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Miquel Giménez

Opinión

¿Por qué quieren ganar tiempo los independentistas?

Reunión de la Junta de Portavoces del Parlament presidida por Roger Torrent
Reunión de la Junta de Portavoces del Parlament presidida por Roger Torrent EFE

Es la pregunta del millón. Proponen candidatos inviables, pactos imposibles, repúblicas ilegales, y todo ¿para qué? ¿No han aprendido nada? ¿No saben que seguir por el mismo camino no les lleva a ninguna parte? Claro que lo saben, pero su propósito es ganar tiempo.

La sombra de los Pujol es alargada

Nada es lo que parece, mucho menos en política. Si esta es catalana, entonces pueden prepararse para asistir a un festival de espejismos, ilusiones, trucos de feria y efectos especiales. Analizar lo sucedido en los últimos años en esta tierra supondrá, lo digo de cara a los historiadores, un esfuerzo titánico. Será imposible hacerse una idea exacta y veraz basándose en lo publicado o emitido en los medios catalanes, y mucho menos con los debates políticos. Sin caer en la conspiranoia, afirmo que se ha urdido una gigantesca cortina de humo con la intención de desviar la atención de la gente, debilitar al estado, esconder la corrupción e intentar salvar de la hecatombe a los partidos que defienden intereses muy concretos de la burguesía catalana. Vayamos por partes.

Es un error decir que Artur Mas descubrió el independentismo a raíz de la famosa manifestación del 2012. Lo que descubre el delfín de Jordi Pujol es una formidable excusa para tapar lo que se preveía como el fin de ciclo convergente, con un patriarca avejentado, la lacra de la corrupción encarnada en el caso Palau colgada de su espalda y unos sectores independentistas de nuevo cuño, pujantes y con ganas de ocupar el lugar de CDC. Mas supo mover con gran habilidad los hilos del poder y del dinero, convirtiendo a la ANC y a Ómnium en satélites de sus propuestas, apoyándose en ambas asociaciones para hacer creer al votante nacionalista de toda la vida que aquello era un proceso que se impulsaba “desde abajo” y que iba más allá de políticos y partidos. Pretendía llevar al estado a un punto en el cual se viese obligado a negociar. Lo que fuese, daba igual, porque a Mas le hemos oído defender el pacto fiscal, la reforma del Estatut, el referéndum acordado, el estado catalán vinculado de alguna manera a España o la independencia total. Incluso la posibilidad de acogerse a una especie de Commonwealth bajo el paraguas de la Corona.

Lahoja de ruta ha sido salvaguardar el patrimonio de la familia Pujol

Esa ha sido la tesis fundamental del nacionalismo hasta el día de hoy: Madrid acabará por ceder merced a la presión a la que se verá sometida por parte de la calle en Cataluña y de organizaciones internacionales. Que luego tales organizaciones no se muevan ni digan nada o que las calles vayan vaciándose progresivamente, porque no puedes tener a una parte importante de la sociedad en perpetuo estado de movilización, les da igual. En este sentido, Puigdemont un fiel seguidor de esa estrategia clásica, de ahí su enroque suicida, esperando que, al final, acabará por salirse con la suya.

En las reuniones que han mantenido a lo largo de los años Pujol, Mas, Felip Puig – ex conseller y hombre de confianza del patriarca -, alguno de los hijos del líder convergente, y, según el asunto, alguna que otra personalidad vinculada con el tema del que se hablara, siempre se ha mantenido la misma hoja de ruta – la de verdad, no esas hojas que se ven rápidamente superadas por otras nuevas, de duración tan perecedera como sus antecesoras – que jamás ha variado ni una coma. Se trataba de tres ejes básicos: salvaguardar el patrimonio de la familia Pujol, así como el de las familias más importantes del nacionalismo; no perder peso político en Cataluña, y menos entregándoselo a un partido constitucionalista; finalmente, pero no por ello menos importante, acotar cada vez más la presencia de todo lo que fuese español en tierra catalana, acostumbrando así a la población a una realidad, por llamarlo de alguna manera, “catalanizada” que permitiese llegado el momento dar un golpe de estado y proclamar la independencia.

