Roger Senserrichvozpopuli autores
Roger Senserrich

Opinión

Rescatando la economía durante un desastre

Lo mejor que puede hacer el Estado es intentar todo lo posible para que la economía entre en hibernación

Personas con mascarillas.
Personas con mascarillas. Efe

Esta última semana todos los gobiernos del mundo desarrollado, casi sin excepción, se han afanado a preparar planes de estímulo fiscal para proteger la economía en medio de una pandemia. En contra de lo que vimos en la última gran crisis, casi ninguno de los cascarrabias habituales (léase el ministerio de Finanzas alemán, el partido republicano en Estados Unidos y economistas liberales tacaños) ha objetado ante paquetes de gasto que oscilan entre cinco y quince puntos de PIB. Por una vez, y sin que sirva de precedente, parece haber un consenso claro de que el sector público debe intervenir con fuerza.

No es de extrañar. La crisis del 2008 nubló a muchos la vista con culpas, reproches, y acusaciones de fallos morales por parte de gobiernos, bancos y deudores. Siendo como era una crisis de deuda, muchos diagnósticos acabaron por tratar de minimizar toda deuda costara lo que costara, imponiendo años de austeridad inútil en muchos países. El coronavirus, sin embargo, no tiene ninguna de esas ambigüedades: es clara y obviamente un problema externo, una emergencia que afecta la economía de todo el mundo, y el Estado, como actor económico de último recurso, es quien tiene que intervenir.

Lo que tienes son las autoridades decretando que la economía se detenga, o más concretamente, prohibiendo gran parte de la actividad por motivos de salud

Lo que es un poco más complicado es dirimir exactamente el cómo. En una crisis “normal”, una recesión es el resultado de problemas en algún lugar de la economía. Hay una crisis financiera, una subida de la inflación, una burbuja inmobiliaria o una tormenta monetaria, y lo que tienes que hacer es intentar arreglar este problema. En un desastre natural estilo inundaciones, huracanes o incendios forestales tienes infraestructura que reparar, fábricas y negocios que reconstruir, y gente que necesita una vivienda.

En una pandemia, sin embargo, tu problema no es que algo se rompa o que tengas un cráter humeante donde ha caído un meteorito. Lo que tienes son las autoridades decretando que la economía se detenga, o más concretamente, prohibiendo gran parte de la actividad por motivos de salud. No hay desequilibrios, no hay carreteras destruidas. El país está intacto, excepto por el pequeño detalle de que todo tiene que cerrar, y tienen un montón de trabajadores e industrias que ven cómo sus costes fijos siguen ahí, pero sus ingresos se van a cero, y no saben cuándo volverán.

Los economistas, en situaciones de crisis, siempre señalan que es mejor proteger a los trabajadores que los puestos de trabajo. Si una empresa no es lo suficiente eficiente para competir o un sector entero de la economía está echando el cierre por obsolescencia, lo mejor que puedes hacer es dejar que caiga, que los accionistas se coman las pérdidas, y ayudar a los trabajadores hasta que encuentren otro empleo. En este caso, sin embargo, la cosa es distinta. La economía iba “bien”; los negocios que están en riesgo de cerrar no son ineficientes, sino que se han quedado sin demanda. Asumiendo que el cierre de la economía será largo (semanas) pero no imposible (medio año o más), lo mejor que puede hacer el Estado es hacer todo lo posible para que la economía entre en hibernación. Congelarlo todo, preservar las empresas y puestos de trabajo, y mantenerlo así hasta que sea necesario volver.

Por una vez, y sin que sirva de precedentes, es buena idea simplemente regar dinero a las empresas en forma de créditos a interés cero a cambio de que no despidan a nadie. Es buena idea que esos créditos sean perdonados de aquí a seis meses o un año. Es buena idea que el Estado asuma las nóminas de las empresas que lo necesiten.

El Estado haría muy bien de imponer condiciones de mantener empleo, reducir dividendos o recompra de acciones, y limitar los salarios de altos directivos en empresas grandes

Dado que estás poniendo casi toda la economía en manos del estado durante meses, estas medidas tendrán un coste absolutamente descomunal, pero la alternativa es mucho peor. Si una volatiza súbitamente todo el tejido productivo de un país, lo que te quedará es una cantidad intratable de bancarrotas e impagos, una crisis bancaria descomunal, y meses o años hasta que nuevos negocios tomen el lugar de los que han caído. Tendrías las mismas pérdidas de empleo que sin un rescate, pero la recuperación sería mucho más larga.

Por supuesto, un rescate así de toda la economía no puede ser incondicional. El Estado haría muy bien de imponer condiciones de mantener empleo, reducir dividendos o recompra de acciones, y limitar los salarios de altos directivos en empresas grandes. En el caso de empresas grandes en sectores estratégicos (como las aerolíneas), la necesidad de financiación es tal que el Estado puede exigir que cualquier rescate sea a cambio de recibir acciones de la empresa, no dinero a fondo perdido.

Otras medidas de urgencia son también necesarias. En países donde la red de protección social es débil y las consecuencias de quedarse en el paro elevadas, el plan de estímulo debería incluir enviar dinero a los ciudadanos directamente con una renta básica universal de emergencia como se está planteando Estados Unidos.

El riesgo es que el virus sea más resistente de lo que esperamos, y el parón no sea de dos o tres meses, sino seis o siete. En ese caso me temo que la economía será casi lo de menos, y el número de muertos exigirá medidas mucho más radicales que cualquier estímulo económico convencional.

Pero sobre cómo reaccionar al apocalipsis hablamos otro día.

Últimas noticias

Recibe cada mañana nuestra selección informativa

Acepto la política de privacidad


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba