Salvador Illa, ese hombre.
Salvador Illa, ese hombre. Gtres

Opinión

Operación Illa: cuando el lobo se disfraza de abuela

Muchos elogian al ministro de Sanidad por sus exquisitas formas y su buen talante, pero a un político lo que hay que exigirle es que gestione bien y que lo haga sin mentir ni reírse de los ciudadanos

La designación del ministro de Sanidad, Salvador Illa, como candidato del Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) en las elecciones del 14 de febrero ha revolucionado el tablero político catalán. Si nos atenemos a las encuestas, ahora mismo el PSC estaría disputándole la victoria tanto a Esquerra Republicana, que se suponía que iba a ganar de calle, como al partido de Carles Puigdemont, que vuelve a revivir.

Si ese triple empate es real, la 'Operación Illa', impulsada desde Moncloa por el gurú Iván Redondo, es ya todo un éxito. Y si acaba ganando las elecciones, que nadie dude de que Illa intentará reeditar el tripartito de izquierdas que en su día pusieron en marcha Pasqual Maragall y José Montilla. Aquel experimento se fue de las manos, pero en este 2021 sería una magnífica noticia que un no independentista ocupase el principal despacho del palacio de Sant Jaume poniendo fin a los diez años de locura bajo las presidencias de Artur Mas, el citado Puigdemont y Quim Torra. Se rompería el bloque soberanista y la política catalana entraría en otra dimensión tras una década perdida.

A muchos les sorprende que los catalanes estén a punto de encumbrar a uno de los principales responsables de la gestión de la pandemia en España, pero en realidad los paisanos de Illa no se fijan en su labor al frente de Sanidad, sino que se ven a ellos mismos cuando le miran. Porque Illa es, en cuanto a formas, el catalán prototípico: un señor muy educado, de trato exquisito y modales intachables. Un caballero capaz de aguantar carros y carretas sin perder la compostura. Un ejemplo de saber estar muy poco común en la política española: jamás una palabra más alta que la otra ni una expresión gruesa. Y hasta lleva gafas de pasta. ¿Qué más se puede pedir?

El orgullo de una nación

Redondo sabe mejor que nadie en España que en las democracias modernas lo que importa es la fachada, porque los principios, la ideología y el proyecto son algo secundario. De ahí que Illa sea el candidato perfecto para asaltar el Gobierno de la Generalitat. Ha sido el espejo donde se han visto representados durante estos meses miles de catalanes, el orgullo de una nación. Y encima ha sido capaz de tirar de las orejas a la Comunidad de Madrid, que, como ya se sabe, es el origen de todos los males que se padecen en Cataluña.

El problema es que, por muy buena educación que tengas, puedes ser un auténtico sinvergüenza, como se comprueba fácilmente si se repasa la lista de los últimos presidentes catalanes... empezando por Jordi Pujol, aquel estadista políglota que nos engañó a todos durante tanto tiempo.

Illa es un candidato modélico desde el punto de vista de la imagen, pero una tomadura de pelo si hacemos un mínimo balance de su gestión al frente del Ministerio de Sanidad. Para empezar, es una falta de respeto de proporciones siderales que abandone su puesto de trabajo en plena pandemia del coronavirus. Si tan bien lo ha hecho, ¿por qué sale corriendo en mitad del incendio?

Y luego está la cuestión de si, una vez que ha sido designado candidato, debe seguir siendo ministro. Para cualquiera que tenga ciertos principios éticos, es evidente que la condición de candidato es incompatible con la de ministro, pero pedirle moralidad a este Gobierno después de todo lo que ha llovido es absurdo y ahí está el ejemplo reciente de Josep Borrell, ministro de Asuntos Exteriores con Pedro Sánchez y a la vez candidato del PSOE en las elecciones europeas de 2019. Borrell no sólo no dimitió al ser designado candidato, sino que hizo entera la campaña, ganó las elecciones, tomó posesión de su escaño... y no dejó el Gobierno hasta que le nombraron finalmente vicepresidente de la Comisión Europea ¡seis meses después de haberse celebrado los comicios!

