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Igor Marín Ochoa

Opinión

Salud, libertad y economía

Necesitamos las arcas lo más vigorosas posible para afrontar el esfuerzo titánico que van a tener que hacer desde lo público para rescatar a las personas

Ciudadanos italianos se protegen con mascarillas.
Ciudadanos italianos se protegen con mascarillas. EP

Cada vez cuesta más creer que, pasado un tiempo, el mundo volverá a ser más o menos igual que antes de la crisis provocada por la Covid-19. Por un lado, el número de muertos y contagiados nos ha recordado la vulnerabilidad del ser humano. Principalmente, en el mundo capitalista occidental. En la era de las tecnologías punteras, infraestructuras faraónicas, inversiones millonarias… un simple coronavirus ha puesto todo patas arriba y lo que antes parecían certezas ahora son dudas.

Hemos descubierto que nuestra sanidad no es la mejor. Que los recortes no solo cifras, que cuestan vidas. Que los gestores no son bustos parlantes, que deciden nuestro día a día. Que la salud no estaba en el eje de las políticas de ninguna administración, de ningún partido. Pronto descubriremos que esas administraciones y, sobre todo, esos partidos usarán la salud para lanzársela entre ellos y de nuevo la ciudadanía quedará en un segundo plano.

Responsabilidades autonómicas

Mientras tanto, los sanitarios se embarcan cada día -especialmente en Madrid- en una ruleta de decisiones más propias de tiempos de guerra. Tienen que señalar quién vive y quién muere. Y lo hacen sin más protección que sus manos. La falta de material sanitario de las 17 consejerías de Sanidad que hay en España, responsabilidad de las comunidades, es sonrojante.

Es seguro, por lo tanto, que el colapso de la Sanidad, la descoordinación entre administraciones públicas y la improvisación de los responsables políticos va a generar un debate político en los próximos meses que crecerá en tensión y acabará en dimisiones, elecciones en algunos países, reformas en otros y simple y lamentablemente en ruido inoperante en la mayoría.

Vigilancia de datos

Esas decisiones y ruidos provocados por esta crisis global va a llevar a la toma de decisiones que moldearán nuestras vidas durante varios años. Aquí se presenta el riesgo de que la vigilancia de datos y biométrica masiva trascienda la emergencia y permita que los gobiernos controlen nuestras vidas. No es una amenaza imaginaria del tipo ‘Black Mirror’, es una realidad. En Estados Unidos, la Administración Trump observa los movimientos de sus ciudadanos a través del GPS de empresas de publicidad para móviles. El Gobierno estadounidense ha optado por estos datos porque están menos regulados que los de las operadoras. Al carajo la regulación y la protección de la privacidad, uno de los bastiones de las sociedades occidentales.

Una vez más, bajo el paraguas de una mayor seguridad, como se ha hecho en la lucha contra el terrorismo, desaparecen los derechos básicos como si hubiese otra alternativa. Aunque la hay. Esta misma semana, IBM, Microsoft y otras empresas han creado una plataforma basada en blockchain que permite detectar posibles portadores asintomáticos, sin necesidad de vigilancia gubernamental, y manteniendo la privacidad de las personas.

La paralización total decretada por el Gobierno español a principios de esta semana ha sido un dislate que ha estado a punto de suponer un tiro en el pie a la economía española

Antes de todo eso, ya hoy hemos perdido en España la libertad de que los periodistas pregunten directamente y sin censuras previas al Gobierno. El sistema utilizado por el gabinete de Prensa de Moncloa que ‘criba’ las cuestiones que se responden en las ruedas de prensa es un sistema de censura único en Europa y que anula de facto la labor de control que los medios y los periodistas deben cumplir con rigor frente a los poderes establecidos. Ya se sabe, sin preguntas no hay periodismo.

Por último, pero tan importante como lo anterior, nos estamos jugando el sistema económico. Esta crisis ha dejado y va a dejar a millones de personas en la cuneta de la pobreza. La paralización total de la economía decretada por el Gobierno español a principios de esta semana ha sido un dislate que ha estado a punto de suponer un tiro en el pie a la economía española. Por suerte, las presiones de algunas autonomías y la lógica aplastante han permitido mantener muchas factorías al ralentí. Siempre y cuando se respeten escrupulosamente todas las medidas de seguridad e higiene dentro de las fábricas y negocios, hay que tratar de mantener la actividad económica en lo máximo que la prevención de la pandemia lo permita.

Políticas públicas y privadas

Por otro lado, hay que mantener activas las obligaciones fiscales. Se podrán aplazar, pero nunca suspender. Es absolutamente incomprensible y demagógico que haya propuestas, como las de Pablo Casado, que solicitan simultáneamente incrementar las ayudas y anular los impuestos. Necesitamos las arcas lo más vigorosas posible para afrontar el esfuerzo titánico que van a tener que hacer desde lo público para rescatar a las personas, inyectar inversiones al tejido productivo y entrar en el capital de empresas en apuros. Es necesario salvar y defender la producción de nuestras marcas frente al tsunami empresarial de compras, OPAs, cierres y maniobras especulativas que van a surgir tras la crisis del coronavirus.

El mundo va a cambiar después de esta crisis. De cómo tomemos las decisiones ahora va a depender en parte en qué sentido lo haga. Si el bienestar y la salud de la ciudadanía no son el eje de las políticas públicas y privadas, el progreso será cada vez más una ilusión lejana de lo que pudo ser y el egoísmo evitó.

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