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Miquel Giménez

Opinión

La revolución amarilla (y negra) que colapsa Barcelona

Cruce de Gran Vía con Rambla de Catalunya. Multitudes, interrupción del tráfico, gritos, protestas. ¿Acaso los separatistas han vuelto a apoderarse de la calle al lado de la Consellería de Economía? Hay mucho color amarillo, pero no esta vez no son los lazis. Son los taxistas.

Planta de taxis en Barcelona
Planta de taxis en Barcelona EFE

Torra está preocupado y Artadi exige competencias

El conflicto del sector del taxi ha conseguido lo que años de separatismo no han logrado: un auténtico motín. Los revolucionarios amarillos de crucecitas y parasol dominguero poco tienen que hacer al lado de las personas que se curran la calle a diario, teniendo que enfrentarse a todo tipo de clientes. Borrachos, drogadictos, delincuentes, patosos, maleducados, una policía municipal a la que Ada Colau obliga a ser intransigente con los taxistas, pero miope frente a manteros y okupas y, no en menor grado, dedicarse a la ímproba tarea de sacarse un jornal para pagar impuestos, reparaciones y, ya si eso, poder vivir.

El taxi ha dicho basta, y se entiende. Reclaman cosas simples de entender, y más para los que, como quien escribe esto, pertenecen al sector del autónomo. Como sea que ni Dios les hace caso, han montado una huelga indefinida, han tomado Barcelona bloqueando las calles más transitadas y, cosa meritoria en estos tiempos de egoísmo social, han obtenido la solidaridad de sus compañeros del resto de España. Dicen que no van a parar hasta que se les haga justicia.

Eso sí, conscientes del pollo monumental que tienen organizado, piden disculpas al personal y, a pesar de que no disponer de ese imprescindible servicio público puede tocarnos los pelendengues, entendemos que llega un momento en el que, o te plantas, o te chafan. Y ustedes se preguntarán, bueno, Giménez, ¿y esto que tiene que ver con los artículos que escribes diariamente de política catalana? Pues mucho, señorías. Porque esto es más política que si Torrent ha dicho tal cosa o Iceta tal otra. Mientras pasa todo esto, que es grave – quema de neumáticos, corte de accesos al aeropuerto, vehículos volcados, ataques con ácido a conductores o disparos de arma de fuego contra vehículos -, Quim Torra está en Bruselas masajeando a Puigdemont y, al ser preguntado al respecto ha dicho “Estoy muy preocupado”. Ah, y no sé qué del orden público. Como los taxistas no son de los CDR, ahora le preocupa el orden público. Mandan huevos, que diría Don Federico Trillo. En lugar de estar al pie del cañón, dando la cara, intentando mediar entre Fomento y los taxistas, el hombre está de excursión separata y dice que la cosa le preocupa. ¿Qué puede salir mal con dirigentes así?

Pero la ínclita consellera Elsa Artadi, que no ha ido a ensalivar con la presencia fáustica del flequillo del ex alcalde de Girona – dice ahora el fugado que jamás le retiró la confianza, hace falta echarle jeta -, ha dejado claro que el Govern está al quite. No dirán nunca lo que propone como solución. Pues sí, Artadi exige el traspaso de competencias del taxi ante, citamos textualmente, “La dejadez del gobierno de España”. Claro que sí, guapi, se os traspasan las competencias y los taxistas estarán a las mil maravillas. Como los profesionales de la sanidad pública en Bellvitge, por nombrar un hospital importante.

La portentosa Ada Colau no ha hecho mucho más. Cualquier otro alcalde, alcaldesa o alcaldeso estaría en medio de los taxistas, hablando, informándose, negociando a pie de calle. Ninguna, repito, ninguna de las personas que antecedieron a Colau en el cargo hubiera permitido tener a Barcelona sin taxis tantos días. Como no son migrantes, okupas o manteros, no deben tener la misma importancia a ojos de la alcaldesa.

Cuando el orden desaparece

Todo esto no hace más que confirmar el grado de malestar social que existe entre la gente que ha de pegarse catorce horitas diarias para mal ganar un sueldo. Más allá de un puñado de radicales, que los hay, la mayoría de profesionales del taxi solo quieren ser tratados con justicia. Hablando con ellos, se quejan de lo mismo que los comerciantes, los propietarios de un bar, los jóvenes que estudian mirando angustiados su futuro, los trabajadores mileuristas, en suma, la gente de bien. Quieren justicia. No entienden que el separatismo campe a sus anchas y no pase nada; no entienden que los gobiernos legislen solamente para los de arriba en contra de los de abajo; no entienden la hipocresía existente entre políticos. Un veterano del volante me decía indignado que si llevasen todos un lacito amarillo ya estaría Pedro Sánchez llamándolos a Moncloa. Aquel padre de familia tenía parte de razón. Estamos acostumbrados a ver como se roba impunemente -todos, ojo, lo repito siempre -, como los políticos prometen mucho y luego no hacen nada, como se apropian de sus impuestos para repartirse cargos entre los amigotes del partido. Es la descomposición del orden, la perversión de la ley, la decadencia de un país.

Se ha criticado peyorativamente el denominado “discurso del taxista”, pero discrepo profundamente. No es que sea radical, es que la vida lo es y en la calle se aprende por la vía rápida lo que está bien y lo que está mal, mucho más que desde un despachito oficial o desde el púlpito de una universidad cualquiera. El discurso del taxista contiene más verdad que el de toda la clase política, reconozcámoslo de una vez. De hecho, si quieren conocer cómo es cualquier capital del mundo, cojan un taxi y hablen con el conductor. Son los cronistas sin papel de lo mejor y lo peor que albergamos en nuestra sociedad. Psicoanalistas del cambio de marchas, aguantan llantos y blasfemias de no pocas personas, y tienen una psicología del individuo y de la masa más profunda que la mayoría de sociólogos de salón que pululan por las tertulias televisivas.

La revolución amarilla y negra que han organizado – son los colores de los taxis en mi ciudad natal – deja en evidencia a esas manifestaciones de colorines amarillos chillones, las de los sindicatos paniaguados y mantenidos, las de los partidos que solo miran por su propio estómago. Emplazo a cualquier dirigente radical a que mantenga un debate televisivo con un taxista. No duraría ni medio asalto. Estamos en lo de siempre, la enorme dicotomía entre el país real y el país oficial. Mientras los responsables de la administración catalana están de promenade en tierras belgas, la gente del país al que tanto dicen querer y defender está batiéndose el cobre, no por una quimera, sino por su pan.

Cuando eliminas banderitas, pancartas y eslóganes demagógicos, solo queda la verdad: gente que vive a duras penas y gente que vive de puta madre. Y lo hacen gracias a nuestros impuestos, a nuestra cobardía, a nuestra ignorancia.

Señores y señoras del taxi, me fastidia muchísimo su huelga, pero he de decirles que me quito el sombrero ante su coraje, su capacidad de movilización, su temple – no olvidemos que esta gente, si no trabaja, no ingresa– y su ejemplo.

Si los que defendemos la ley, la justicia y el orden fuésemos todos taxistas, otro gallo nos cantaría.

Miquel Giménez



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