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Manuel Toscano

Opinión

Conversaciones privadas

Habría que tener cuidado con esa peligrosa idea de que uno no debería tener nada que esconder. Hay actos de nuestra vida, perfectamente normales, que se convierten en embarazosos por el mero hecho de quedar expuestos a otros

La ministra de Justicia, Dolores Delgado
La ministra de Justicia, Dolores Delgado EFE

Las grabaciones del excomisario de policía José Villarejo han puesto a la ministra de Justicia en una situación políticamente comprometida. Dolores Delgado negó inicialmente cualquier relación ‘de ningún tipo’ con el excomisario, actualmente en prisión. En comunicados posteriores, sin embargo, la ministra ha tenido que rectificar sus declaraciones, matizando primero que no fueron contactos oficiales o profesionales, luego que coincidió con Villarejo en “algún evento”, y ahora que se encontró con él en tres ocasiones. Se entiende el interés de la ministra por desmentir primero y minimizar después sus contactos con el antiguo comisario, detenido por el llamado “caso Tándem” y acusado de los delitos de blanqueo y organización criminal, pero la cascada de rectificaciones pone en entredicho la credibilidad de quien ostenta el título de “Notaria Mayor del Reino”.

Lo peor ha sido la divulgación de los audios con las conversaciones de uno de esos encuentros, una comida en el restaurante Rianxo en octubre de 2009 para festejar la medalla pensionada concedida a Villarejo y a la que Delgado acudió en compañía de Baltasar Garzón y otros mandos policiales. En el curso de la conversación, distendida y campechana, la entonces fiscal de la Audiencia Nacional realiza una serie de afirmaciones que han sorprendido a la opinión pública. Llama “maricón” a su compañero de gabinete Grande-Marlaska, juez en aquel momento, o expresa sus preferencias por los “tribunales de hombres”. Por decir lo menos, choca con la imagen pública de la que hace gala el gobierno del que forma parte. Más graves resultan, en ese clima de connivencia, las confidencias sobre los turbios negocios de Villarejo con un prostíbulo (“agencia de modelos”) y la “información vaginal” conseguida allí. Como apunta Manuel Conthe, una cosa es celebrar una medalla y otra disfrutar con el olor a cloaca.

Veremos si la posición de la ministra es sostenible. El gobierno de Sánchez no puede permitirse en estos momentos otra dimisión, pero no cabe descartar nuevas revelaciones comprometedoras. En cualquier caso, el asunto muestra a las claras la distancia que va de lo que se dice en privado a lo que se dice en público. Ante esa distancia la reacción habitual es condenar la hipocresía o el fariseísmo, especialmente cuando afecta a quienes se dedican a la política y están sometidos por ello a un intenso escrutinio público. Sin embargo, el escándalo que ha provocado la divulgación de las conversaciones de Delgado invita también a reflexionar sobre la importancia de la privacidad.

Cierto control sobre lo que otros saben de nosotros es crucial para nuestra vida social, pues nos permite mostrar diferentes facetas según las situaciones sociales

Es notoriamente difícil definir la privacidad, como saben los juristas y filósofos que se han ocupado del asunto, pero la grabación furtiva de una conversación particular y su posterior difusión sin permiso de los interesados reúne las características de la típica invasión de la privacidad. Cuando Samuel Warren y Louis Brandeis defendieron por primera vez en un artículo célebre (1890) la existencia de un derecho a la privacidad, estaban pensando en los daños y perjuicios que acarrea la difusión no autorizada de detalles de la vida personal por la prensa.

Según sostenían, las personas tenemos necesidad de mantener ciertas facetas o momentos de nuestra vida apartadas del mundo y de la mirada de otros; de ahí que tengamos un interés fundamental en restringir el acceso a nuestra intimidad, ya se trate de nuestros pensamientos y sentimientos o de ciertos hechos de nuestra vida doméstica. El derecho a la privacidad, o a la intimidad como se traduce en español, viene a proteger ese interés y nos permite fijar límites a la atención de los demás, a lo que otras personas pueden saber o divulgar sobre nosotros, aunque sea verdad. Si Warren y Brandeis consideraban ese interés amenazado por la prensa de su tiempo y nuevos inventos como la fotografía, imagínese el lector lo que pensarían en nuestros tiempos digitales, con las posibilidades de difusión que ofrecen las redes sociales a cualquiera que disponga de móvil.

