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Gabriel Sanz

Opinión

Illa en la orilla de la Barceloneta

Al retrasar el nombramiento de un sucesor en Sanidad, Sánchez se arriesga a que el fracaso en la vacunación pase factura al candidato y el independentismo se movilice contra el ‘desembarco’

Salvador Illa y Miquel Iceta.
Salvador Illa y Miquel Iceta.

Aceptemos que designar a Salvador Illa candidato del PSC a la Presidencia de la Generalitat de Cataluña es un movimiento inteligente de Pedro Sánchez, un revulsivo en una campaña que se le estaba haciendo bola al PSC por el desgaste de su todavía primer secretario, Miquel Iceta; aceptemos, también, que esperar hasta última hora para anunciar algo que se venía barruntando ha cogido por sorpresa a sus adversarios, principalmente Ciudadanos y PP; seamos, incluso, benévolos y aceptemos como un lance más del juego político que el presidente tolere a su ministro de Sanidad dejar de serlo solo por razones electorales y en un momento crítico para España: a punto de llegar a la tercera ola de la pandemia de covid-19 y con la vacunación empantanada.

Mucho vamos a pasar por alto, dirán ustedes. Sí, pero a cambio de poner pies en pared contra la obscenidad de mantenerle en el ministerio hasta que empiece la campaña, en la medianoche del jueves 28 de enero, cuando podrá pedir el voto sin incurrir en ilegalidad; obscenidad a la cual se acompaña este argumento, llamémoslo así, susurrado sotto voce desde los pasillos del socialismo gobernante: como todavía no está claro que haya elecciones el 14 de febrero en una Cataluña confinada, así no se quema elcandidato.

Al margen de que en política, como en la vida, no vale todo... si finalmente la covid-19 obliga a retrasar esos comicios, ¿qué nos va a contar el Salvador del PSC? ¿Ejercerá de ministro de lunes a viernes y candidato de sábado a domingo? ¿Por qué tenemos que creerle cuando diga que no tomará ninguna decisión sanitaria que perjudique a sus rivales electorales, si ya lo está haciendo con su sola presencia en un despacho del Gobierno?

Mariano Rajoy permitió a Miguel Arias Cañete apurar al máximo su condición de ministro de Agricultura hasta 20 días antes de enfrentarse a la socialista Elena Valenciano en las elecciones europeas de 2014. Cierto. Como lo es que ocho años atrás, en 2006, José Montilla actuó de manera más escrupulosa, dejando el Ministerio de Industria dos meses antes de enfrentarse a Artur Mas en las elecciones catalanas de noviembre de aquel año. Nada que ver ambas situaciones, en cualquier caso, con esta que nos ha tocado vivir. Tiempos sin virus y, sobre todo, sin 70.000 muertos en la mochila.

Illa empieza a ofrecer la imagen nefasta de que sigue en el crucial en estos momentos Ministerio de Sanidad solo por la ventaja electoral que le sigue proporcionando la ‘cuota de Telediario’. Y eso no es tolerable

Hablamos de ética y de estética, de la honestidad de la mujer del César. Montilla, luego Cañete, actuaron según su saber y entender... en una España en plena normalidad. Salvador Illa, por contra, está haciendo frente a la peor calamidad pública que hemos sufrido desde la Guerra Civil -Sánchéz dixit-; sí, la pandemia, la angustia de millones de españoles sigue ahí, le guste o no señor ministro, y usted empieza a ofrecer imagen de aferrarse al cargo de forma estratégica y solo por la ventaja que le sigue proporcionando la cuota de Telediario. Eso no es tolerable aunque nos garantice que cumplirá hasta el último día su función.

Intuyo, además, que su desembarco en diferido va a ser un error, un profundo error táctico que puede llevarle a morir en la orilla catalana del 14-F a poco que la vacunación de millones de conciudadanos se le tuerza por el tortuoso camino que nos aguarda o si el independentismo, hoy lamiéndose las heridas del fallido procés, toca a rebato para votar en masa porque “Madrid nos quiere domesticar” instalándole a usted en el despacho de la Plaza de Sant Jaume. Oriol Junqueras, su íntimo enemigo, se lo dejó claro cuando no habían pasado ni dos horas desde que se conociera su designación:

La vuelta a la política catalana del secretario de organización del PSC que es Illa, capitán de capitanes, como son conocidos en el argot interno sus todopoderosos alcaldes del cinturón metropolitano barcelonés -él lo fue de La Roca del Vallés-, está desarrollándose como lo que pareció desde un principio: un desembarco, primero, para revitalizar el voto al PSC ahora y luego el de Sánchez y, segundo, para aglutinar todo el sufragio constitucionalista posible...que luego ya veremos qué hacemos con esas papeletas a la mañana siguiente de las elecciones.

Y es precisamente esa falta de claridad en los fines del antaño poderoso PSC, ese obsceno tacticismo que estamos viendo, lo que puede acabar lastrando el Día D que ha preparado el general Sánchez sobre la playa de la Barceloneta. Quizá no ha caído en que, siendo ese tipo de maniobras difíciles por naturaleza, esta de Illa, que pasa por pactar con el enemigo -el independentismo- tras enfrentarse a él en las urnas, se antoja aún más complicado. Por muy bien que se lleven Illa y Junqueras, el todavía ministro habrá de convencer a quienes votaron Ciudadanos y PP en 2017 que no les va a traicionar al día siguiente con ERC, y a los republicanos, de que el PSC nunca se sumará a un frente constitucionalista... vamos, la cuadratura del círculo.

Pregunte, ministro, a Jaime Mayor Oreja y a su correligionario socialista Nicolás Redondo, uña y carne constitucionalista en el País Vasco hace ahora veinte años; que lo suyo iba de repartirse el gobierno tras las elecciones vascas de 2001. Hasta que se abrieron las urnas y Juan José Ibarretxe, el candidato del PNV -sí, el del raca-raca soberanista que inmortalizó Peridis- volvía a ganar contra pronóstico. La foto de los dos cogidos de la mano con Fernando Savater en el Palacio Euskalduna de Bilbao había logrado movilizar contra el españolismo hasta los muertos en los caseríos... pregunte, pregúnteles, señor ministro.

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