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Miquel Giménez

Opinión

Los que quieren cortarle el cuello al rey

Felipe VI, en su discurso en la cena inaugural del Mobile World Congress
Felipe VI, en su discurso en la cena inaugural del Mobile World Congress EFE

Si el rey quiere corona, corona le daremos, que venga a Barcelona y el cuello le cortaremos”. Así vociferaban este domingo en las calles los Comités de Defensa de la República. Apoyándolos desde Bélgica, Carles Puigdemont exigía al monarca que pidiese perdón.

"Venid al Palau, os necesitamos"

Las redes sociales tienen en común con las alcantarillas que, en ocasiones, la mierda se desborda. Así pasaba este domingo por la tarde en Barcelona. Los cupaires de los CDR pretendían boicotear la visita del rey Felipe VI a Barcelona. Usaron las tácticas de siempre: colapsar los accesos al Palau de la Música Catalana, lugar en el que el jefe del estado debía inaugurar el Mobile World Congress, para dar la imagen de una Cataluña insurrecta. Los Mossos impedían que llegasen ante el edificio, cargando en varias ocasiones, mientras ellos retransmitían en directo todo por Periscope, por Tuiter, por whats, lanzando mensajes en los que alertaban donde estaban los antidisturbios, que calles alternativas podían utilizar para llegar al Palau, en fin, cosas de primera de guerrilla urbana contemporánea. Y caceroladas, que en eso también son expertos.

Ni que decir tiene que todo ese aparato separatista de chichinabo estaba acompañado de la banda sonora habitual en la que no faltó la canción de los Maulets, vieja conocida de los que vivimos en Cataluña, que dice cosas, y traduzco del catalán, como “Ven, Pilareta, que te daré un revolcón, los peces en el agua y los amos al agujero y si no lo ampara Nuestro Señor le cortaremos la cola a Felipe de Borbón”. Tampoco faltaba en esa especie de Coros y Danzas de la Sección Femenina en la que han devenido los cupaires – se echó en falta a Anna Gabriel, pero Suiza le pillaba lejos, por lo que se ve – “L’Estaca”, del aburridísimo Lluís Llach, “Si els fills de puta volessin no veuriem mai elsol”, de Quico Pi de la Serra, título que no creemos preciso traducir, o la tonada que, inspirada en el Himno de Riego, se hizo popular entre los pescadores de Torredembarra y que dice en una de sus estrofas “Si el rey quiere corona, corona le daremos, que venga a Barcelona y el cuello lecortaremos” o la que, terrible, asegura “La reina está enferma a punto de comulgar, metedle cuatro tiros y acabarla de matar”.

Estos son los de la revolución de las sonrisas, las gentes que defienden el amor, la paz, el diálogo y la concordia, según aseguran Junqueras y el resto de separatistas. Son los que dicen que su República sería un paraíso de convivencia, de fraternidad, en la que nunca se perseguiría a nadie por sus ideas. No es extraño que, si las tropas de asalto del separatismo proceden así, sea porque sus líderes predican con el ejemplo, echándole más leña al fuego a la primera que tienen oportunidad. El fugado de Bruselas, el huido de la justicia española, el traidor a sus compañeros independentistas, Puigdemont, un cobarde que le tiene más miedo a la cárcel que a un nublado, hacía pocas horas que exigía al monarca español que pidiese perdón por su discurso a raíz del intento de golpe de estado separatista del pasado primero de octubre. Añadía, amenazante, que hasta que no lo hiciera no sería bienvenido en la República catalana.

Sus matones le han obedecido, de eso no cabe la menor duda, porque Cataluña, la calle, el motín y la canallería son suyas, todas suyas.

"Nos vamos de Barcelona"

Les decía ayer que no envidiaba para nada el papel de Don Felipe teniéndoles que explicar a los dirigentes del MWC quienes eran los descerebrados que estaban reventando el, quizás, acontecimiento más importante de Barcelona y uno de los más significativos de toda España. Pues bien, mi profecía se cumplió, por desgracia. Los responsables del congreso tienen firmado un acuerdo con la ciudad catalana, siempre y cuando las condiciones políticas sean estables, pero ayer ya se vio que aquí la estabilidad es algo como el valor en el antiguo servicio militar, solamente se le supone.

