Despertaba España este lunes con la enésima aparición del fantasma de Franco. Ese que nadie ve, salvo los que sostienen que se ha presentado al lado suyo, al estilo de lo que ocurría con Pitita Ridruejo, Amparo Cuevas y la Virgen de El Escorial. Ya era mala suerte que todos miraran siempre hacia otro lado cuando el espectro de la madre de Dios se manifestaba en aquel árbol, en aquellas noches trepidantes de merendola y devoción.

Con el Franquismo pasa lo mismo: el ectoplasma del ‘generalísimo’ se hace visible en los momentos en que nadie está pendiente del enjuto militar de la voz atiplada, que son mayoría aunque no lo parezca. Básicamente, porque la nostalgia es un sentimiento personal e intransferible; y quienes sufrieron la represión son hoy, afortunadamente, una minoría absoluta.

La enésima invocación a su figura sucedió hace unas horas, cuando el Gobierno anunciaba el inicio de la tramitación necesaria para exhumar los restos de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura que yacen en las criptas de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Cosa para la que es necesario obtener un permiso de obra del Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial.

Lo hacía a pocas semanas de las elecciones madrileñas, consciente de que la alcaldesa del municipio es del Partido Popular, de que Isabel Díaz Ayuso parte con ventaja en las encuestas y de que cualquier problema que suceda con este trámite administrativo servirá para atribuir a los populares la etiqueta de ‘franquistas’. Algo que supuestamente ayudará a movilizar a los votantes de izquierdas.

Pereza con Franco

Está por ver si este anuncio tendrá algún efecto sobre los electores, pues conviene recordar que la pantomima de exhumar el cadáver de Franco no generó buenos resultados para el Gobierno en 2019. En los comicios de noviembre, los socialistas perdieron 710.000 votos y tres escaños. Sus socios de Gobierno, afectados por los delirios cloaquiles de su líder, 510.000 y siete vocales.

Lejos de descartar la estrategia del revanchismo y la confrontación, Carmen Calvo y sus compañeros del Consejo de Ministros han optado por pisar a fondo el acelerador y volver a utilizar la dictadura como herramienta electoral. Una estrategia trumpista que resulta lamentable en medio de la que está cayendo; y que desvela las obsesiones políticas de una troupe institucional que cada vez está más alejada del terreno que pisan los ciudadanos.

Porque mientras los españoles cuentan las horas para que le vacunen y mira de reojo hacia el despacho del jefe, no sea que le llame para presentarle el finiquito. Franco, el Valle de los Caídos y la nostalgia del 36 suenan a chiste en los meses más complejos de la España contemporánea. Es anteponer el populismo guerracivilista a la neumonía bilateral. Buscar la salida de la abeja, que, cuando se siente amenaza, clava su aguijón, a sabiendas de que se puede auto-destruir.

Pero así es la izquierda española que abandera Pedro Sánchez –y no Pablo Iglesias, que está allí donde habitan los descarriados-. Es un proyecto político que ha decidido anteponer sus intereses a los de la nación y que no hace ascos a la tierra quemada cuando se trata de avanzar en las encuestas o salvar el pescuezo. Por eso, en un momento en el que hacen falta calma, argumentos y agudeza para salir lo mejor parados posible de este atolladero, vuelven a emitir el soniquete de Franco para arañar unos votos en Madrid. Ése es el nivel y ése es el peligro. Poco y mucho.