Si hiciéramos caso a ciertos gurús de las empresas tecnológicas y las redes sociales, la privacidad sería cosa del pasado. Obviamente es una exageración muy de nuestro tiempo. Por mucho que la gente divulgue su vida en Facebook o exhiba sus fotos en Instagram, también corre las cortinas de su casa, cierra la puerta del cuarto de baño o pone contraseñas en sus móviles y ordenadores.

¿Por qué nos preocupa, o debería preocuparnos, la privacidad? En un caso como el de la ministra cualquiera puede imaginar lo desagradable que resulta una experiencia así, en la que una conversación de copas y francachela queda expuesta bajo la luz inclemente de la atención pública. Por eso tendemos a fijarnos en las consecuencias perjudiciales que se siguen de la publicidad indeseada de ciertos hechos, bien porque coloquen a la persona en situaciones embarazosas, menoscaben su reputación o pongan en peligro su carrera política. Y es tentador pensar que esas consecuencias desagradables se producen porque lo divulgado es algo ilícito, vergonzoso o indecoroso que la persona querría mantener oculto.

Nada implica que el valor de la privacidad sea absoluto o no tenga que ceder en caso de conflicto ante otras consideraciones relevantes, como la libertad de expresión

Pero no siempre es así. Además, esa forma de ver las cosas puede extraviarnos a la hora de considerar el valor de la privacidad. Es lo que se esconde detrás del “no tengo nada que ocultar” que tantas veces se repite en las discusiones sobre privacidad. Con ello se da entender que, si uno no tiene nada vergonzoso o indecente que ocultar, nada tiene que temer de la exposición a la luz pública. La privacidad quedaría así devaluada a coartada de “sepulcros blanqueados” o gente dudosa. Los escándalos que saltan a la opinión pública suelen ser de este tenor y por ello generan cierta complacencia con esta idea acerca de la privacidad.

Habría que tener cuidado con esa peligrosa idea de que uno no debería tener nada que esconder. Hay actos de nuestra vida, perfectamente normales, que se convierten en embarazosos por el mero hecho de quedar expuestos a otros; por ello necesitamos apartarnos de los demás. En otros casos simplemente queremos compartir nuestra intimidad con ciertas personas y ello requiere la exclusión de otros. Cierta clase de relaciones personales, por ejemplo de amistad, o pensemos en una pareja de enamorados, sólo pueden fraguarse con el debido apartamiento y reserva. En este sentido el filósofo James Rachels ha presentado un poderoso argumento en defensa de la privacidad: cierto control sobre lo que otros saben de nosotros es crucial para nuestra vida social, pues nos permite mostrar diferentes facetas según las situaciones sociales o las personas con las que estemos. De otro modo, no podríamos desarrollar diferentes tipos de relaciones personales y nuestra vida social se vería radicalmente empobrecida. Ver hipocresía en esa versatilidad es demasiado simple.

Hay otro argumento de peso a favor de la privacidad, pues vincula el derecho a la privacidad con el libre desarrollo de la personalidad, que simplemente apuntaré. Virgina Woolf escribió que sin una habitación propia, con pestillo en la puerta, no se pueden escribir novelas o poemas. Woolf pensaba en las mujeres y en la creación literaria, pero sus palabras tienen un alcance mayor. Ciertas formas de experimentación intelectual y vital, al igual que ciertas relaciones personales, sólo son posibles si escapan a la atención del público. Los focos de la publicidad también pueden cegarnos.

Nada de lo dicho implica que el valor de la privacidad sea absoluto y que no tenga que ceder en caso de conflicto ante otras consideraciones relevantes, como la libertad de expresión o el derecho del público a estar informado sobre quienes ocupan cargos políticos. Dependerá de las circunstancias y de los intereses en juego. Pero esa ponderación pasa por apreciar primero la importancia de la privacidad, algo que no podemos dar por descontado en estos días.



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