Bandazos y malas decisiones

Dicen los tiralevitas oficiales que la figura de Illa se ha elevado durante la pandemia. Si nos atenemos a cuestiones meramente formales, es cierto que su figura ha sobresalido entre tanto político de baja estofa, pero su gestión no aguanta ningún examen relativamente neutral. Nos impuso el confinamiento más duro del planeta durante cien días y no consiguió ni salvar vidas ni salvar empleos. Con las cifras oficiales en la mano, España es de los países europeos con más mortalidad por covid-19 y el que peores resultados económicos ha tenido en 2020 de todo el mundo desarrollado. Y si miramos el exceso de mortalidad respecto al año anterior, las cifras extraoficiales, nuestro país es, de largo, el que más muertos ha tenido en Europa, tanto en términos absolutos como en función de su población.

Illa no tiene la culpa de la pandemia, por supuesto, pero su gestión sí ha contribuido decisivamente a obtener el peor resultado de todos nuestros pares. Con eso ya bastaría para desacreditar a cualquier CEO si estuviéramos hablando de una gran empresa privada. No vio venir lo que llegaba, le quitó hierro inicialmente a la situación y luego se dedicó a dar bandazos y a tomar malas decisiones sobre la utilidad de las mascarillas, los test de antígenos, la conveniencia de hacer controles en los aeropuertos... Por no hablar de las veces que faltó a la verdad en relación al dichoso comité de expertos o a los inexistentes criterios de la desescalada.

El ministro se ha reído varias veces de los ciudadanos, lo que pasa es que lo ha hecho con exquisita cortesía. También se ha choteado de la comunidad científica, sobre todo cuando prometió tras el verano una auditoría independiente sobre la gestión de la pandemia... que todavía hoy no se ha puesto en marcha.

Illa es un mal gestor. Sus errores han costado vidas y dinero. Y sus continuas rectificaciones son la prueba de ello. Rectificar es de sabios, sí, pero había suficiente información disponible para haber acertado a la primera

Sus últimas tomaduras de pelo las hemos visto en relación a las vacunas. Tanto Sánchez como él nos anunciaron a bombo y platillo que en España habría 13.000 puntos de vacunación, algo que ahora mismo no se cumple pero que, como contó hace unos días Vozpópuli, jamás sucederá, puesto que las condiciones mínimas para vacunar hacen inviables miles de pequeños consultorios médicos. Si llegamos algún día a tener en marcha la mitad de puntos de vacunación, habrá sido un milagro.

Finalmente, está la cuestión de cuántas vacunas se ponen y cuándo estaremos todos inmunizados. El ministro mantiene que este año estará vacunado todo el que quiera, e incluso ha anunciado que para el mes de mayo habrá 20 millones de adultos protegidos. Sin embargo, basta sacar la calculadora para darse cuenta de que no es posible alcanzar esa cifra: España recibe actualmente 350.000 vacunas a la semana y para lograr ese objetivo necesitaría cuadruplicar el suministro, es decir, 1,4 millones de dosis semanales. Quizás por ello, como Vozpópuli descubrió hace unos días, Sanidad haya preguntado al laboratorio Pfizer si puede vacunar a seis personas con los viales que la farmacéutica ha previsto sólo para cinco dosis, con el objetivo de sacar el máximo rendimiento al líquido suministrado. Y eso suponiendo, que es mucho suponer, que consigamos inyectar a tiempo todo lo que nos llegue, que ahora mismo parece tarea imposible si no se involucra al Ejército o se vacuna en las farmacias.

Dicho lo cual, a Illa hay que elogiarle su tremenda capacidad de rectificación. No lo reconocerá nunca, pero ha sabido ir cambiando de opinión con el paso del tiempo, aprendiendo de sus propios errores. Le dijimos que un confinamiento duro no era la solución, y nos lo ha evitado en la segunda ola. Le dijimos que los niños no eran el problema, y permitió la vuelta al cole con normalidad. E incluso ha acabado tragando con todo lo que la malvada Isabel Díaz Ayuso defendía: mascarillas, antígenos, controles en los aeropuertos... Los catalanes que le quieren tanto dirán que eso es una virtud: "Rectificar es de sabios". Otros tenemos todo el derecho a pensar que las decisiones erróneas de los políticos cuestan vidas y dinero, y que aquí no estábamos para experimentos. No hacía falta ser Albert Einstein para darse cuenta de algunas cosas. Rectificar está bien, pero había suficiente información disponible para haber acertado a la primera. Si Illa no lo logró, será que no es tan bueno como lo pintan.

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