Gregorio Moránvozpopuli autores
Gregorio Morán

SABATINAS INTEMPESTIVAS

¡Qué hago yo aquí!

Todo lo cansino que tenía escribir en Cataluña sobre el “procés” o el constitucionalismo no bastaba, era necesaria otra vuelta de tuerca, la de aceptar que la corrupción endémica de la prensa tenía el precio más barato que existe en el mercado: el silencio

Núria de Gispert, la expresidenta del Parlament
Núria de Gispert, la expresidenta del Parlament EFE

Mi experiencia catalana podría resumirse así: treinta años, treinta, que se dice pronto, escribiendo en “La Vanguardia” todas las semanas y un final con un artículo prohibido, “Los medios del Movimiento Nacional”, seguido de un despido por burofax. Aún espero explicaciones por la censura y la expulsión. Luego, una experiencia de diez meses en el digital “Crónica Global”, de donde me fui cuando levantaron un texto titulado “De la miseria del gremio”, periodístico se entiende. Al parecer ofendía al empresario de “La Vanguardia”, a su director y a su señora. En el capítulo de amigos, hace unos años íbamos en autobús. Cuando empezó el “procés” nos habíamos reducido a un microbús. Ahora cabemos en un taxi.

Por el estruendoso eco del primer despido y la no menos notable reacción ante el texto censurado -es decir, ninguna-, no hacía falta ser un lince para comprender que los medios de comunicación catalanes, ya fueran en papel o digitales, en prosa o en verso, no tenían un lugar para mí. Todo lo cansino que tenía escribir en Cataluña sobre el “procés” o el constitucionalismo no bastaba, era necesario otra vuelta de tuerca, la de aceptar que la corrupción endémica de la prensa tenía el precio más barato que existe en el mercado: el silencio. Había que aceptar que los nuevos tiempos habían introducido un arma letal contra la libertad de expresión, lo intocable, lo que todos -o lo que es lo mismo, los fabricantes de la pomada- saben y que no debe escribirse, algo que viene de antiguo, desde el conservador y mal encarado Ignacio Agustí y su “Viudo Ríus”. El tal Agustí ya sabía de qué iba el paño, fue corresponsal en Suiza, más tarde presidente del consejo de administración de “Tele Expres” y acabó mal. Procedía de la Lliga de Francesc Cambó.

Yo creo que ciertas inclinaciones hacia el poder de la prensa española fructificaron durante la larga noche franquista, pero en Cataluña tiene sus particularidades exacerbadas en el período de los veintitantos años de pujolismo. Ese tránsito de la Dictadura a los modos mafiosos de la subvención y la “omertá” es tema que nos llevaría muy lejos, porque coincidió la decadencia de la prensa escrita, la crisis económica y las perentorias necesidades de los poderes políticos y económicos.

Hacer una crítica a la deriva nacionalista en Cataluña exige añadir varios párrafos consagrados a la responsabilidad de los otros. Siempre hay un culpable que no son ellos, y si en un esfuerzo fuera inevitable señalar alguno habría que compaginarlo con la mala intención del adversario que les obligó a ser malos cuando por esencia ellos son buenos. Una historia de parvulario, pero funciona. Los columnistas salomónicos de estas tierras se han tirado parrafadas enteras justificando el nacionalismo con el apunte autóctono de que era Mariano Rajoy el principal hacedor de independentistas. Una frivolidad que funcionó como letanía. Eran incapaces de entender la ecuación al revés: el independentismo fue, es y será durante un período quizá muy largo para nuestra desgracia, el principal creador de “españolistas”. Un peligroso monstruo dormido que ellos se encargaron de azuzar, y lo más suicida de estos tuertos voluntarios es que ahora gritan agradecidos de su propia estupidez.

Se necesita aire que elimine los efluvios de los independentistas de Rajoy y los españolazos del 'procés' y eso tiene poco que ver con la política y mucho con la ciudadanía

Las banderas españolas sólo se exhibían en los balcones durante las procesiones de Semana Santa. ¿Cuántas de ellas estarían colocadas en las casas de los padres y abuelos de la Cataluña profunda, para sorpresa de sus nietos? Cuando aparecen las banderas se acaban los argumentos y esto es válido para todas sin excepción. A partir de ese momento nos adentramos en la fe y ésta no debería salir de los lugares de culto en una sociedad democrática y por tanto civil.

Se necesita aire que elimine los efluvios de los independentistas de Rajoy y los españolazos del “procés” y eso tiene poco que ver con la política y mucho con la ciudadanía. Decir que en Cataluña se necesita más política y menos judicatura es una memez. La política es una actividad ligada al poder y quienes apelan a ella como bálsamo de Fierabrás me recuerdan aquella siniestra astucia de Franco cuando a alguno de sus ambiciosos colaboradores se le iba la marcha del exceso de celo, le decía: “Haga usted como yo, no se meta en política”.

Nunca he creído en eso de que cada época tiene los políticos que se merece, porque sería tanto como un llamamiento general al suicidio, pero la verdad es que nuestra clase política tiene mucho de clase y casi nada de política. Cataluña nunca fue territorio racista ni xenófobo. Como toda sociedad asentada vivía la lucha de clases, que unos mostraban y otros negaban. Ni más ni menos que en el País Vasco y el resto de España. Madrid siempre fue otra cosa porque apenas existían castizos fuera de las novelas de Galdós y las fiestas de La Paloma; un poblachón manchego con millones de emigrantes.  La mejor tradición es la que no existe; basta con las costumbres y los acentos.

Decir que en Cataluña se necesita más política y menos judicatura es una memez

Considero a Nuria de Gispert, jurista de quita y pon, algo tan simple como la butifarra “amb secas” (alubias cocidas). A ella se deben dos aportaciones al imaginario colectivo catalán de los últimos años. Ninguna tiene que ver con su actividad en la Generalidad, inane hasta el bostezo. La primera ocurrió cuando la comisión del parlamento catalán convocó en 2014 al expresidente Pujol a farfullar sobre sus mentiras andorranas. En un gesto sin precedentes en los anales del parlamentarismo, la presidenta de la sesión, Nuria de Gispert, invitó a almorzar en la sede parlamentaria al incriminado, Jordi Pujol, quizá en la idea de que bien comido y digerido, el Padrino llevaría con mejor talante la grosería de llamarle a capítulo.

La segunda aportación de Nuria de Gispert consiste nada menos que en pedirle a la diputada más votada de Cataluña, Inés Arrimadas, que se marche al lugar donde nació y abandone tierra catalana. Como ni conozco personalmente a Arrimadas, ni la he votado nunca ni la votaré, considero que ese rasgo de supremacismo gisperiano va más allá de la xenofobia. Es una ofensa ciudadana tanto para los que exhiben banderas como para los que no. Un retrato representativo del fantasma que recorre Europa, la extrema derecha.

Está claro, pues, el por qué sigo aquí. Hasta que el cuerpo aguante y para no sentir la vergüenza íntima de que me consideren un equidistante. A la historia me remito, la equidistancia siempre fue un sucedáneo de la falta de criterio o de la cobardía.   



Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba