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José Alejandro Vara

Opinión

Cuatro trampas contra el Rey

El auténtico plebiscito que cabría hacer tiene una pregunta bien sencilla: "¿Prefiere una monarquía europea o una república bananera?

El rey Felipe VI durante el discurso de Navidad de 2019
El rey Felipe VI durante el discurso de Navidad de 2019 Europa Press

El mensaje navideño del Rey ha sido siempre una especie de hilo musical, un tedioso sonsonete que actuaba de telón de fondo en la cena de Nochebuena, por lo demás, langostina y bullanguera. A falta de otros detalles de mayor enjundia sobre los que hincar el diente, los analistas y expertos en asuntos de la Familia Real, analizaban con microscopio y bisturí los distintos elementos del despacho desde el que Su Majestad oraba. Que si la foto con el Papa, que si con uniforme, que si con las niñas, sin las niñas, el Quijote, la Constitución y otros ornamentos que animaban la crónica periodística de tan austera y escasamente sexy velada anual. 

Lo más debatido del momento se centraba en discernir si la corbata del monarca era azul con irisaciones blancas o más bien con rombitos burdeos. Y así transcurría el momento sublime de la velada, veinte minutos de armónica excusa para desear paz y amor a la animosa audiencia.

Este jueves toda España estará pendiente de las palabras del monarca para que se abra luego un acalorado debate en el comedor familiar sobre la pertinencia de la monarquía o la república

Desde la llegada a La Zarzuela del joven Rey, todo ha cambiado. Se escruta con atención obsesiva cada línea del mensaje, se diseccionan los adjetivos, se hacen cábalas sobre las elipsis, se hilvanan teorías sobre las repeticiones. "Ha dicho 'paz' doce veces y 'crisis' solo una"...y así. Este año, todo será distinto. El vicepresidente segundo ya lo tiene anunciado. Este jueves toda España estará pendiente de las palabras del Monarca para que se abra luego un acalorado debate en el intrafamiliar sobre la pertinencia de la monarquía y la república. 

Hasta que esta coalición llegó al poder, el Ejecutivo evitaba dictar o sugerir las cuestiones que han de abordarse en la sobremesa tras la cena de Nochebuena. Es asunto que parecía privativo de cada cual y sus allegados. Pablo Iglesias, en la línea del gran dictadorzuelo caribeño que le ilumina, considera que es un disparate dejar a la gente que tome iniciativa propias, que decida libremente sobre su actitud en el cuarto de estar y dentro de nada, incluso sobre su menú. Ya sólo habrá besugo para ellos, para la nomenclatura. El comunismo es eso, que quien detenta el poder irrumpa en tu casa hasta la cocina, y más allá. "Sospecho que muchos compatriotas que estarán escuchando el discurso del Rey se van a preguntar luego sin son monárquicos o republicanos, ese debate se va a dar en las cenas, no hay que tener miedo a los debates".

Iglesias se abonará a la república, a Riego y a la tricolor para la campaña de las elecciones catalanas a fin de evitar el fracaso que ya le pronostican los sondeos

¿Quién dijo miedo? Más bien, indiferencia. Cierto es que las familias españolas no precisan de que un señor cómodamente asentado en Galapagar les diga sobre lo que han de versar sus conversaciones de mesa camilla. Y cierto también que la pugna sobre monarquía o república es dilema que tan sólo conmueve profundamente a Iglesias y sus feligreses, ya que su partido, a falta de otros activos que ofrecer, va a adoptarlo como eje fundamental en su campaña para las catalanas. Nada de senyera, todo será una abundancia de Riego y tricolor. Es cierto que en Cataluña se escucha la palabra 'república' y la gente piensa en ERC o en Junqueras. Pero Iglesias la deslizará con insistencia a fin de evitar el estruendoso batacazo que ya le anuncian por allí los sondeos.

Sondeos que, como los del CIS, desbaratan drásticamente las idas del caudillo podemita. Tezanos acaba de reconocerlo con tono de angustia: Sólo el 0,3% de los españoles están preocupados por la monarquía. "Me sorprende que sea así", apuntaba desolado el gran escrutador de la opinión pública nacional. La forma del Estado no es ahora asunto de debate nacional, ya está dicho. Todos los errores humanos son fruto de la impaciencia.

Cierto es que las inconvenientes andanzas del Rey padre, sus bochornosos líos con Hacienda y su acomodo en Abu Dabi son cuestiones muy jaleada por los medios orgánicos que son casi todos. Es materia incluso de los llamados 'espacios del corazón', donde ocupa un lugar destacado junto a las andanzas de Pantoja y su hijo Paquirrín. De ahí la expectación despertada por el mensaje navideño de este año. ¿A todo esto, qué dirá ahora el Rey? Como los malos entrenadores, hay políticos y periodistas que se han encargado de 'calentar' arteramente el debate. Cuatro trampas le han colocado bajo las alfombras de Palacio, si es que en Palacio todavía hay alfombras. Cuatro cuestiones que, indubitadamente, habrá de abordar para despejar dudas y sacudirse sospechas.

