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José María Albert de Paco

Opinión

Los restos inmortales

El inminente trasiego de los restos del dictador es un magnífico acicate para la fantasía. Vean ejemplos

Tumba de Franco en el Valle de los Caídos.
Tumba de Franco en el Valle de los Caídos. VP

A la ministra Calvo le dio apuro decir, en rueda de prensa, que el Gobierno barajaba la posibilidad de que los despojos de Franco fueran transportados en helicóptero desde Cuelgamuros a Mingorrubio. Sólo así se explica que, al preguntarle una periodista al respecto, respondiera: “Estamos contemplando los diferentes medios de transporte y de traslado, […] pero no descartamos que pueda ser en ese medio de transporte que usted indicaba” (¡Ese medio de transporte del que usted me habla!). Y lo entiendo, claro. La aparatosidad que Sánchez pretende conferir al acontecimiento, casi a modo de clausura de la ¿tercera? Transición, no se aviene con aspectos tan sumamente prosaicos como el transporte y el traslado, pixit, en lo que constituye una elusión que, de algún modo, desmiente el prurito de “normalidad”, de estricto cumplimiento de la ley, de los discursos oficiales.

La figura del Caudillo

Sea como fuere, el inminente trasiego (y glorificación) de los restos del dictador es un magnífico acicate para la fantasía. Qué regia portada no habría sacado ElAlcázar, qué bravíos artículos no habrían firmado Fernando Vizcaíno Casas, Jaime Campmany o Rafael García Serrano (su hijo Eduardo, por cierto, acudió la semana pasada a la abadía, según advierto en un reportaje donde, intolerablemente, no figura su nombre: franquismo, hum, sin pie de foto); incluso de Eduardo Haro Tecglen cabría haber esperado una pieza memorable, un Visto/Oído que cerrara el círculo de su indigencia moral, aquel que empezó a trazar en el año de gracia de 1944: “Se nos murió un Capitán pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo”.

También ese mundo ha exhumado el PSOE con su designio memorioso, bien que España, en verdad, nunca ha andado falta de esa iconografía, al punto de ahormar un estilo patrio, por decirlo a la manera del maestro Verdú. Vean si no a Amenábar: un cineasta sofisticado, aun transgresor en sus inicios, y que ha terminado por pergeñar la película que se espera de cualquier español, con su tisis, su boina y su penuria: cof, snif, ¡arriba! O el cine de ultratumba, puramente repipi, del menor de los Trueba, que no se ha resistido a conciliar ¡en el Madrid contemporáneo! a las Brigadas Internacionales y la Virgen de la Paloma. No hay día, en fin, en que Barcelona no caiga en manos de los nacionales.

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