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Gregorio Morán

Sabatinas intempestivas

Sacar pecho en las trincheras

En su soberbia arrogante, Pedro Sánchez no sabía que los Franco llevan casi un siglo como profesionales del fraude

Pedro Sánchez, junto a su asesor, Iván Redondo
Pedro Sánchez, junto a su asesor, Iván Redondo

Es una pena que no se contemple el derecho a rectificación al acto de depositar el voto en las urnas. Deberíamos concedernos unos días, tal que una semana, para arrepentirnos por haber votado a uno u otro. Si todos los actos humanos, incluso el crimen, admiten el propósito de enmienda, parece un contrasentido que no haya posibilidad de corregir una decisión tan trascendente que puede cambiar la historia. Estoy seguro que la aplicación de este principio aliviaría el callejón en el que estamos metidos. Bastaría con que sirviera para mofarnos de las patrañas de la campaña electoral.

Porque metidos en campaña todos mienten y además siendo conscientes de que mienten. ¿Cuánto duraría el veto de Ciudadanos al PSOE si la realidad de los números les convirtiera en opción de gobierno? ¿Sánchez tendría alguna duda en aliarse hasta con Bildu con tal de lograr una mayoría por muy frágil que fuera? Y el PP, ¿no echaría por tierra todas sus bravatas si una improbable combinación le obligara “por el bien de España”, dirían, a editar el nunca conseguido y ahora añorado bipartidismo de los dos grandes? Nada está escrito y todo se ha gritado con una mala baba que preludia tiempos borrascosos. Los que vivimos.

Los únicos elementos seguros se reducen a unas elecciones de tramposos donde la tónica dominante es la inseguridad. Primero, han sido convocadas por un estafador que llegó a presidente gracias al engaño, y no fue un engaño cualquiera, fue un acuerdo de los que no necesitan firmarse, según el cual echaban a Rajoy para inmediatamente convocar elecciones. Quedarse con algo y luego negarse a pagarlo es una estafa. No se puede considerar robo porque había acuerdo entre las partes pero desde el momento que te niegas a cumplir has engañado a tus socios. Para aquellos que hacen virguerías sobre la limpieza democrática, la transparencia y los modales, ha sido una legítima argucia política y en verdad que legítima lo es por más que muestre la catadura del personaje, un trepa insaciable. Y ya hay un coro de voceros que le consideran la salvación de la izquierda.

Aclaremos: Sánchez echó a Rajoy para inmediatamente convocar elecciones. Quedarse con algo y luego negarse a pagarlo es una estafa

Como si fuera una casualidad, cosa que en política no existe, surgió Vox y sirvió de ungüento para cubrir la fechoría. Solo Sánchez nos puede librar de la marea neofranquista y por si fuera poco para remachar el clavo exhibe la audacia de sacar a Franco del Valle de los Caídos. Sin el caldo de cultivo y la exaltación de Vox aún seguiríamos hablando del Sánchez estafador. De marrullero político ha pasado a líder de la izquierda real, que debe entenderse como la que se cuenta por “reales”, a la manera antigua. Eso sí, ha conseguido convertir a un grupo marginal para noticias breves como Vox en una amenaza y de rebote reinaugurar el Valle de los Caídos, antaño lugar de peregrinación para nostálgicos y descerebrados. Es sorprendente la cantidad de “modernos” que han visitado recientemente ese Valle de la vergüenza para “ver qué es eso”, una experiencia que dice mucho de su ignorancia y su frivolidad. Nadie en su sano juicio visitaría un mausoleo tan siniestro salvo que tenga allí los restos de sus muertos. Después del ridículo mediático de nuestro “audaz presidente” que creía que iba a apuntarse el tanto que ni intentaron sus predecesores, henos presenciado otra “comedia bárbara” a lo Valle Inclán. ¡Déjalo que se caiga de viejo, idiota, y procura que las víctimas recuperen sus restos! En su soberbia de estafador arrogante no sabía que los Franco llevan casi un siglo de profesionales del fraude. Ya su bisabuelo murió discretamente -una esquela desvaída- tras un mal pasar por un oscuro asunto de deudas impagadas.

Cuando se cruza de la lucha en campo abierto a la guerra de trincheras las tropas de los partidos se emboscan y les basta con disparar al enemigo, pero en política donde las elecciones  le ponen a la batalla fecha de caducidad las ofensivas se limitan a sus líderes. Lo que proclaman sus mandos hace de munición y el resto es trabajo del equipo de campaña. Nunca ha sido tan evidente que se vota a los líderes. El partido de Sánchez, el partido de Casado, el partido de Rivera, incluso hay una tropa inquieta y desanimada que espera a que Iglesias tome el mando después de la última genialidad de cambiarle el nombre a la formación e inscribirla como “Nosotras Podemos” donde antes estaba el original, neutro e inclusivo, de “Nosotros Podemos”.

El liderazgo de Abascal es lo más parecido a la partida carlista del Cura de Santa Cruz, que a la hora de la batalla no tiene tropa suficiente para hacer trincheras

Al paso que va Podemos podrá recopilar una enciclopedia sobre las diferentes maneras que tiene un grupo político de dispararse en el pie y echarse a reír de gozo. Hay un refrán popular, incierto como casi todos, que dice “sarna con gusto no pica”. ¡Claro que pica, pero si les gusta que con su pan se la coman! El liderazgo de Abascal es lo más parecido a la partida carlista del Cura de Santa Cruz, incluso con similares aspiraciones, y a la hora de la batalla no tiene tropa suficiente para hacer trincheras. Me atrevo a decirlo, sin Sánchez no serían nada. Si alguien es reacio a entenderlo ya habrá ocasión para explicarlo.

En esta lucha de liderazgos, que linda más con las peleas de gallos que con la estrategia militar, desempeñan un papel capital los equipos de asistencia, los jefes de campaña. Los medios de comunicación están atados al peligro del boicot si osan publicar los nombres de estos personajes que son lo más parecido a quienes susurran a los caballos, o en un plano más vulgar y más cercano a la realidad, al entrenador curtido en mil combates que le pasa la toalla por la frente al boxeador y le humedece la esponja para el siguiente “round”. En cada información de campaña deberíamos poner un añadido donde se informara de la procedencia de la manipulación, la orientación sobre un titular o incluso cómo hacerlo y hasta el sentido del ataque. Así nos evitaríamos esas archicitadas “fake news” que con notable desparpajo quieren limitar los mismos que viven de ellas.

Basta un ejemplo. El entrenador, instructor, ejecutor, programador de la campaña electoral del presidente Sánchez se llama Iván Redondo, experto en el manejo de las manipulaciones. Anteriormente se ocupó de llevar a la alcaldía de Badalona al candidato de PP, García Albiol, al que se tildó de racista y xenófobo por las vedetes mediáticas del catalanismo encabezadas por el tonto solemne Enric Juliana y la olorosa tertuliana Pilar Rahola. Ganó García Albiol, una lección.

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