Examinando lo sucedido en los últimos años, se puede entender como el experimento de ingeniería social que se inició con los años de Pujol al frente de la Generalitat, cuajó con Mas y Puigdemont. El contexto de crisis económica les permitía embestir a un estado debilitado y, por otra parte, los procesos judiciales contra los dirigentes nacionalistas por asuntos económicos se intensificaban. Todo indicaba que era el momento de lanzarse a la piscina. Y lo hicieron. Porque a Pujol siempre se le hace caso, diga lo que diga y haga lo que haga. Es quien manda.

Retrasar el reloj

Todo esto nos sitúa en el momento presente. A la pregunta de qué es lo que pueden ganar Junts per Catalunya, Esquerra, las CUP, los de Bruselas, los de Estremera o los imputados bajo fianza, con este baile de nombres propuestos para la investidura, retrasos, cambios repentinos de estrategia, en fin, el tiovivo político en el que vive Cataluña, la respuesta es muy simple: tiempo. Tiempo a ver si consiguen que alguna instancia judicial europea se pronuncie sobre los autos del juez Llarena, lo que no es imposible que suceda, porque en ellos su señoría hace juicios de intenciones, siendo, sea dicho con todo el respeto, muy discutibles desde el punto de vista de la técnica judicial.

Quieren ganar tiempo a ver si Mariano Rajoy convoca elecciones generales ante la imposibilidad de aprobar los presupuestos y la realidad de un parlamento imposible. Quieren ganar tempo para poder ocultar al máximo la maquinaria de dinero que está ahora en los juzgados, presuntamente procedente del cobro de comisiones ilegales por parte de miembros de la familia Pujol y de la ex Convergencia. Quieren ganar tiempo para rentabilizar al máximo la imagen internacional de pueblo mártir, con un presidente exiliado y políticos encarcelados En esa línea, los nacionalistas esperan como agua de mayo las inhabilitaciones que, como muy tarde en abril, pueden caerle a un puñado de diputados o dirigentes independentistas. Excelente ocasión, otra más, para rasgarse las vestiduras y mostrarse ante la opinión mundial como víctimas de un estado autoritario en el que la separación de poderes no existe, se persigue la libertad de expresión y se castiga a personas votadas por el pueblo.

El pujolismo hizo tan bien su trabajo que ahora es imposible despertar a los sonámbulos

Son más de cien las sociedades sitas en paraísos fiscales en las que figuran algunos apellidos poco honorables, por no hablar de los escándalos de espionaje a políticos, los informes ocultados que hizo en su día Villarejo, el desvío de fondos públicos con destino a actividades separatistas o el cobro ilegal de comisiones en un determinado piso de la calle Ganduxer. Todo esto no constituye más que algunos de los temas acerca de los que debería estar hablando el parlament, la clase política catalana, los medios de comunicación o la gente en calles y plazas. No es así. Solamente se habla del proceso, de si la independencia llegará o no, de lazos amarillos, de si a Jordi Sánchez se le puede investir estando preso, de una porción de trivialidades que ocultan el auténtico debate que debería acometer la sociedad catalana.

Da igual que Artur Mas o Carod Rovira reconozcan públicamente que todo el proceso fue un colosal error de interpretación, una precipitación, una falta de medida. A los que han sido machaconamente adoctrinados ni les importa ni los escuchan. El pujolismo hizo tan bien su trabajo que ahora es imposible despertar a esa legión de sonámbulos que camina sin pensar hacia la sima. Todo intento de reconducir las instituciones, los medios, los debates, es inútil, porque se desencadenó un aparato de propaganda tan brutal, tan eficaz, que ahora solo queda como única solución la aplicación de una cirugía de hierro, que corte por lo sano. Quiero decir que difícilmente se podrá curar este absceso si no se lo saja convenientemente y se le aplica penicilina en abundancia.

Que todo esto se hubiese hecho para satisfacer la vanidad, la locura o la imbecilidad de unos políticos y sus seguidores sería terrible, dramático, tristísimo, pero entendible desde la óptica dialéctica. Que se haya hecho para barrer debajo de la alfombra intereses económicos de unos pocos es abominable bajo cualquier punto de vista. Abominable e imperdonable. Podemos seguir discutiendo si en el próximo pleno del parlament se investirá a Sánchez o a Perico de los Palotes, porque mientras tanto, algunos seguirán con sus cuentas off shore, contando dividendos y ocultando de dónde sacaron esas cifras astronómicas, esos miles de millones que rebosan en sus arcas, sin tener oficio ni beneficio.



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