Citamos mucho a John Stuart Mill y no sé si es bueno. No por él obviamente, que es un filósofo admirable al que siempre se lee con provecho. Pero se acude a este autor por lo general como adalid de la libertad de expresión, porque ninguna libertad tiene tantos enemigos y está tan necesitada de constante defensa. Lo que no se recuerda quizás tanto es que cierra su discusión sobre la libertad de opinión en Sobre la libertad con unas consideraciones sobre ‘la moralidad de la discusión pública’ que tampoco han perdido actualidad.

Allí explica brevemente cómo se ha desarrollar una discusión civilizada, para lo cual recomienda evitar aquellas faltas que adulteran su sentido o la echan a perder sin remedio. Entre ellas destaca alguna por ser especialmente perjudicial: ‘La más grave entre ellas es argüir sofísticamente, suprimir hechos o argumentos, exponer inexactamente los hechos del caso o desnaturalizar la opinión contraria’. Ni que decir tiene que estas cosas se hacen continuamente, como el propio Mill observa; por eso debemos estar permanentemente en guardia para no caer en ellas.

Que nuestros debates públicos están bien lejos de cumplir con tales exigencias es claro. Aún así, llama la atención que un representante político se sume a las críticas de su partido contra un escritor sin saber explicar sus razones, como sucedió a Pepu Hernández en la entrevista con Carlos Alsina. Como recordarán, los socialistas madrileños habían criticado la concesión de la medalla de la ciudad de Madrid a Andrés Trapiello; al decir de la portavoz socialista de Cultura, Mar Espinar, porque no se puede ‘premiar el revisionismo de la historia que representa’. Interrogado por el periodista acerca de la postura de su grupo, el ex entrenador de la selección de baloncesto afirmó que no comparten algunas de las opiniones del escritor sobre la Guerra Civil, ‘algo con lo que estamos profundamente en desacuerdo’ según recalcó. Lo sorprendente vino a continuación cuando Hernández fue incapaz de explicar en qué consiste esa discrepancia tan profunda, como terminó por admitir: ‘No sé en qué punto exactamente estamos en desacuerdo con lo que dice en sus libros Trapiello’. Me opongo aunque no sé a qué, ¡con eso sí que no contaba Mill!

Ya no se trataría de rebatir los argumentos de la parte contraria exponiendo los nuestros, sino de colocar al adversario una etiqueta que lo desacredite como interlocutor válido

Más allá del lance poco airoso, la anécdota es reveladora por varias razones. Muchos han glosado estos días los méritos literarios de Trapiello que lo hacen sobradamente acreedor a la medalla: pocos han escrito como él sobre Madrid o, para lo que hace al caso, sobre nuestra guerra civil con un juicio tan ecuánime; ahí está Las armas y las letras, un libro indispensable para conocer aquel conflicto y el papel que desempeñaron los intelectuales. Pero lo que me interesa ahora es que nos fijemos en el uso de la etiqueta ‘revisionista’, pues pone de relieve una práctica cada vez más extendida en la conversación pública. En ella ya no se trataría de rebatir los argumentos de la parte contraria exponiendo los nuestros, sino de colocar al adversario una etiqueta que lo desacredite como interlocutor válido. Nos ahorramos así la enojosa tarea de darle réplica y contraargumentar cuando podemos echarlo sin más de la discusión. En esas condiciones gana quien etiqueta, no quien argumenta, como ha dicho alguna vez Ovejero.

En la entrevista Pepu Hernández dio una pista acerca de cómo entender eso del revisionismo: ‘Para nosotros revisionismo es que algo que estaba perfectamente aceptado y ya no lo está’. Expresada así, esa defensa del statu quo es motivo de perplejidad. Que algo haya sido aceptado hasta el momento no es razón para seguir aceptándolo cuando encontramos evidencias que lo cuestionan o surgen dudas legítimas; en tal caso la actitud más apropiada es proceder al examen y la revisión. Por el contrario, aferrarse a la opinión establecida, negándose a considerar las pruebas o la evidencia en sentido contrario, es el más claro signo de dogmatismo. Que no habría que confundir con la presunción conservadora a favor de lo establecido, siempre revisable, bien distinta del rechazo dogmático a que se pueda abrir la discusión. Considerada de esta forma, la actitud revisionista es la que cabría esperar de cualquier persona racional, que no se queda estancada en las opiniones recibidas, sino que está dispuesta a corregirlas atendiendo a las razones pertinentes.

