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Miquel Giménez

Opinión

De sana y robusta constitución

Los escaños del PPC, con banderas de España y de Cataluña y un ejemplar con la Constitución Española.
Los escaños del PPC, con banderas de España y de Cataluña y un ejemplar con la Constitución Española. EFE

Parir a la criatura no fue ni fácil ni cómodo. Se precisó mucho pragmatismo, muchas horas de discusión y, lo más importante, que todos se comieran con patatas su porción de historia y de recelos. Hace cuarenta años, a pesar de todo, nació nuestra Constitución.

Siendo una cuarentona está de muy buen ver, y sin recurrir a bótox ni componendas artificiales, que por más alifafes que se usen con el asunto legislativo la mona siempre se queda en mona y lo transitorio jamás cobra carta de perdurable. Fue algo que, aún a día de hoy, resulta poco menos que increíble. España, país de los tuyos y los míos, de guerras inciviles, de funestos pronunciamientos llevados a término por espadones diversos, esa España que pintase Goya con dos paisanos hundidos en la tierra hasta las rodillas dándose de palos, conseguía ponerse de acuerdo dotándose de unas reglas del juego limpias, razonables, modernas. Esa misma Constitución que, no siendo en su totalidad del gusto de nadie, fue aceptada por todos, nos ha permitido vivir el periodo de paz y libertad más dilatado de toda nuestra historia.

Así las cosas, sería lógico decir que la carta magna goza de una sana y robusta constitución, y perdón por el juego de palabras, cosa que creemos vivamente, pero que se intenta desmentir a diario por parte de aquellos que mantienen ante la misma la ambivalencia canalla y demagógica de quien solo quiere reconocer como buena aquella ley que le da la razón. Que los separatistas abominen de España, de sus leyes, de su justicia, de su monarquía para, inmediatamente, acudir a todos los estamentos legales del Estado con tal de zafarse de cualquier castigo los retrata de cuerpo entero. Lo mismo podríamos decir de los neo comunistas, que andan rozándole el nivel de demócratas a los de la estelada.

Los que se han quedado para defenderla son aquellos a quienes se llama partidos tradicionales, a saber, PP y PSOE, aunque con todas las prevenciones que ustedes quieran, porque de la corrupción, el mal gobierno y el nepotismo hicieron uso y abuso en contra de todo lo que indica y obliga nuestra ley de leyes. Que la defiendan es normal, empero, porque al fin y a la postre ellos fueron dos de los principales protagonistas en aquellas sesiones de café, humo, madrugadas y revisión de papelotes y más papelotes. No hay por qué negarles a ambos ese mérito, como tampoco habría que hacerlo con Sole Tura, comunista que devino posteriormente en socialista, o con Miquel Roca, aquel convergente que acabó siendo devorado por Jordi Pujol, bien, más exactamente por la esposa de este, Marta Ferrusola, que nunca se fió del todo de aquel abogado brillante y de buena oratoria. “Roca en Madrid está estupendamente”, solía decir con tono zumbón aquella primera dama catalana cuando alguien, inocentemente, sugería en su presencia que Roca podría dar más juego en la política catalana que en la española. Nos contaba en cierta ocasión un viejo militante de Esquerra Democrática, el partido de Ramón Trías Fargas que acabó integrándose en Convergencia, que el día que el Partido Reformista de Garrigues Walker y Roca se pegó el hostión del siglo, obteniendo solo un diputado, la Ferrusola no paró de reír durante varios días.

La Schadenfreude catalana del nacionalismo hacia todo lo que sea español es total. Obedece al poderoso sentimiento de inferioridad que el nacionalismo catalán experimenta ante la solidez hispana, por lo general, y por la constitución de 1978 en particular. Pujol, que era poco o nada partidario de reinstaurar la Generalitat, oponiéndose con toda su fuerza a que Tarradellas volviese, y que jamás aceptó de Suárez ni de González ni siquiera de Aznar un sistema de financiación similar al cupo vasco, tampoco miraba con buenos ojos una constitución que, para él, era “demasiado laica, demasiado tolerante y demasiado española”. Esa frase resume perfectamente el totalitarismo que anida en el fondo de la idea separatista. Al padre del separatismo no le podía acomodar nada que fuese español, nada de lo que se ofreciese, nada de lo que pudiera lograr porque todo aquello no eran más que escalones previos a la cima, a saber, a conseguir la independencia. No se trataba de intentar cambiar la ley democráticamente, a base de votos, de debates, de mayorías parlamentarias. No, se trataba de aprovecharse de la Constitución, exprimirla como si de una ubre lechera se tratase y luego matar a la vaca. Eso es totalitarismo cínico de la peor calaña. Claro que Roca no le gustaba a la matriarca catalana. Era un reformista, no un rupturista.

De hecho, vean ustedes como en todas las constituciones hipotéticas de cara a una Cataluña independiente, y conste que se han escrito ya unas cuántas, el modelo reaccionario se plasma en cada epígrafe de las mismas. Desde la injerencia del poder político en el judicial, ahí sí, de manera real y visible, a los poderes casi omnímodos del President, a la vigilancia estricta de todo aquello que atente contra los principios de esa república donde todo el mundo será feliz y quien no lo sea se verá obligado por las autoridades a serlo.

Eso no puede prosperar sino es por medios violentos. Como los separatistas lo saben, están preparando a sus chicos de las porras para organizar un buen lío el veintiuno de diciembre. Quieren controlar el territorio y decretar una huelga general de país. Qué cosas. A esta tropa, ni leyes, ni constituciones, ni democracia ni nada. Si no sale lo que quieren, a quemar contendores, a cortar el tráfico, a llenar de pintura y de mierda portales y a increpar a quienes no piensan como ellos. Lógicamente, no celebran el día de la Constitución. Demasiado nivel intelectual e incluso humano para esas gentes.



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