Gregorio Moránvozpopuli autores
Gregorio Morán

Opinión

La rebelión de los autónomos

Sangrados por la fiscalidad, por los contratos precarios, y desconociendo las reglas del juego de sindicatos y partidos, los autónomos se han convertido en una inquietante multitud que lucha por sobrevivir

Imagen de las protestas del pasado 24 de noviembre en París.
Imagen de las protestas del pasado 24 de noviembre en París. EFE

Nadie sabía del pequeño pueblo de Montigny-Le-Guesdier, en esa Francia otrora tranquila que linda con la Borgoña, y sin embargo ahora ya nadie podrá olvidar que un mensaje en la red, el primero, que está haciendo tambalear a Macron, partió de allí. Un villorrio de la demarcación de Seine-et-Marne encendió la chispa que incendió esa pradera de los autónomos. Con un llamamiento: “El sábado, 17 de noviembre, bloqueo nacional”.

Trescientos mil ciudadanos bloqueando las carreteras y amenazando París es una cantidad que inquieta a todo gobierno que se precie de tal. La subida de los carburantes y las tasas leoninas han convertido el futuro de los autónomos en una engañifa recubierta de grandes palabras. Pero lo más sorprendente para una sociedad establecida donde cada cual tiene su equipo para jugar a hacer política -partidos y sindicatos que forman sin excepción esa casta que lo devora todo, incluso a sus presuntos denunciadores- es que sus respuestas sobre quién está detrás han resultado negativas. Surgió de la indignación, de años de silencio que el poder se negaba a ver y que calificaba literariamente a lo Flaubert, como inquietudes de la vida de provincias. Seguro que en Montigny-Le-Guesdier no hay segundas residencias para profesionales, políticos o no, que quieren respirar aire puro de fin de semana.

La subida de los carburantes y las tasas leoninas han convertido el futuro de los autónomos en una engañifa recubierta de grandes palabras

Eso se acabó si quieren mantenerse en el poder. Los autónomos se han rebelado y ahora la conjetura es si se inclinarán hacia la extrema derecha de Le Pen o hacia la extrema izquierda de Melénchon, porque no tienen líderes, ni sindicatos, ni asociaciones que sirvan de portavoces. Carecen de interlocutores con el Gobierno y por lo tanto la primera tarea de cualquier gobierno es la de inscribirlos en su registro, cuando no adjetivarlos para evitar que contagien a la gente ya tabulada por las instituciones, desde el Parlamento hasta los medios de comunicación.

Las declaraciones de la inspiradora del primer mensaje llamando al paro nacional lo dejaba muy claro, pero como nosotros formamos parte subsidiaria de la casta nos limitamos a seguir el bucle de adscribirles a algo y aligerarnos de la funesta manía de sacar conclusiones. Esos ciudadanos de provincias contaban que no hay servicio público que los lleve dignamente a su pueblo, que están marginados no sólo de los transportes, sino también de la sanidad, de la enseñanza y demás servicios públicos. Para todo hacen falta esfuerzos suplementarios. ¿Hay algún político español que haya montado alguna vez en un tren de cercanías? Lo dudo. ¿Y en los autobuses locales? Menos aún. Ocurrió aquí desde que el ministro y financiero hecho a sí mismo a nuestra costa, Carlos Solchaga, desmanteló los trenes deficitarios para el Estado, que no para los ciudadanos. De haber sido consecuente hubiera tenido que clausurarlos todos, porque estaban en número rojos. El que quiera ir al pueblo, que se compre un coche; ya le freiremos a impuestos. El que quiera hacerse rico no necesita ser ministro, basta con venir a España, a ser posible con fortuna acumulada. Conocí a Solchaga cuando ejercía de asesor de la UGT de Vizcaya y estaba en el Gabinete de Estudios del Banco de Vizcaya, antes de formarse el BBVA. Un maridaje perfecto; banca y sindicato. Era allá por el cuaternario, vísperas de la feria de las vanidades con Felipe González.

Ahora, los mismos que desmantelaron la población rural animan a volver al terruño. Cada vez que veo una manifestación por el tren de Extremadura no sé si reír o llorar. Llevan cuarenta años mareando la perdiz y prometiendo lo que nunca se hará mientras la gente se limite a manifestaciones en vísperas electorales, encabezadas por el puñado de mentirosos que jamás tomarán iniciativa alguna que haga peligrar sus aspiraciones de llegar a Madrid, en coche oficial.

Los autónomos se han rebelado y ahora la conjetura es si se inclinarán hacia la extrema derecha de Le Pen o hacia la extrema izquierda de Melénchon

La ecología ha pasado de una necesidad de supervivencia humana a un señuelo para castigar en aras del futuro a la población más indefensa. En Francia los 282.000 autónomos que han bloqueado el país no están dispuestos a pagar la “transición ecológica” organizada con pompa y circunstancia por Macron para equilibrar su maltrecho prestigio. La subida del diésel y la tasa ecológica, dos impuestos cuyos beneficios se repartirá el poder con el desdén característico hacia los que lo pagan, han sido más que una gota: un maremágnum que ha sacado a flote las carencias de los de abajo y la prepotencia de los de arriba. Como un clásico de la economía y la política.

Ahora resulta que el tan promovido diésel es el enemigo. Y lo es de hoy para mañana, por el sindicato de las prisas. La apisonadora del Estado no está hecha para pensar sino para castigar; debería también tomar otras medidas pero ahora hemos de lanzarnos al coche eléctrico. Como no tengo coche de ningún tipo lo único que me da en sospechar es que aquí hay trampa. Yo viví en la España de los 60 y 70 las campañas a favor del aceite de soja y girasol, muy superiores al de oliva, según escribían en páginas de seguro muy bien pagadas en las publicaciones de la época. Hoy que sabemos lo que de estafa había en aquellos reclamos me queda la desconfianza. ¡Ahora todo eléctrico! ¿Vuelven las nucleares que nunca se fueron? ¿Y qué va a hacer aquel que tiene un camión recién comprado o un coche de segunda mano, que fue atraído con bombo y platillo a las ventajas del diésel sobre la gasolina? Estrellarlo quizá en la puerta del ministro o bloquear las carreteras.

Las políticas de austeridad para austeros más la revolución tecnológica están creando una nueva clase, los autónomos sangrados por la fiscalidad

Las políticas de austeridad para austeros -quien vive como autónomo lo es por obligación- más la revolución tecnológica están creando una nueva clase, los autónomos. Sangrados por la fiscalidad, por los contratos precarios, por la inseguridad y desconociendo las reglas del juego de los sindicatos y los partidos; es una multitud inquietante que trata de sobrevivir. Fíjense en las paradojas que nos depara la realidad. Los obreros de la bahía de Cádiz dicen que sus puestos de trabajo no pueden peligrar por la descerebrada iniciativa de embargar armas a Arabia Saudí. Y tienen razón.

Pero nadie pregunta por los marineros del “Nuestra Madre de Loreto”, pesquero con base en Santa Pola, Alicante, que han recogido en el Mediterráneo una barca de migrantes en trance de perecer. Un gesto de solidaridad real que les honra y que está suponiendo un costo que nadie evalúa. ¿Quieren mayor ejemplo del papel de los autónomos en esta sociedad desquiciada? Silencio. Llegará una ONG a rescatarles y nos enteraremos gracias a su potencial mediático.



Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba