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Jorge Vilches

Opinión

La receta Ciudadanos: centrismo y crispación

Cs necesita el conflicto, aparecer ante la opinión pública como el que marca la agenda política y, muy especialmente, como el único capaz de mediar entre el frentepopulismo y la crispación

Albert Rivera.
Albert Rivera. EFE

El discurso de Pablo Casado en el Congreso de los Diputados del 24 de octubre, sin papeles y sacando a relucir todas las “miserias” del gobierno del Doctor Sánchez, puso muy nervioso a Ciudadanos. La política pasa hoy por los liderazgos fuertes, identificados con un proyecto transformador. Es la situación habitual en cualquier crisis de régimen o de disolución de un sistema de partidos tradicional. Aquel discurso colocó a Casado como el líder de la oposición. Así lo recogió la prensa y de esa manera se lo tomaron el PSOE y sus aliados parlamentarios.

Era la segunda vez que Rivera quedaba en un segundo plano. Ya le ocurrió en las sesiones de la moción de censura, y tardaron mucho en recuperarse del shock. Ciudadanos sabe que marcar la iniciativa política es un elemento indispensable para ganarse a esa franja del electorado indecisa, pendiente del mejor postor, que decide al final quién gana unas elecciones. Si no te recuerdan, no te votan.

Es más, la magnífica impresión generada por Casado convertía el voto al PP en el voto útil: una opción fresca, nueva, con carácter y capacidad de enfrentarse a la alianza frentepopulista. En realidad, Rivera se dio cuenta entonces de que su competidor le había ganado por la mano. Toda la estrategia del PP de acolchar la relación con Cs servía para dejar a la formación naranja con un papel testimonial, no protagonista. Eso era intolerable para un Rivera cuya imagen está forjada entre la virtud prístina y la sapiencia infalible.

A esto se unió la aparición de Vox, una formación nacionalpopulista con la que, por tanto, es difícil competir en discurso patriotero. Los de Santiago Abascal anunciaron que se presentarían en Alsasua en la concentración de “España Ciudadana”, y el PP se apuntó también. Muchos novios para lo español y demasiada presión para quienes se imaginaban desde 2015 que llegarían al poder en 2019 con su táctica de la implicación gubernamental sin responsabilidad, como en Madrid o Andalucía

Con el desbloqueo de la Ley de Estabilidad Cs da pie a la discusión de las enmiendas para que Rivera desprecie a los dos ‘extremos’ y se proclame como pacificador de la crispación política que ha generado

La solución era volver al centro, esa posición geométrica que se define por adoptar un programa líquido que permita influir o tener el poder, atendiendo a las encuestas electorales y a los programas de izquierda y derecha. Esa vuelta a la etiqueta centrista, siempre conveniente en vísperas de elecciones, requería separarse de “la derecha”. Para eso había que colocar dos mensajes sobre el PP: es el viejo bipartidismo de la corrupción económica y política, amoral y falso, y su discurso es el de la crispación. En esto Cs lo tenía fácil: no ha tenido más que sumarse al mainstream de la izquierda política y mediática.

Pero para ser el centro, los de Albert Rivera necesitan el conflicto. Ya apuntó Carl Schmitt que lo específico de la acción política es la confrontación. Sin ella, sin la dialéctica amigo-enemigo, sin los polos opuestos, ese árbitro, el moderador, no sirve para nada. Ciudadanos requiere crear conflictos. Por eso ha desbloqueado la discusión de la Ley de Estabilidad Presupuestaria. Es una gran oportunidad para que Rivera se tome la revancha del tremendo discurso de Casado, que aparezca ante la opinión pública como quien marca la agenda política y, muy especialmente, como el único capaz de mediar entre el frentepopulismo y la crispación.

Ciudadanos vive del conflicto tanto como de las encuestas; ese es el alma del centro, del arbitraje con hambre de poder. El truco es bien sencillo: se trata de permitir la confrontación, denunciar a los púgiles, y hacer una perorata sobre la bondad de la moderación. El desbloqueo de la Ley de Estabilidad es así: Cs da pie a la discusión de las enmiendas para que se luzca Rivera, desprecia a los “dos extremos”, y se anuncia como pacificador de la crispación política que ha generado.

Este comportamiento de líderes y partidos, instituciones y personalidades, que calculan su beneficio particular aun a riesgo del perjuicio general, cada día recuerda más a la crisis de la Restauración y de la Europa de entreguerras. Lamentable.



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