El cúmulo de desaguisados, infamias y tropelías que viene cometiendo Pedro Sánchez desde que llegó al poder tras la infausta moción de censura al estafermo que le precedió, ha llegado a tal punto que las encuestas, en caso de celebrarse hoy unas elecciones generales, muestran una clara mayoría de centro-derecha. La gota que parece haber colmado el vaso son los indultos a los golpistas catalanes, pero la verdad es que incluso antes de esta reciente ignominia, el inquilino de La Moncloa llevaba ya méritos acumulados de sobra para ser desalojado de la residencia presidencial. Nunca un jefe del Ejecutivo desde la invasión napoleónica se había rendido ante los enemigos de la Nación para entregársela maniatada como ha hecho este sujeto. Lo sorprendente no es tanto la existencia de personaje tan nefasto como la falta de reacción de la ciudadanía ante sus continuas mentiras, traiciones y bajezas. Aunque ahora los sondeos parecen indicar que una parte notable de los españoles ha perdido la paciencia y quiere devolverle a la oscura nada de la que salió, existe un precedente que suscita en mucha gente una justificada inquietud.

En 2011, el fracaso de Zapatero a la hora de afrontar la crisis financiera de 2008 y su brusco giro de 180 grados obligado por Bruselas y por una situación que llevaba al país a la quiebra, se tradujo en la hegemonía del Partido Popular en un grado insólito: control absoluto del Congreso y del Senado, la alcaldía de cuarenta capitales de provincia y el gobierno de trece Comunidades Autónomas. La etapa zapateril había significado un deterioro notable de las instituciones, un pacto nefando con ETA bajo el pretexto de que dando oxígeno a la banda se conseguiría la paz, un agravamiento muy serio de la cuestión catalana, una elevada cota de desempleo y la reapertura de viejas heridas que dividieron de nuevo a la sociedad malogrando el noble esfuerzo de reconciliación de la Transición. Junto a todas estas desgracias, los colmillos del falso Bambi se habían hincado en el tejido de valores y hábitos morales que prestan estabilidad, seguridad y solvencia a una colectividad humana y habían debilitado considerablemente elementos tan sensibles como la educación, el matrimonio, la familia y la identidad sexual de los individuos, no tanto para evitar discriminaciones injustas, lo que es sin duda necesario, como para transformar España en un rebaño de seres sin criterio fácilmente manipulables por la propaganda gubernamental.

Rajoy se dedicó irresponsablemente a solazarse en la pasividad más absoluta mientras las venenosas semillas plantadas en los ocho años de ZP daban los malignos frutos que sufrimos en el aciago presente

A la vista de tal panorama y equipado por las urnas con una capacidad sin precedentes de revertir los atropellos del período anterior y emprender con ambición y firmeza un programa de reformas que corrigiese los muchos y evidentes defectos del sistema de 1978, Rajoy se dedicó incomprensible e irresponsablemente durante la legislatura 2011-2015 a solazarse en la pasividad más absoluta mientras las venenosas semillas plantadas en los ocho años de ZP daban los malignos frutos que en el aciago presente que sufrimos Sánchez ha multiplicado y vigorizado hasta extremos increíbles.

Como era de esperar, esta indignante inacción condujo al cambio de mayoría en el que todas las fuerzas del mal, separatismo, filoterrorismo y comunismo chavista, alzaron en hombros al peor gobernante que la Nación ha padecido en dos siglos. Si bien el daño causado por Zapatero fue muy grande, era todavía reparable si en vez de un presidente del Gobierno pasmado hubiésemos tenido la suerte de contar con un estadista inteligente y valiente. Sin embargo, en estos momentos la jauría completa que pugna por desgarrar la carne de la patria se ha envalentonado hasta tal punto que intentar salvarla requerirá un empeño muy superior al que hubiera hecho falta en 2011.

De las entrañas de la Nación ha de surgir, como en 1808, la energía indispensable para reencontrar el rumbo perdido y es la sociedad civil la que se ha de activar y exigir a los dos grandes partidos constitucionalistas una agenda de cambio que nos salve y nos ponga en el futuro a resguardo de tormentas de la intensidad de la que en estos infaustos días nos azota.

Pablo Casado y Santiago Abascal han de comprender que, si tal como sucedió en 2011, en los próximos comicios generales se produce un simple relevo y no una verdadera alternativa, España será liquidada y ellos pasarán a la Historia como los que permitieron tal catástrofe.