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Miguel Ángel González

Opinión

El Rey, presidente de la República

En estos años de MIR estatal, Felipe VI se está ganando la plaza con holgura. Su reiterada defensa de la democracia le está haciendo justo merecedor de un contrato indefinido

Felipe VI.
Felipe VI. EFE

La democracia es un sistema político asombroso. La democracia asegura los derechos fundamentales del individuo, le da seguridad y le permite, si se pone mimoso, no levantarse de la cama con la música militar. La democracia adora a sus hijos pródigos y se enorgullece de ellos cuando llega la historia. La democracia abraza con ternura a sus intelectuales más ariscos y devuelve una sonrisa por cada exabrupto. Los chicos salen como salen, parece que diga, pero son mis chicos. La democracia da calidad de vida porque alienta al individuo a tomársela con medianía, con esa grisura que a lo sumo le lleva a pedir unos días más de vacaciones o alguna plaza suplementaria en los geriátricos. La democracia es agradecida porque tiende a reducir los problemas a problemas puramente personales.

La democracia es el régimen que mejor ha equilibrado la relación entre el individuo y la sociedad, de ahí que permita velar por los intereses propios sin descuidar los comunes. El contrato social crea con los siglos entidades asociadas de individuos que, a medida que se desenvuelven en relaciones más complejas, tienden a sofisticar todo el sistema. La sofisticación es parte consustancial del Estado moderno que, para asegurar una vida buena y siempre mejor, debe regular cada matiz vital con leyes y normas indispensables. Los individuos, metidos en sociedad, ceden en caprichos para organizar el caos de la naturaleza. Esa cesión es la clave democrática, porque lleva a la consideración inmediata de que un hombre es un ciudadano adulto y responsable.

Siendo discutible su origen dinástico, llegados aquí solo cabe aprovecharse de quien se ha preparado toda su vida para un cargo que está desempeñando de forma impecable

España es una democracia joven, pero consistente. Las facilidades vitales que concede puede que a veces terminen en excesivo de mimo, y que algunos ciudadanos se olviden de la molesta madurez que se les supone a cambio del calorcito de la ingenuidad. Pero la mayoría sigue siendo adulta y, por tanto, debe comprometerse y actuar en esta hora de pataletas infantiles. Y una buena forma de hacerlo es reconocer en voz alta lo bien que vive gracias a los elementos más básicos del sistema político con que ha decidido organizarse. Se hace inexcusable, pues, una defensa expresa de las leyes como reglamento soberano, que nadie (sea individuo, comunidad, pueblo o gente) puede infringir sin consecuencias. El juicio a los políticos catalanes así debe mostrarlo sin titubeos. Pese al exceso mediático, el asunto ha de llevarse como puro proceso de rigor democrático. Nada más.

Quienes justifican la segregación de un Estado democrático de espaldas a la soberanía popular infringen gravemente las leyes elementales de la democracia. Muchos Torras sostienen esa actitud egoísta e infantiloide con un axioma de resonancias trágicas: el pueblo está por encima de la ley. Solo oírlo debería haber llevado a los políticos profesionales a su negación inmediata y a una reclamación extensa de su contrario. A los políticos no se les oyó mucho, de todos modos. Solo un hombre de Estado, su propio jefe, pronunció en un discurso la frase que cualquier ciudadano debería repetir un par de veces al día, aunque solo sea como deber educativo: no hay nada por encima de la ley.

Bien mirado, España es una república con un presidente vitalicio, aunque quienes reclaman una tercera república no se hayan enterado

La democracia española entró con una Transición de manual, sin aspavientos ni consignas. Ahora es una democracia con un matiz que también vale para exportar: la monarquía constitucional. Bien mirado, España es una república con un presidente vitalicio. Quienes reclaman una tercera república aún no se han enterado. Le llaman Felipe VI como podrían haberle llamado lo que quisieran. Su origen dinástico es discutible, sin duda, pero llegados aquí solo cabe ya aprovecharse de la situación: un hombre que se ha preparado toda su vida para un cargo y que, hasta el momento, lo está desempeñando de forma impecable. Es, podría decirse, el primer funcionario del Estado, porque los Estados democráticos, más allá del vaivén electoral, aseguran su continuidad gracias a la maquinaria de los puestos no electos ni asignados a dedo, sino sacados por oposición. Y el rey Felipe VI, en estos años de MIR estatal, se está ganando la plaza con holgura. Cada brillante declaración en defensa de la democracia que está haciendo estos días (de la vida buena, no se olvide nunca) es un prueba más para justificar la firma final de un contrato indefinido. Póngase de inmediato copyright al invento.



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