Sufrimos una inundación de “novela negra”. En España es más reciente que en el resto de Europa y a decir verdad no tiene nada que ver con los grandes precursores del género, aquellos míticos norteamericanos que hacían novelas con materiales deleznables. Añorar ahora a Dashiell Hammett o a Raymond Chandler es referirnos a una literatura que fascinó a hombres de pluma tan exquisitos como Luis Cernuda, que tradujo a Hammett cuando aún la mayoría de los críticos consideraba el género como un subproducto de la prensa de masas al que delataba hasta su nombre, Pulp de diez centavos; pasta de papel para consumidores sin biblioteca; leer y tirar.

Añoro los experimentos de narración brutal de Boris Vian o la maestría de Simenon, el prolífico, en sus novelas más ambiciosas. Nosotros no tuvimos suerte, o lo que es lo mismo, faltó talento entre las provincianas evocaciones de García Pavón y la pobreza cómplice de Manolo Vázquez Montalbán. Pero, ¡ay lo que vino luego! Anegados andamos de novela negra para comedores de pizza congelada. Lo he intentado, pero no logro pasar de la segunda página. Me acuerdo siempre del primer acercamiento, en el más gris que negro Oviedo de mi adolescencia, cuando abordé una novela de McCain, creo, traducida en Argentina donde me paré en un párrafo: “sacudió el sobretodo y se echó al macadam…” No tenía idea de qué era un “sobretodo” ni menos aún el habitual “macadam” de nuestros pasos perdidos.

No leo novela negra, por principio. Sólo leo novelas. Lo negro lo dejo para la vida cotidiana, esa misma que imitan de mala manera para alargarla lo suficiente hasta que tenga las páginas que requieren los editores. Si se fijan ya no se escriben reportajes de sucesos, sino apenas recuadros; incluso la veterana profesión de reportero de sucesos ha desaparecido por más que quede algún solitario al que se mira como si se tratara de un inspector de alcantarillas.

No leo novela negra, por principio. Sólo leo novelas. Lo negro lo dejo para la vida cotidiana, esa misma que imitan de mala manera para alargarla lo suficiente hasta que tenga las páginas que requieren los editores

Un asesinato urbano hay que reconstruirlo a trocitos como si al muerto le hubieran convertido en un mosaico al que ir buscando tesela a tesela hasta tener algo tan alejado de la realidad que parecería que le hubieran matado dos veces. El otro día, apenas una semana, han asesinado al chino de la esquina. Llevaba más de veinte años ahí hasta que una mala noche un desecho humano le apuñaló para robarle y le dejó como un colador ensangrentado. Ni con voluntad de detective se podrá recomponer ese mosaico siniestro; pedazo a pedazo, como si hubiera que vencer una inercia informativa que lleva a aparcar los crímenes para que la realidad no salga desfavorecida al contemplar una evidencia implacable que ningún discurso puede ocultar.

Relatar la realidad oculta no la faculta la novela negra de niñatos asentados o camino de ello, lo exige algo tan simple como la vida ciudadana. Ese chino asesinado es un alegato, casi un panfleto, que no puede blanquearse con la demagogia. No es que con centenares de cadáveres todos los días la sociedad se haya acostumbrado a la tragedia. Pasaba ya antes del coronavirus y ahora ha tomado carta de naturaleza. Nada es más contrario a la institucionalización de la mentira que contar los muertos uno a uno, por eso evitan sacarlos del anonimato. Daños colaterales, aseguran los cómplices. Mala suerte, confirman los expertos.

El otro día, apenas una semana, han asesinado al chino de la esquina. Llevaba más de veinte años ahí hasta que una mala noche un desecho humano le apuñaló para robarle y le dejó como un colador ensangrentado

Lo cierto es que a Wei Ming Sun, con cincuenta años muy trabajados, lo asesinó un tipo de 20, anónimo por decisión de las autoridades y los medios de comunicación que así nos evitamos engorros rufianescos de letrados. Lo confieso, no he logrado saber el hombre del asesino, sólo tres siglas S.O.M. y que agujereó a su víctima tantas veces que dejó el portal de la casa hecho un almacén de despojos. Según la información de la experta -¿en policía, o en delincuentes?- de La Vanguardia de Barcelona el prenda tenía “unos pocos antecedentes por robo con fuerza y tráfico de drogas”. ¿Qué serán “unos pocos”? Había robado con violencia a tres vecinos sucesivamente los días anteriores. Era un hombre de su tiempo porque constan “un montón de denuncias recientes por incumplir las normas de la covid”. ¿Sería que no llevaba mascarilla? ¿O es que hablaba muy alto y no respetaba las distancias?

Nacionalidad española, insiste El País, garante de cualquier tentación xenófoba quizá porque los criminales tienen patria y los lectores son sensibles a esas minucias. Ocultan que había nacido en Marruecos. ¿Nacionalizado? Estaría en su derecho, aunque el chino no era español, procedía de la región de Qingtian, al sur de Shanghai, zona aseguran tan hermosa como pobre. Nueve de cada diez habitantes de Qingtian emigraron y buen parte de ellos a España e Italia. Tiene su sarcasmo que el bazar que abría todos los días desde hacía más de 20 años en Barcelona le hubiera puesto de nombre “Europa”.

S.O.M. le apuñaló en la esquina de mi calle, por la espalda, y el chino se revolvió y gritó, y gritó tanto ante el ensañamiento, que bajó su hijo y tuvo el valor y la fuerza para apalancar al asesino hasta que un mosso d'esquadra fuera de servicio le vio y le echó una mano. Luego, lo que cuentan los diarios. Mucha policía, ambulancias, pero quedó un muerto de Qingtian y un veinteañero con más tablas que la Pantoja. Dos hijos huérfanos y una viuda sin derecho, sospecho, a indemnización social.

Sucedió en el centro de Barcelona, en un barrio de clase media muy deteriorado. Dio sus condolencias a la familia la cónsul china de la ciudad. Supongo que también los vecinos y sus paisanos. Las autoridades barcelonesas, no; se trata de daños colaterales, la víctima es china y eso apenas cubre un recuadro periodístico. Por lo demás estamos en pandemia y en campaña electoral; no hay tiempo para todo y menos aún ganas. Los chinos no votan.

No sé si somos conscientes de la cantidad de cosas que hemos ido perdiendo en los últimos meses. Entre otras la capacidad de indignación, porque la de sorpresa se fue diluyendo ya hace años. Lean novela negra, contemplen series de televisión conmovedoras en su ruindad, hagan todo lo que puedan por distraerse, pero sobre todo no piensen que en la larga cadena de infamias que hemos de soportar hay responsables en primer grado, y cómplices y blanqueadores. Como todos vamos de víctimas nadie le preguntará al hijo del chino por qué su padre puso en juego su vida para salvar la modesta hacienda de la familia. El asesino tampoco lo sabrá nunca. No lo entendería.