Nos consta que algunos de dichos responsables le hicieron llegar al rey su voluntad de llevarse el congreso a otro sitio. Concretamente, uno de ellos le dijo “Nos vamos de Barcelona porque esto va a acabar mal si no le ponen ustedes remedio”. Tiene toda la razón. Cuando Puigdemont se cree con la autoridad moral de exigir que pida perdón al máximo representante del sistema que le ha permitido gobernar siendo un perfecto inútil, cuando la alcaldesa de Barcelona y toda la Generalitat se unen al boicot del evadido, plantando no solo al rey, que ya es cosa grave, sino también a los que tienen a su cargo el congreso, cuando se llega a estos extremos de degradación en la vida democrática por falta de autoridad, mejor irse.

Sin negar ni un instante que la culpa es de los nacionalistas, bueno será también decir que, si los separatistas pueden permitirse todavía estos lujos es porque el gobierno de España ha mantenido una laxitud irresponsable en la aplicación del 155. Me apresuro a añadir que, en su cobarde negligencia, ha estado magníficamente auxiliado por la ambigüedad suicida de un PSOE que podría muy bien quitarse la E de español, que de eso tiene bien poco. Ya ni les cuento acerca de podemitas, Colaus y otras hierbas, que se las dan de revolucionarios y radicales cuando son los auxiliares imprescindibles de la derecha nacionalista más fascista y retrógrada de toda Europa.

Son los líderes de Junts per Catalunya y Esquerra quienes nos deben un acto de contrición por el tiempo que hemos perdido en toda esta martingala del proceso"

Es Puigdemont el que debería pedirnos perdón a todos los catalanes que solo deseamos libertad, bienestar social, respeto a las leyes, orden público, prosperidad y justicia. Son los líderes de Junts per Catalunya y Esquerra quienes nos deben un acto de contrición por el tiempo que hemos perdido en toda esta martingala del proceso. Deben pedir perdón de rodillas a los pensionistas, a los jóvenes que han de marcharse al extranjero, a los parados que no pueden acceder a un empleo, a los trabajadores colgados de un hilo por no haber estabilidad, a los pequeños y medianos empresarios, a los autónomos, que han visto como se destruía el poco capital que habían formado a base de dejarse la piel a lo largo de años y años. Que pidan perdón a los médicos que no tienen gasas, sí, gasas, para hacer curas en las urgencias de nuestros hospitales, que pidan perdón a funcionarios, a abogados, a fiscales y jueces, sometidos a una terrible presión en sus lugares de trabajo si no profesan el credo independentista. Pedid perdón, malditos seáis, pedir perdón a los profesores que no quieren lacitos amarillos en sus aulas y se ven postergados por sus propios compañeros, a los periodistas que vivimos con una cruz al lado de nuestro nombre por no abrevar en vuestros pesebres mediáticos, pedid perdón, hincados ante la Cataluña que sufre vuestra vesania, vuestra infamia, vuestro despropósito.

Y, sobre todo, pedirle perdón a los que acaban de nacer, porque les dejáis un país roto, dividido entre los que odian y los que solo aspiramos a convivir en paz. Pedirles perdón a mis sobrinos Ana y Alex, de dos años y seis meses respectivamente, que van a tener que batirse el cobre como jabatos si quieren salir de la tercera división en la que nos habéis metido, todo para disimular los miles de millones que os habéis llevado, las riquezas que bolsillos poco honorables han acumulado a lo largo de cuatro décadas de pillaje y comisiones.

Queréis cortarle el cuello al monarca, pero a quienes nos lo habéis cortado es a todos nosotros"

Al rey no hace falta que se lo pidáis, miserables, que está don Felipe muy por encima de vosotros, patriotas de medio pelo que, en defensa de esa patria de la que os llenáis la boca – y los bolsillos – arruináis a vuestros compatriotas. Queréis cortarle el cuello al monarca, pero a quienes nos lo habéis cortado es a todos nosotros. Criminales los unos por decir y hacer tamañas barbaridades, cobardes los otros por no tener cojones de aplicar la ley como se debe, desgraciados todos, porque lo que dejáis solo son ruinas que nadie visitará nunca más.

Pero pedidle perdón a Dios, porque yo no podré perdonaros jamás. Eso sí, nunca me veréis pedir que os corten el cuello. Eso os lo dejo a vosotros.

Miquel Giménez



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