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Roger Senserrich

Opinión

Una respuesta simple al dilema de los pactos

La lección del Daniel Hoan, el mítico alcalde de Milwaukee y sus ‘socialistas de cloaca’, es que los políticos deben preocuparse menos de su pureza ideológica y concentrarse en lo más básico: ser competente

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante su comparecencia en la sede del partido.
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante su comparecencia en la sede del partido. EFE

Ya sé que parece increíble, pero el electorado suele apreciar que los políticos hagan bien su trabajo. En el caso de los municipios, lo concreto y tangible es lo que hace que la gente te vote. 

Tras las elecciones municipales y autonómicas, los medios van cargados de las inevitables disquisiciones filosóficas sobre qué le conviene hacer a cada partido al hablar de pactos electorales. El debate se ha centrado en el partido bisagra a su pesar, Ciudadanos, que se verá en el brete de tener que escoger entre izquierda y derecha en no pocos ayuntamientos y comunidades. Los análisis aritméticos sobre candidatos y alcaldables han alcanzado un frenesí especialmente intenso en la ciudad Barcelona, un lugar donde múltiples pactos y alianzas parecen ser posibles y los partidos están todos dispuestos a jugar.

La mayoría de los artículos tienen un aire irreal, basado en cómo las decisiones tácticas de aquí al 15 de junio influirán en el electorado. Se hacen lecturas profundas de los resultados por barrios, mirando de donde vienen y a donde han ido los votos de cada uno. Se discute intensamente si la derrota relativa de un candidato se debe a que ha sido ambiguo con el independentismo, no ha arreglado suficientes aceras en barrios periféricos o no ha salido a decir barbaridades colosales en la tele. Se preguntan si esta o esa alianza cambiará la imagen del partido de españolista a soberanista, centrista a derechista o progresista ha vendido al capital. Se repiten los vídeos de la campaña donde los políticos prometen de forma estúpida que nunca pactarán con esa gente, aunque eran plenamente conscientes que eso podía acabar sucediendo.

La filosofía del ‘sewer socialism’ consistía en ofrecer servicios públicos eficaces, eficientes y bien diseñados, y después, si acaso, ya habláramos de socialismo e historias parecidas

Estos debates son entretenidos, pero en el fondo dicen más sobre la cantidad de tiempo libre que tenemos los columnistas que andamos demasiadas horas por Twitter que sobre lo que conviene a los partidos. La ceremonia y el forcejeo de las negociaciones es algo que mantiene en vilo a los aficionados a la política. Las estrategias electorales y el posicionamiento ideológico obsesionan a los expertos de comunicación. A la mayoría de los votantes, sin embargo, todo eso les importa más bien poco. Para ellos, es ruido de fondo.

Permitidme que os explique una historia. Uno de mis políticos favoritos en Estados Unidos es DanielHoan, el que fuera alcalde de Milwaukee, Wisconsin, entre 1916 y 1940. Hoan era socialista, una rareza absoluta en un país que siempre ha sido hostil a esta clase de ideas. Su administración es, aún hoy, el gobierno socialista de mayor duración de la historia de Estados Unidos.

A Hoan y sus colegas rojos de Wisconsin se les recuerda como practicantes del sewer socialism, o socialismo de cloacas. El término era originalmente despectivo, pero no en el sentido turbio de cloacas del Estado o policía secreta comunista. Hoan, Victor Berger, Emil Seiden y otros líderes del partido estaban obsesionados con cloacas, y hablaban sobre ellas constantemente.

Esto es porque Daniel Hoan, por encima de cualquier otra cosa, construyó muchísimas cloacas. Milwaukee está en las orillas del lago Michigan, en un punto donde desembocan tres ríos (el Menomonee, Kikkickinnic y el Milwaukee – y sí, sólo he escrito los nombres porque me parecen divertidos). Es una ciudad donde cómo se drena y limpia el agua es algo importante, así que las cloacas tienen que funcionar bien. La filosofía de gobierno del sewer socialism consistía en que la primera prioridad de la administración era primero y ante todo ofrecer servicios públicos eficaces, eficientes y bien diseñados, y que después si acaso ya habláramos de socialismo e historias parecidas. Lo primero que tiene que hacer un alcalde es gobernar bien y hacer que la ciudad funcione, y si eso incluye una atención desmesurada a las aguas fecales, pues se habla de aguas fecales y punto.

Hoan ganó elecciones una y otra vez, y es considerado por muchos como uno de los mejores alcaldes urbanos de Estados Unidos. Su legado fue el de una ciudad bien gobernada, que nunca sufrió el colapso de muchas ciudades del Rust Belt como Cleveland, Detroit o St Louis. Al igual que otros centros urbanos con tradiciones parecidas de gobiernos ultrapragmáticos a principios de siglo (Minneapolis y St Paul), Milwaukee se ha mantenido bien, y su economía ha resistido la transición industrial.

En la mayoría de ciudades y pueblos el día a día, hacer que las cosas funcionen, es infinitamente más importante que cualquier maniobra política o discurso rimbombante

La lección de Hoan y sus socialistas de cloaca es que los políticos, y especialmente aquellos políticos que gobiernan a nivel municipal, deben preocuparse menos de su pureza ideológica, tácticas electorales y postureo variado y concentrarse en lo más básico: ser competente. Los ayuntamientos son administraciones que tienen un impacto directo y cercano en el día a día de los ciudadanos en cosas tan básicas como farolas, limpieza, seguridad ciudadana, autobuses y (obviamente) cloacas, y hacer que estas cosas funcionen en el día a día es infinitamente más importante a la hora de ganar elecciones que cualquier maniobra política o discurso rimbombante que pueda ofrecer al público.

Estos días, a la hora de llegar a acuerdos, los políticos deberían pensar menos en grandes ideas y teorías sobre la nación, lo público, la capitalidad catalana y presos políticos, y más, mucho, mucho más, en la calidad del empedrado, tener parques limpios, y las calles seguras. Las historias sobre “modelo de ciudad”, “modelo de país” y demás son importantes, sin duda, especialmente en decisiones urbanísticas que quedan escritas en piedra durante décadas en el tejido de la ciudad. Pero lo básico, lo importante, es gobernar bien, hacer que las cosas funcionen, y tener una administración eficaz y honesta.

La respuesta a la pregunta “¿con quién pactar?” debe basarse, ante todo, en cuál de los posibles socios de gobierno está en el ayuntamiento para gloria personal, grandes causas ideológicas y demás zarandajas, y quien tiene un programa que demuestre que quiere tomarse esto de gobernar en serio. 

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