Herejía en el movimiento socialista

Obviamente, el término tiene un sentido más específico y una historia detrás. Por ello hay cierta ironía en las declaraciones mencionadas, pues el calificativo ‘revisionista’ se acuñó en las discusiones encarnizadas entre las diferentes corrientes del marxismo y se usó principalmente para denunciar a aquellos socialdemócratas como Kautsky o Bernstein que defendían una vía pacífica y reformista, no revolucionaria, al socialismo. Designaba así una especie de herejía dentro del movimiento socialista, que se apartaba de la interpretación correcta de la doctrina del fundador. Que fuera usada pródigamente por los bolcheviques contra los partidos socialdemócratas o que durante el estalinismo se convirtiera en la acusación rutinaria contra aquellos que se desviaban de la línea oficial del partido, con las gravísimas consecuencias que sabemos, debería llevarnos a contemplar la etiqueta con suficiente aprensión.

Ese sentido de opinión desviada, no sólo errónea sino perversa, se ha trasladado en décadas recientes a ciertos debates historiográficos, de forma destacada para designar a quienes ponen en cuestión la existencia o las dimensiones trágicas del Holocausto. En este sentido se aplica a quien niega o minimiza hechos históricos bien acreditados, ya se trate del exterminio de los judíos europeos o tragedias humanas similares. El revisionista vendría a revestirse con los feos colores del ‘negacionista’, otra exitosa etiqueta cuyo uso se ha ido ampliando progresivamente a quienes sostienen opiniones excéntricas o heterodoxas en asuntos dispares, del cambio climático a la violencia de género. Como tantas veces sucede, esas connotaciones y asociaciones indeseables se arrastran a otros debates donde no son seguramente tan pertinentes, pero dan al calificativo su peculiar fuerza condenatoria.

‘La peor ofensa’ que se puede cometer en los debates consiste precisamente ‘en estigmatizar a los que sostienen la opinión contraria como hombres malos e inmorales’

No es un detalle secundario, ni un improperio que se nos escape en el calor de la discusión, porque el efecto buscado con tales etiquetas es claramente estigmatizante, como cuando se marcaba a alguien con un hierro infamante. Eso ya lo sabía Mill, quien explicó que ‘la peor ofensa’ que se puede cometer en los debates consiste precisamente ‘en estigmatizar a los que sostienen la opinión contraria como hombres malos e inmorales’. En realidad, no hay forma más eficaz de cortocircuitar el debate, pues el adversario queda moralmente descalificado y ya no hace falta atender a sus razones; el mero hecho de tener esa opinión mancha a quien la sostiene y es prueba de su bajeza moral. Esa retórica desacreditadora crea toda clase de incentivos perversos al atribuir a ciertas opiniones una aureola de superioridad moral; por ejemplo, tiene el efecto disuasorio de acallar a quien podría exponer hechos incómodos o dudas, pero teme el coste reputacional. Alcanzan también a quienes se adhieren sin pensar a las opiniones socialmente prestigiosas, o denigran las contrarias, buscando el prestigio o la satisfacción de pertenecer al club moralmente correcto. Lo de Pepu a lo mejor va por ahí.

No es por casualidad que en nuestro caso se hable de revisionismo específicamente a propósito de la II República y de la Guerra Civil, a pesar de que no faltan cuestiones controvertidas en la historia de España. El uso de etiquetas moralmente cargadas es señal de que no estamos ante un simple debate académico entre historiadores que proponen diferentes interpretaciones de los hechos, sino ante el aprovechamiento político del pasado que lo convierte en causa partidista en el presente. Para tal fin los matices o la complejidad de los hechos son un estorbo, pues un relato en blanco y negro sirve mejor como bandera ideológica. Por eso la etiqueta ‘revisionista’ sólo se emplea en una dirección y no se aplica por ejemplo a quienes pretenden revisar ‘el relato de la Transición’, que son los mismos que idealizan el pasado republicano para apuntalar su superioridad moral en el presente y deslegitimar a sus adversarios.

Más que nada, la condena de los revisionistas viene a desvelar el anhelo por fijar una interpretación o memoria oficial de aquellos hechos de la que nadie se desvíe, algo incompatible con las exigencias del debate académico, pero también con las de una sociedad libre y plural donde necesariamente coexisten interpretaciones antagónicas del pasado. Por si faltaran otras, es una excelente razón para prescindir de la etiqueta y oponernos a su uso.