Quizá alguno de ustedes recuerde aún a un personaje que salía mucho, hace ya años, en la telebasura. Se llamaba Rocío Carrasco y, para ganarse la vida, la muchacha (entonces lo era) había hecho dos cosas muy importantes: ser hija de una cantante famosa y casarse con una especie de guardia civil del que luego se divorció. Tales hazañas permitieron a esta mujer ingresar en su cuenta corriente cantidades elevadísimas y gozar de una gran popularidad. Todo esto se lo llevó el aire, como pasa con la mayor parte de las cosas de este mundo, pero aquella chica algo dentona (sobrada de incisivos) duró años en el mazagático candelabro y no había día en que no apareciese en los medios la llamada Rociíto, que era el diminutivo con que se la conocía. Aunque alguien, no sé si Maruja Torres, escribió una vez “Roci-Hito” y aún quedan –se lo juro– personas inocentes convencidas de que estaba emparentada, no se sabe cómo, con la familia real del Japón.

Era tonta. Perdonen ustedes la manera de señalar pero la chica era tonta por los cuatro costados; esto no está en discusión, no había más que dejarla hablar un rato. Lo que me sorprende es que a la felizmente olvidada Rociíto le ha salido una sucesora, imitadora, continuadora, discípula o epígona, que se llama igual (Rocío), que padece el mismo desacuerdo entre sus incisivos superiores, que guarda una cierta semejanza física con la original y que a la sazón trabaja de presidenta del partido Vox en Madrid. Su apellido es Monasterio. Quizá no sea por casualidad. Eso no lo sé.

Pero el parecido más notable es el de la actividad neuronal, elementalísima, tanto de una como de otra. Sonreía Rociíto, la antañona, siempre con la misma cara. Sonríe Rociíto, la epígona, exactamente igual, le digan lo que le digan, le pregunten lo que le pregunten, indiferente a la realidad, con una expresividad facial que recuerda inmediatamente al memorable C3PO, robot de La guerra de las galaxias –pero este era, al menos, muy ingenioso hablando– o todavía mejor al robot que encarnaba Robin Williams en El hombre bicentenario. Quiero decir con esto que, al menos por su cara, es imposible saber lo que está pensando esta mujer. Si es que está pensando, pero eso es otra discusión que nos llevaría muy lejos.

Me imagino a los jefes de prensa de todos los partidos llamando a los periodistas amigos para rogarles que hagan todas las entrevistas posibles a… Rociíto Monasterio

Suele ser condición inherente al tonto dar por hecho que todos los que le rodean lo son también. Dice sus tonterías con la convicción y la inocencia de quienes las tiene por obviedades, por cosas evidentes que todo el mundo comparte. Y cuando una pregunta sencilla le hace ver que está diciendo una memez, simplemente se encasquilla, hace un par de gestos raros y vuelve de inmediato a su discurso anterior, como los robots, sin plantearse ni por un segundo que está haciendo el ridículo y que todo el mundo se está dando cuenta. Una de las mejores definiciones de tonto es aquella que lo describe como alguien incapaz de preguntarse si es posible que su interlocutor tenga razón. Este es el caso.

Pongamos un ejemplo. Rociíto, la nueva, tiene querencia por el término “determinante”. Repite una y otra vez (siempre con la misma cara, la misma sonrisa) que sus doce escaños en la Asamblea de Madrid son determinantes, que sus votantes son determinantes, que es necesario contar con y respetar a alguien taaan determinante. En ese momento, en directo y en televisión, la periodista le pregunta por qué sus votos son tan determinantes.

Ahí diríase que Rociíto tiembla un poco, quizá suena un chasquido en algún engranaje oculto, y responde (cito de memoria) más o menos esto: “Porque si nosotros no nos hubiésemos presentado, está claro que la suma del PP y de Ciudadanos no bastaría para ganar a la izquierda”. La periodista, sin la menor duda atónita, saca cuentas por los dedos y dice: “Pero Rocío, la izquierda ha sumado en Madrid 64 escaños, ¿es correcto?” “Sí”, responde ella, y sonríe. “Y la suma del PP y de Ciudadanos es de 56, ¿cierto?” “Cierto –dice ella–, así que necesitan nuestros 12 votos para gobernar. Si no nos hubiésemos presentado, gobernaría la izquierda, porque los otros suman más. Esto lo entienden todos los votantes, así que somos determinantes”.

Ahí la entrevistadora resopla un poco y añade: “Pero Rocío, es lógico suponer que, si Vox no se hubiese presentado, los votos que os habéis llevado habrían ido a otros partidos y las cifras serían distintas, ¿no es verdad?” Y es en ese momento cuando se produce el encasquillamiento rociítico. Se para, tiembla un poco (no deja de sonreír), quizá suena un bip bip en alguna parte del mecanismo y el programa de seguridad activa la respuesta automática: “Lo que pasa es que somos determinantes y exigimos que se nos respete y que no se nos insulte”. Vuelta a la casilla de salida. “No me es posible abrir la puerta de las cápsulas, Dave”.

Al menos por su cara, es imposible saber lo que está pensando esta mujer. Si es que está pensando, pero eso es otra discusión que nos llevaría muy lejos

Hasta ahí llega esta mujer. Esas son sus luces, ni un vatio más. Dos minutos después dice que la derecha debe unirse para impedir que en Madrid gobierne el “despotismo” y el “radicalismo feroz” de Ángel Gabilondo. Vamos a ver, es comprensible la discrepancia política, pero ¿sabe esta señora, Rocíto, quién es Ángel Gabilondo? ¿Tiene la más mínima idea? ¿Sabe que fue sacerdote corazonista? ¿Sabe que es catedrático de Metafísica? ¿No comprende Rociíto que a un catedrático de Metafísica se le pueden llamar muchas cosas, pero desde luego no “radical”, porque es imposible? ¿Tiene conocimiento esta mujer de que Gabilondo fue rector de la Universidad Autónoma de Madrid? ¿Le han dicho que este hombre es autor de un metro y medio de libros sobre la tolerancia, el diálogo, la convivencia ciudadana y la vida y obra de Wilhelm Dilthey? ¿Ha abierto Rociíto alguna vez en su vida, siquiera por equivocación, alguno de esos libros? ¿Ha hablado con él alguna vez, por lo menos? ¿No se da cuenta de que llamar a Gabilondo, precisamente a Gabilondo, déspota y radical viene a ser lo mismo que asegurar que es negro, mujer o japonés? ¿No es consciente esta señora de que está haciendo el más terrible de los ridículos, de que al decir esas cosas –que no se atreve a decir nadie que sepa leer y escribir– está llamando gilipollas a la gente que la escucha, la ve por la tele y hasta la vota? ¿Qué concepto tiene Rociíto Monasterio de esos votantes para los que tanto respeto pide?

–Somos determinantes. Somos determinantes. Bip. Bip.

Un escritor muy lúcido bromeaba hace poco cuando explicaba que en el PSOE y en Ciudadanos hubo abrazos, lágrimas de alegría y euforia incontenible cuando se enteraron de que Casado, el jefe del partido de la Gurtel, había elegido a Adolfo Suárez Illana como su número dos. Me imagino que algo muy parecido debe de estar sucediendo en la izquierda con Rociíto al frente de la extrema derecha en Madrid. Les ha venido Dios a ver. Me imagino a los jefes de Prensa de todos los partidos llamando a los periodistas amigos para rogarles que hagan todas las entrevistas posibles… no a sus respectivos líderes, sino a Rociíto Monasterio. Esa chica tan determinante. Bip. Bip.