Estos días de mediados de abril suelen alborotar aún más a quien por costumbre se halla en un estado de agitación. La izquierda gobernante se apresta a conmemorar la proclamación de la II República para evitar que la siniestra realidad de la legitimidad que reivindican disipe toda duda sobre su modelo.

Dos días antes de aquel 14 de abril de 1931 se celebraron unas elecciones municipales planteadas en términos plebiscitarios. Ante el buen resultado de los republicanos en las grandes ciudades, la mayoría de personas que ocupaban un puesto público de relevancia, empezando quizá por el propio rey Alfonso XIII, entendieron que ya no existía nada que salvaguardar en aquel sistema que había acabado hace tiempo. Podría, seguramente, resistir. Pero la fuerza material no puede emplearse cuando no se tiene fuerza moral para ello”—afirmó el monarca tras el último Consejo de Ministros. Así se produjo la precipitada huida de un rey lleno de temores, quizá por lo acontecido a la realeza en esa lejana Rusia con simpatías tan próximas en el propio país.

No faltó ni la verbena en la Casa de Campo al día siguiente, declarado festivo. Ser republicano estaba de moda en Madrid esos días, reunía todas las virtudes que valoraba el hombre moderno

El cambio de régimen de una monarquía a una república se hizo en forma unánime, pacífica e incluso con entusiasmo popular. Inconsciente. El gran escritor Josep Pla en su dietario Madrid. El advenimiento de la República, recoge el tono de charanga con el que las calles de Madrid recibieron al nuevo sistema. No faltó ni la verbena en la Casa de Campo al día siguiente, declarado festivo. Ser republicano estaba de moda en Madrid esos días, reunía todas las virtudes que valoraba el hombre moderno. Se repartían tarjetas de “abogado republicano”, “florista republicana”. Casi era obligatorio simpatizar con ese sistema al que se le atribuían todas las virtudes y que solucionaría todos los problemas. Lamentablemente, ni trajo la modernidad ni mucho menos Ley.

La banalidad y el rebaño

Ese ambiente frívolo y festivo empezó a apagarse el 11 de mayo con la quema del primer convento en plena Gran Vía “que no gustó nada en Madrid, al menos entre las personas conscientes”, como escribiría Pla. No se esperaba el caos que llegaría luego, no primaba la reflexión de lo que estaba ocurriendo. Era más importante sumarse a la opinión colectiva, apoyada en la consigna aplaudida más que en una idea. La banalidad, el rebaño, la frivolidad de la propaganda. Un patrón de conducta que se repite en nuestros días.

En nuestro tiempo existe desconcierto ante la ocultación de los terribles hechos y consecuencias de la II República, esa “democracia poco democrática”, como la definió el historiador Javier Tusell. El relato de la izquierda se ha basado, durante décadas, en describir una República imaginaria, "una democracia perfecta y pura gracias a la izquierda” con un “apoyo masivo popular”, cuando la paz fue interrumpida por un alzamiento. No cabe una mentira más en ese relato, que aunque utilizado y relanzado en nuestros días por Rodríguez Zapatero, no fue inventado por él, ya estaba ahí.

Pero no es sólo el mito de perder una guerra. Hay algo más profundo en el actual relato de mentiras sobre aquel periodo de nuestra Historia y que ofrece una doble vertiente. En primer lugar, no se trata de una mera reivindicación de la izquierda del pasado, sino de expulsar del sistema de Gobierno a quien en el presente no se participe de ella . No entienden que la legitimidad para compartir el espacio público viene dada por el mero hecho de ser ciudadano. Ansían tenerla en exclusiva, lo que lleva a ostentar una mayor cuota de poder y privilegio.

Es difícil asumir que el PSOE dio un golpe de estado a la legalidad republicana en 1934, cuando un gobierno de derechas ganó las elecciones el año anterior

En segundo lugar, subyace la idea del unicornio de la santa izquierda, pues nada malo le puede ser atribuido. Es difícil, bajo ese marco mental, asumir que el PSOE dio un golpe de estado a la legalidad republicana en 1934, cuando un gobierno de derechas ganó las elecciones el año anterior. Ni que la Ley de Defensa de la República, que permitía actuar al margen de los tribunales contra quienes cometiesen “actos de agresión contra la República” estuviese vigente la mitad de su periodo. Ni mucho menos que esos cinco años dejasen 2.500 muertos con violencia.

En nuestros días, empieza a ser difícil encontrar que algo con algún desperfecto sea catalogado de izquierdas. Así, se llama “sanchismo”, antes “zapaterismo”, o “pseudo izquierda” a la que ejerce el poder de su representación desde hace 20 años y que tienen en común no defender la igualdad y apoyar proyectos nacionalistas. Ser de izquierdas viene a funcionar como una especie de identidad más en este frenesí identitario que padecemos.

Actos atroces y mentiras

La última novedad de esa pulcra palabra que todo lo bendice es negar que la banda terrorista ETA sea de izquierdas, aunque ellos se reivindicasen como marxistas con el lema “socialismo e independencia”, para motivar sus crímenes políticos. Al parecer “izquierda” es el sustantivo que utilizan quienes no pueden desprenderse del fanatismo para describir todo lo bueno de una sociedad, pues les pertenece en exclusiva. Por eso no toleran y braman cuando Isabel Díaz Ayuso utiliza la más poderosa de las palabras en su campaña, “libertad”. Hay un ánimo sectario en esa queja que no admite que la derecha democrática tenga alguna virtud, pues todas son exclusivamente de la izquierda, especialmente aquellas que no ejerce y destruye. La izquierda actual en su mejor versión es un mundo infantil, una caricatura alejada de la realidad.

Esa conciencia falsa y sectaria sobre la izquierda como único lugar que reúne todas las virtudes imaginables es lo que permite que tanto las mentiras y los actos más atroces sean disculpados, olvidados y que no tengan consecuencias electorales en nuestros días. De momento.

Sánchez miente para ocultar que alguien que se declara tan abiertamente de derechas como Ayuso haya tenido una gestión mejor y más humana de la pandemia

Por ello, la mentira virulenta es inherente al discurso de la izquierda real, incluso desde Angola. Así un desquiciado presidente del Gobierno miente en forma muy grave sobre la falsedad de los datos sanitarios de Madrid, para ocultar que alguien que se declara tan abiertamente de derechas como Ayuso haya tenido una gestión mejor y más humana de la pandemia.

Es preciso acabar con el falso monopolio de la bondad de la izquierda y que se instale en el discurso público que el adversario político también tiene virtudes, en ocasiones incluso más y mejores. Y cuando haga algo bueno no se está apropiando de la izquierda, sino que está ejerciendo su propio proyecto político de libertad, que es precisamente contrario a la izquierda real.

Nuevo canal de debate

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