa cultura política, y obtener por ella los restos electorales que el saldo ideológico pueda ofrecerle a cambio. Porque asumir un idioma es asumir un cuerpo de normas, un marco doctrinal con el que emplearlo. Y el que nos legó la Transición no admite el desparpajo con el que se conduce el presidente del Gobierno ni esa falsa levedad con la que embosca la amenaza real a las instituciones o ese descarado menudeo de la representación política de los españoles.

Por eso, se equivocan quienes ven en Murcia solamente el tosco intento por acumular más poder. Si tomamos el hilo desde la madeja y no desde su extremo, y lo vamos recogiendo, la realidad se desvela: la admisión de EH Bildu a la dinámica política; el constante relativismo con el que se asume la cuestión catalana; el desahogo con el que se amenaza la institucionalidad del Estado tratando de tomar por el asalto el CGPJ; el menosprecio al Parlamento y particularmente, al primer partido de la oposición y el intento de tomar el poder pasando por encima de la voluntad de los ciudadanos, son sólo algunos de los hitos -como nudos en el hilo- que ponen al descubierto la intención última del presidente del Gobierno: acabar con ese idioma político y ese legado.

Librarse de él es liberarse de la más poderosa de las limitaciones con las que se encuentra su desaforada carrera de ambición: lo que consideramos o no correcto; lo que creemos o no admisible; categorías, todas ellas, que nada significan para Sánchez y que las percibe sólo como meros y superables impedimentos. Librarse de la cultura política de la Transición es allanar el camino para alcanzar el objeto de su ambición; el primer paso para, al final, entre alerta antifascista y alerta antifascista, crear un idioma político nuevo, a la medida de sus pretensiones.

Se equivocan los que dan por ganada la batalla con el desmontaje de la grotesca moción murciana. No; nada se ha ganado todavía. Murcia, si acaso, ha sido la declaración con la que Pedro Sánchez ha abierto hostilidades.