Este viernes hemos vuelto a comprobar tristemente que en la política española abundan la crispación y la ya famosa polarización mientras escasean las buenas ideas. Muchos discutirán si el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, ha hecho bien o no al marcharse del debate de candidatos de la Cadena Ser. Algunos dirán que ha sido un acto de dignidad frente a una provocación inaceptable, otros le acusarán de efectismo fingido para buscar votos y otros, como ya han dicho algunos de los presentes en el propio debate, afirmarán que ha caído en la trampa de Vox al abandonar la discusión.

Más allá del juicio de intenciones sobre por qué Iglesias se ha marchado, lo primero es afirmar que la actitud ha exhibido Monasterio durante el debate resulta sencillamente intolerable. En primer lugar, porque ha utilizado un malabarismo dialéctico para no condenar explícitamente una amenaza de muerte con balas incluidas. Ya sabemos a qué suena eso de "condeno toda la violencia" pero sin referirse al hecho concreto.

Además, la candidata de Vox ha puesto en cuestión que dicha amenaza fuera real con esa cantinela de que "la gente ya no se cree a este Gobierno". Pero Monasterio no se ha quedado ahí. Porque ha aprovechado el encontronazo con Iglesias para tildar de "activista" a Ángels Barceló, que es la periodista que estaba moderando -y con buen hacer, por cierto- este debate de la Ser. Y, para colmo, a renglón seguido ha espetado a Mónica García, candidata de Más Madrid, que "tiene cara de amargada" porque le había afeado su actitud. Todo esto es intolerable e indefendible, le pese a quien le pese.

El candidato de Podemos debería haberse quedado en el debate porque la mejor manera de confrontar con alguien políticamente es hablando, por mucho que te provoquen, te ofendan y hasta te repugnen

Precisamente porque el comportamiento de la candidata de Vox era intolerable, por eso mismo, Iglesias y el resto debían tolerarlo ahí sentados. Suena contradictorio, pero no lo es. El candidato de Podemos debería haberse quedado en el debate porque la mejor manera de confrontar con alguien políticamente es hablando, por mucho que te provoquen, te ofendan y hasta te repugnen. Es lo que han hecho García, Ángel Gabilondo y Edmundo Bal.

Llegados a este punto me vienen a la memoria todas esas ocasiones, veinte años atrás, en que las diferentes marcas de la izquierda abertzale, lideradas siempre por Arnaldo Otegi, por cierto, no condenaban en el Parlamento vasco los asesinatos de diferentes personas. En la mayoría de las ocasiones los portavoces del resto de partidos no se marchaban, sino que se quedaban, aguantando, dando un ejemplo de dignidad frente al terrorismo y quienes no lo condenaban. En un momento como el actual, con una pandemia así, los ciudadanos quieren soluciones y no tantos enfrentamientos que no llevan a nada.

No es demasiado exagerado pensar que en realidad Monasterio buscaba con su actitud que la expulsasen del debate para denunciar después lo que ella misma ha tachado de "dictadura de la Ser". En lugar de eso, ha ocurrido que la discusión ha tenido que acabarse de forma abrupta antes de tiempo porque así, con ese tono y con un candidato ausente -bueno, dos, porque Ayuso, a la que se lo están poniendo en bandeja, no asistió-, lo mejor era dejarlo. Una lástima. Y un despropósito.

Puede, además, que lo sucedido en este debate cambie el marco de esta campaña electoral durante algunos días. Abundarán los debates filosóficos y pre-políticos, incluso. Se hablará de todo menos de cómo mejorar la vida de la gente. Porque, como se decía al principio, en la política española abundan la crispación y la polarización mientras escasean las ideas.