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Rubén Arranz

El dardo de Arranz

Rafa Nadal, un narcótico para un país esquizofrénico

Rafa Nadal arrolla a Djokovic y agranda su leyenda con su 13º Roland Garros
Rafa Nadal arrolla a Djokovic y agranda su leyenda con su 13º Roland Garros EFE

Esperábamos una vacuna que aliviara las dolencias sociales generadas por el coronavirus yRafael Nadalvolvió a ganar Roland Garros. Al día siguiente, toda la prensa ensalzaba en sus portadas la hazaña, que no es menor, y que sirvió de calmante para un país que se encuentra al borde del ataque de nervios.

A los pocos minutos de que concluyera la final,Pedro Sánchez escribió un mensaje en sus redes sociales para felicitarle, cosa que podía haber hecho en privado, pero que decidió mostrarnos a todos los ciudadanos.

El presidente ponía a Nadal como ejemplo de cómo deben hacerse las cosas pocas a las pocas horas de declarar el estado de alarma en Madrid, después de tres semanas de conflicto con el Ejecutivo autonómico, en la más patética contienda política que se recuerda, que fue la que libraron dos gobiernos más preocupados por agradar a los descerebrados -dentro y fuera de sus sedes- que por atajar la segunda ola de coronavirus con eficiencia.

Ninguno de los representantes gubernamentales y autonómicos que han participado en esta batalla pueden erigirse como modelo de nada, como tampoco deberían tener la osadía de señalar a los ciudadanos que consideran ejemplares en lo suyo, como Nadal, pues lo único que consigue es tiznar sus gestas. El propio tenista lo ha sufrido en sus carnes, pues el mero hecho de afirmar que no es independentista le granjeó la antipatía de la secta de la Generalitat y de la izquierda radical. Siempre que la política utiliza a los deportistas para disimular sus costuras, ocurre lo mismo. También sucede al contrario, como se puede apreciar al observar al impresentable de Guardiola.

No se puede pedir grandes cosas a los responsables de los medios, que, en su incesante búsqueda de la audiencia, han convertido sus productos en rancho para los cabreados, los pajilleros y los fácilmente impresionables"

Lo más llamativo de todo esto es el papelón de los medios de comunicación, que dedicaban sus portadas de este lunes -casi en su totalidad- a Nadal mientras hacían el ridículo con su análisis del citado conflicto político, que siempre es sesgado, pues está condicionado por las centrales de los partidos. Porque mientras en los días precedentes se empeñaban en repartir culpas entre los contrarios, obviaban -interesadamente- referirse a la parte mollar del problema, que es la que ha convertido a España en un Estado fallido.

Esto es consecuencia de la voracidad de las formaciones políticas, devenidas en grandes centrales de presión, extorsión y protección mutua, así como en colonizadores de territorios donde jamás deberían estar. Primero, en una buena parte de la Administración; y, después, en los centros que moldean la opinión de la sociedad civil; entre ellos, los medios. De nada sirve debatir sobre el modelo de país que debería fijarse en la Constitución si las formaciones políticas no renuncian a mantener su maniobra de estrangulamiento sobre España, que es la que ha provocado, entre otras cosas, una ineficiencia tercermundista durante la gestión de la crisis sanitaria.

De nada sirve debatir sobre el modelo de país que debería fijarse en la Constitución si las formaciones políticas no renuncian a mantener su maniobra de estrangulamiento sobre España"

Tampoco se puede pedir grandes cosas a los responsables de los medios, que, en su incesante búsqueda de la audiencia, han convertido sus productos en rancho para los cabreados, los pajilleros y los fácilmente impresionables. Durante la pandemia, han sido vectores acríticos de la propaganda institucional y difusores de todo tipo de noticias que trasladaran a los ciudadanos que la culpa del avance de la pandemia es suya. La última, la de esas decenas de jóvenes granadinos que el pasado fin de semana organizaron un botellón en plena calle.

Los verdaderos culpables

El poder político y el mediático son los grandes culpables de la decadencia de este país y, en ambos casos, han quedado igual de deslegitimados, bien sea para felicitar a un tenista o para pedir responsabilidad a los españoles. Especialmente, para esto último. No son conscientes de que los actos de desobediencia ciudadana se incrementarán a medida que avancen los meses y se vea que las monsergas que han difundido sobre la recuperación económica o la vacuna rápida y milagrosa son falsas; y que, en realidad, el mundo ha entrado en una era de oscuridad que costará mucho tiempo superar. Por descontado, cuanto más se acerque la ruina económica, más difícil será apelar a la responsabilidad colectiva, pues la razón es un invento humano que nunca prevalece sobre el instinto de supervivencia.

Tampoco se tiene en cuenta los efectos psicológicos que genera en los ciudadanos esta situación, en la que, tras un largo confinamiento, han ganado peso la desesperanza y la depresión. Que esta vez no se alivian tan fácilmente con el calor de amigos y familiares, pues en los bares hay que estar alerta y a los abuelos hay que saludarlos desde la ventana.

Ambos pueden utilizar a Nadal para tratar de ganarse el favor de la opinión pública, pero sus mensajes no tendrán más efecto que una dosis de Lorazepam en una ciudadanía preocupada, triste y cada vez más descreída sobre el Estado. Cosa que es culpa de quienes lo dominan, claro está.

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