-LOS EXCESOSDEL EMÉRITO. "Algo tendrá que decir", cacarean los tontiloquis en las tertulias. "No puede escaparse como lo hizo su padre del Fisco y de España, que se dio a la fuga", añaden. Disparatas especulaciones circulan por las alcantarillas de la política sobre el artefacto que finalmente verá la luz tras los apaños y ajustes que han pergeñado, mano a mano, Carmen Calvo, por la parte de Moncloa, y Jaime Alfonsín, jefe de la Casa del Rey. Con tales mimbres todo saldrá a pedir de boca. "El Rey estará a la altura", decía la vicepresidenta, como si ella fuera la titular del tribunal de oficios monárquicos. Una cosa está clara con casi absoluta unanimidad. Don Felipe no puede ni debe ir más allá de la defensa de la 'ejemplaridad y transparencia', como así hizo en su discurso de proclamación hace seis años. Dos palabras que se pueden aplicar, asimismo, como crítica velada al Gobierno, que no cumple ni con lo uno ni con lo otro, tome usted nota, don Pedro.

Ni humana ni éticamente es comprensible que se le exija, como algunos hacen, que reniegue clamorosamente de su padre, que censure sus errores, que repruebe sus excesos. Ni es oportuno, ni es necesario, ni tiene sentido. Los mecanismos del Estado están en marcha para clarificar todas las tropelías que haya podido cometer el anterior jefe del Estado. El resto son maniobras para alfombrar el sendero de la ofensiva puesta en marcha desde el sector morado del Gobierno en su empeño por demoler el edificio constitucional, cuyo eje básico se asienta en la Corona. Va a por don Juan Carlos porque quieren tumbar a Felipe VI. Así se ha dicho y así es. 

-RUIDO DE SABLES. Algunos zangolotinos consideran que el Rey, como jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas, ha de responder a la misiva que le envió un grupo de militares retirados, muy preocupados por la deriva política nacional. La exigencia de explicaciones viene, casualmente, desde el mismo frente que ha jaleado, difundido y hasta manipulado esos mensajes. La famosa carta, al Rey y a Bruselas, fue luego aliñada con una supuesta 'conspiración' que pretendía fusilar a quince o veinte millones de españoles. Un grupo de 'guasap', con un militar infiltrado de color morado oscuro, fue el causante de tan chusco e inane revuelo. Pavadas etílicas aliñadas por las trampas habituales de un partido zarandeado por un violento vendaval, un auténtico simún de causas judiciales que intenta ocultar con semejantes artificios. ¿Cuánta cazalla han trasegado en el desayuno quienes le reclaman al Rey que denuncie con firmeza a la extrema derecha militar?.

-EL DISCURSO DEL GOLPE. La canalla independentista, con este Rufián al frente, desastrado y menesteroso hasta que llegó al escaño, pretende que Su Majestad abjure de su discurso del 3 de Octubre de 2017, aquel que desbarató el golpe sedicioso por aquellos meses en marcha en Cataluña. Esos seis minutos de Felipe VI frente a las cámaras de televisión no sólo consolidaron y reforzaron su figura sino que dieron un sentido inequívoco a la Institución, por entonces ya tambaleante. Quien pretenda un guiño del Rey a los golpistas, en breve indultados o liberados por el Gobierno, parece que sufrirán un decepción.  

-REFORMA DE LA CORONA. La Institución precisa algunos cambios, que han de reflejarse tanto en la Carta Magna como en unos más prosaicos. Inviolabilidad del Monarca, primacía del varón en la línea sucesoria. Y algunos otros retoques mínimos y en absoluto urgentes. No es precisamente ni el lugar, ni el momento para que el Rey se adentre en semejantes vericuetos, como algunos le reclaman. Es preciso abordar una ley Orgánica de la Corona, y su ámbito de elaboración y desarrollo corresponde al Ejecutivo y al Legislativo, como es natural. El Rey, no obstante, ya ha promovido importantes cambios tanto en su Casa como en otros aspectos que hacen a la Familia, No se olvide que en marzo renunció a la herencia paterna, despojó a don Juan Carlos de su asignación oficial y, hace unas semanas, le sacó de Palacio y lo envió muy lejos. Y ahí sigue. 

El Rey se dirigirá a los golpeados por la pandemia, a quienes lloran un familiar al que ni siquiera pudieron despedir, a quienes aún padecen en la cama de un hospital que jamás visitará Sánchez

Ninguno de esos cuatro asuntos con trampa centrarán el mensaje de Felipe VI, que se dirigirá, sin duda, a los golpeados por la pandemia, a quienes lloran un familiar al que ni siquiera pudieron despedir, a quienes aún padecen en la cama de un hospital que jamás visitará Sánchez. A quienes lo han perdido todo, la empresita familiar, el pequeño o gran negocio, el empleo, su futuro, el de sus hijos. A quienes, en definitiva, 'se han quedado atrás'. Cientos de miles. Los olvidados de la Moncloa. 

El 70% de los españoles alaban y valoran tanto la figura del Rey como su gestión, según el último trabajo demoscópico publicado al respecto. La monarquía sólo es un problema  para un sector mínimo de la sociedad que vota a Iglesias y al secesionismo periférico. La verdadera encuesta o el auténtico plebiscito que cabría hacer tiene una pregunta bien sencilla: "¿Prefiere una monarquía europea o una república bananera?. Seguro que en la cena de Nochebuena, al amparo de la chimenea, la familia de Galapagar discutirá amablemente sobre la cuestión. Cierto, también, que nos importan un bledo sus conclusiones. 

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