Era la Carrá, manera que se emplea en el mundo del espectáculo para singularizar a la diva, a la protagonista, a la vedette. Igual que decíamos la Sardá o la Montiel, ella era la Carrá, ni siquiera Raffaella. Creo que jamás nos llamamos por nuestros nombre. Yo le decía un mucho en serio y un poco en broma Signora y ella, divertida y maliciosa, bromeaba con mi sempiterna pipa y el nombre de un conocido presentador italiano de moda por entonces, llamándome Pipo. Recuerdo perfectamente cuando la vi en persona por primera vez. Eran las nueve de la mañana –la Carrá madrugaba mucho, muchísimo, quizás el único defecto que tenía junto al de no comer al mediodía– y servidor entraba con más nervios que un pavo escuchando cantar villancicos en el recinto del Eurobuilding de Madrid. Estaba esperando, sentada junto a su inseparable Sergio Japino y a un señor de la productora que no recuerdo. Daba igual. Podía haber estado al lado de Winston Churchill, el Santo Padre, el Mahatma Gandhi y Orson Welles y me habría dado exactamente lo mismo. Allí solo estaba ella, siempre ella, elegante sin estridencias, divertida sin pamemas, correctísima con sus guionistas a la vez que exigentes. Porque, hora es ya de decirlo, aquello era una entrevista de trabajo.

Creo que farfullé algunas palabras en italiano y ella, consciente de que tenía ante sí a un perfecto idiota, me cogió de la mano y empezó a explicarme su nuevo proyecto para Telecinco. Raffaella acababa de obtener un gran éxito en TVE pero la eterna cicatería de Prado del Rey la empujó a navegar por las aguas del canal de Mauricio Carlotti, que le había ofrecido la franja de tarde. El formato se llamaría En casa con Raffaella y, básicamente, iba de lo mismo que el anterior. Me habló de secciones, de colaboradores, de posibles entrevistados, de números musicales.

Cuando me preguntó qué tipo de escaleta –de orden– le daría yo a ese conjunto de le contesté que juzgaba inútiles secciones, colaboradores o escenografía, porque cuando se es la Carrá lo único que importa es la Carrá. El resto es puro adorno, accesorio, utillaje, nada. Como vi la cara que ponía, me expliqué. Yo había sido durante tres años redactor jefe y guionista de Javier Sardá en La Bisagra, en RNE. Allí aprendí muchísimo y una de las cosas más importantes fue que aquello podía funcionar con más o menos elementos, siempre que se mantuvieran Sardá y el señor Casamajor. Lo mismo pasa contigo, le dije. Sin ti, no hay formato. Así que vamos a cuidarte, porque lo demás será estupendo siempre que tú estés ahí, en plató, bien iluminada y con esa sonrisa de lujo.

La Carrá me dio dos besazos y, con los ojos iluminados –como miraba esa mujer–, me dijo “Contratado”. Ella y su pareja se marcharon. Tras hora y media yo seguía sentado en aquellos sofás sin creerme lo que había pasado. Ya era oficial: iba a escribir cosas para la Carrá. El mito de mi vida. La mujer que más y mejor ha hecho bailar y cantar a generaciones y generaciones de todo el mundo.

Nunca dejó de ser una estrella porque atesoraba tanto talento y tanta bondad que era imposible no adorarla y entregarse a su encanto

Después vendría lo anecdótico, como que había comprado un restaurante en la calle Orense para ella sola y poder cenar como Dios manda una buena comida italiana, gracias a una nonna que se había traído de Italia. O de cómo cuidaba de su gente, lo atenta y cariñosa que era, lo generosa a la hora de pagar. Los follones que hubo con Ruiz Mateos, o la despreocupación que solo tienen las diosas cuando te recibía en braguitas en su camerino para que le dieras la última modificación del copione. No le importó nada que no fuera su conciencia y su rigor. Bailó al dictado de Don Lurio, discípulo de Bob Fosse, con aquellas figuras tan recortadas y difíciles, Frank Sinatra la rondó, tuvo amores y amoríos, supo pararle los pies a centenares de fatuos, ayudó a media profesión, tuvo éxito tras éxito y, a pesar de todo, nunca dejó de ser una estrella porque atesoraba tanto talento y tanta bondad que era imposible no adorarla y entregarse a su encanto.

Debí haberte hecho caso y marcharme contigo a la RAI cuando te marchaste de Telecinco, Signora. Estoy convencido que escribiendo el Carramba, qué sorpresa hubiera disfrutado como un enano. Tonto de mí, no lo hice y lloro por haberte disfrutado personalmente solo un año y pico. Daría lo que fuese porque volvieras a cogerme la mano siquiera un momento y reñirme por fumar.

Te quiero, Signora Carrá. Siempre te querré. Nos vemos en el sur.