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José Alejandro Vara

Opinión

El candidato de pacotilla

Pedro Sánchez se juega la placidez de su legislatura en las catalanas. La apuesta por Salvador Illa es arriesgada. Entre maravilla y pesadilla 

El candidato de pacotilla
El candidato de pacotilla Europa Press

Salvador Illa es un falso delgado (no cabe en el abrigo), un falso constitucionalista (está por los indultos a los golpistas), un falso defensor del castellano (abona la inmersión) y un falso ministro (ya ejerce de candidato). Illa es una pesadilla después de Navidad. Una apoteosis fake de la escuela trolera de Sánchez, un embuste con flequillo, un filósofo amateur con pinta de enterrador de western de Almería, una muestra palmaria del nivel andrajoso de nuestra clase política. Materiales por derribo, saldos todo a cien, retales de la planta de oportunidades. El PSOE es un Lefties y el PSC, cafetucho de recuelo.

Todo en él rezuma un aire de patraña. Ponderado, educado, ecuánime, no levanta la voz, activista del consenso, de la mano tendida, del buen rollo. Pura estampa, superchería y trampantojo. Basta recordar su defensa del estado de alarma en el Congreso, el pasado 15 de octubre, cuando por sus bemoles impuso el cierre de Madrid, para asfixiar y arruinar a la Comunidad más próspera de España contra el criterio de los tribunales y la bonanza que por entonces mostraban los datos del contagio. Se desmelenó. Asistimos a la corporización matérica del auténtico Illa, faltón, insultón, agresivo, desparramando injurias y aventando afrentas. Un Lastra con acento del Vallès. Lo pensaban un corderito y emergió un cochino jabalí (como llaman en su tierra al gorrino montaraz).

Sánchez lo escuchó, se levantó luego del escaño y se fue sin aguardar los discursos de la oposición. Había pasado la prueba. Ya tenía candidato. Ya había relevo para el incapaz Iceta, ya tenía una baza para la decisiva partida del 14-F. Ya encontró un orador bragado que abofetea con firmeza al PP, insulta con soltura a Vox y planta cara a los secesionistas sin ánimo de ofender. Lo que es el socialismo catalán, eclecticismo ideológico, puro camuflaje por lo que pueda venir.

Sabido es que Illa lo negó tres veces en televisión apenas 24 horas antes de que se hiciera oficial. "Será Montilla", respondió al entrevistador con un desparpajo de tahúr profesional

Sabido es que Illa lo negó tres veces en televisión apenas 24 horas antes de que se hiciera oficial. "Será Montilla", respondió al entrevistador con un desparpajo de tahúr profesional, cualidad muy valorada para escalar en el organigrama de su partido. Así, María Jesús Montero, licenciada en bolas. También Celaá, reina de la filfa, o Marlaska, virtuoso del embuste. Algunos se sorprendieron. ¿Cómo se puede mentir con tal desparpajo, con tal granítica expresión?

Olvidan quizás cómo ha sido su actuación al frente de Sanidad. La quintaesencia de un impostor. Basta un somero repaso: las engañifas de las mascarillas, el escamoteo de los test, los expertos de ficción, la desescalada sectaria, la obsesiva campaña contra Madrid que, curiosamente, fortaleció a Díaz Ayuso y sepultó a don Simón, su cínico y atolondrado Pécuchet, sumido ahora en el pozo negro del descrédito.

Tiene la virtud, eso sí, de emerger incólume de su fatídica misión durante la pandemia. Resulta doloroso recordar el vergonzante recuento de los caídos. Satisfecho sin embargo con su caótica gestión, acaba de ser catapultado al título de aspirante a presidir la Generalidad. Hará doblete, otra infamia. El ministro trampilla y el candidato de pacotilla. Un rato aquí, casi ajeno al brutal desparrame de contagios (entre la tercera ola que viene y la operación vacuna que no va) y otro allá, bailando la sardana con Iceta y cantando el Virolai con mosén Junqueras.

Responsables de la tragedia catalana son unos, en efecto, la lista es larga. Culpables, más bien otros, la lista de los condenados por el Supremo

La palinodia de la campaña de Illa girará en torno a esa frase alumbrada el domingo: "Todos somos responsables de lo que ha ocurrido en Cataluña". Es la misma línea de las excusas de la pandemia, "nadie lo podía saber", "esto pasa en todas partes". Siempre lejos de la verdad, envuelto en el embrollo. 'Responsables' serán todos, que no. Pero también hay 'culpables', muy claros, con nombres y apellidos y sentenciados por el Supremo, a los que ni menciona. 

La falsedad cotiza al alza en Moncloa y no penaliza ante la opinión pública, que sostiene a Sánchez y sus satélites en el vértice de la intención de voto. Nada pasa factura. Las tropelías se olvidan, las trampas se entierran, los embustes caducan con celeridad y apenas se ha de rendir cuentas por nada. La lluvia ácida de la indecencia lo arrolla todo a su paso sin mover conciencias, sin agitar escrúpulos dormidos ni avivar los resortes de la dignidad. Este es un país sacado de una lámina de guardería. 

Sánchez necesita que el PSC sea decisivo en el gallinero catalán. De ahí la apuesta por Illa, un arriesgado movimiento de piezas que puede convertirse en una pesadilla para Su Persona

Preocupa mucho en Moncloa el resultado de las catalanas. Necesita una derrota incontestable de la banda de Puigdemont que evite un nuevo gobierno independentista. Los estrategas de Iván Redondo aventuran un triunfo de ERC sobre JxCat, lo que abriría las puertas al tripartito soñado, (Junqueras-Podemos-PSC)) o, sencillamente, un gobierno de ERC y Podemos con el apoyo externo de los socialistas. Con el orden de los factores alterados, sería el espejo convexo de lo que sufrimos a nivel nacional. 

Sánchez necesita que el PSC se convierta en pieza decisiva, en factor clave en la gobernabilidad del avispero catalán. De ahí la apuesta por Illa, un movimiento de piezas astuto aunque arriesgado. La cómoda mayoría que le sustenta en Madrid puede alterarse si ERC no logra su objetivo en febrero. Si Junqueras e Iglesias pierden peso y ERC no logra ahormar el tripartito, la ecuación de La Moncloa se quedaría coja. Sánchez lo ha apostado todo a esta mano. Si le sale mal la carta de Illa, el aspirante de pacotilla, ni candidato ni ministro sino todo lo contrario, puede convertirse en su más espantosa pesadilla. 

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