Provocaron pasmo y desconcierto. "Agitan una escoba en forma de palo de golf", llegó a escribirse en una publicación del socialismo ágrafo. ¿Una escoba con forma de palo de golf? Seguramente hay fórmulas menos retorcidas para desacreditar a alguien. Emergieron súbitamente en la calle Núñez de Balboa, en el segundo mes de la pandemia, en la cuarta prórroga del estado de alarma y unos días después de que Sánchez proclamara el advenimiento de la 'cogobernanza', aquella estafa que todavía persiste. Era gente del barrio de Salamanca, sin adscripción partidista, sin identidad de rebaño, sin más punto en común que su vehemente rechazo a las medidas adoptadas por un Gobierno inepto. Encierros, prohibiciones, mordazas, reclusiones, vulneración de derechos fundamentales, adobado todo ello con el ocultamiento de información sobre contagios, fallecidos, compras sospechosas de material. En fin, el caos organizado por Sánchez y sus utilleros, Illa y Simón.

Estiércol sobre la Puerta del Sol

Los medios del sanchismo los llamaron 'los cayetanos', en irónico homenaje a Cayetana Álvarez de Toledo, por entonces portavoz del PP en el Congreso y combatiente feroz contra el Gobierno socialcomunista y sus satélites liliputienses de la periferia. Los cayetanos, cuyos últimos supervivientes animan la tertulia de los viernes en La Noche de Dieter, fueron los adelantados del rechazo cívico a una gestión torpe y tramposa, adobada por un bombardeo de apariciones televisivas, aplausos en los balcones e información secuestrada. Eran partícipes del espíritu combativo que ya por entonces esgrimía Isabel Díaz Ayuso, la única líder regional que osaba levantar la voz contra la despótica apisonadora de la Moncloa. "Se adoptan criterios arbitrarios sin base científica, encierran a la gente, la arruinan, el malestar es creciente, lo de Núñez de Balboa va a parecer una broma", advirtió la presidenta madrileña en la Asamblea regional.

El próximo 9 de mayo, cinco días después de las elecciones madrileñas, decae el último estado de alarma de nuestra era. Seis meses lleva esta vez en vigor en inaudita prórroga. Pedro Sánchez, luego de arrojar estiércol sobre Madrid mientras volaba en nuestro Falcon por el corazón de África, ha insinuado que no proyecta renovarlo. Se atisban dos razones. El desgaste político que conlleva la medida en vísperas de una cita crucial con las urnas, y la falta de respaldo parlamentario para concretarlo. Por lo tanto, pareciera sumarse a la animosa familia cayetana al prescindir de aquellas medidas coercitivas e improvisadas, que tanta irritación provocaban. "Atrocidad constitucional", "sobrepasa los límites de legales", "atropella el Estado de Derecho". Hubo clamor general contra el decreto de alarma. Juristas, académicos, catedráticos y políticos reclamaron leyes ad hoc para hacer frente a un mal ignoto y repentino. Desde la oposición se sugirió diseñar una normativa ex profeso. Una ley de pandemias, una actualización de la Ley de la Salud Pública...en suma, trabajos parlamentarios para evitar el bloqueo asfixiante de la economía, el sacrificio estéril de la sociedad. Carmen Calvo incluso se comprometió públicamente a elaborar ese 'plan b'. Ha pasado ya casi un año en la más tremenda inactividad.

Las regiones deberán improvisar si pretenden mantener en vigor medidas excepcionales, como toque de queda, restricciones de circulación, prohibición de desplazamientos, de reunión, útiles, según su particular percepción, para contener los contagios

Ahora que la alarma decae, cobra más fuerza ese artero engendro de la cogobernanza. Sánchez, fiel a su estilo, se cruza de brazos y la pasa la pelota a los gobiernos autonómicos, donde cunde el pánico y se avizora el descontrol. De ahí el cachetazo del Consejo de Estado, muy severo en el reproche por la pasividad legislativa del Ejecutivo. Las regiones, sin armamento normativo alguno, se verán obligadas a improvisar si pretenden mantener en vigor medidas excepcionales, como toque de queda, restricciones de circulación, prohibición de desplazamientos, de reunión, imprescindibles para contener los contagios según su particular concepción. Algunas ya están en ello. Incluso han elaborado iniciativas de muy dudosa constitucionalidad que se disponen a aprobar con celeridad. De nuevo el apaño, el pastiche, la incertidumbre. Algo muy propio de un país liderado por un aventurero escaso de escrúpulos y dirigido por un equipo de aficionados, ilusionistas del marketing, agitadores de la bronca, animadores de la tensión y acolchados por una red mediática tan abrumadora como imbatible.

El bonapartín de la Moncloa es el emperador de los incumplimientos. La factoría de ficción de Iván Redondo ya tiene prevista la respuesta. Le cargará el mochuelo a Europa y a los caciquillos autonómicos

"Menos alarmas y más vacunas" sería el grito de los cayetanos de estar ahora en funciones. Sánchez, en su última aparición de 'Aló presidente', anunció una catarata de dosis para los próximos meses. Casi 90 millones de aquí a septiembre. Un propósito inviable. Se comprometió tiempo atrás a que antes de abril estaría vacunado el 80% de la población de más de 80 años. Nada. El bonapartín de la Moncloa es el emperador de los incumplimientos. La factoría de ficción de Iván Redondo ya tiene prevista la respuesta para cuando su cuento de hadas se desvanezca. Le endilgará el mochuelo a Europa y a los dirigentes autonómicos, que rebuscan ya, desesperados, cómo salir de la encerrona. "¿No queríais libertad?, pues toda vuestra", será el argumento unánime de los telepredicadores del sanchismo, con la mirada puesta en Ayuso, naturalmente.

Ahora estamos en campaña. Toca predicar libertad, libertad, disfrazarse de cayetano y mirar con displicencia al estado de alarma y sus variantes represivas. Moncloa no está ya en eso. Ahora que encierren otros, que los caudillines provinciales más hiperventilados dispongan las normas pertinentes, dicten las restricciones que les agrade, asfixien los negocios que se les ocurra y retuerzan las leyes que les pete. Poca polémica habrá sobre este particular con una sociedad angustiada por el maldito baile de las agujas. ¿Astra o no Astra? Y cuando pase el 4-M, volverá la alarma y el crujir de dientes.

No era eso precisamente lo que se reclamaba en Balboa Street. No cuela. No era un palo de golf, era una escoba.