El independentismo catalán, heredero de aquellos dos astutos que fueron Jordi Pujol y su delfín, Artur Mas, es maestro en la tergiversación de los hechos y sus definiciones. Así que, cuando oigo al presidente de Omnium CulturalJordi Cuixart, preguntarse con ampulosidad en un mitin -horas después de haberse autoconcedido él y el resto de presos el tercer grado penitenciario-, “¿Estamos dispuestos a que nuestros hijos puedan pasar largas temporadas en la prisión con el objetivo de que este país pueda decidir libremente su futuro?”... me pongo en lo peor.

Hay que reconocerle más astucia que a quienes reconocen abiertamente que la independencia de Cataluña no se conseguirá sin violencia, pero ese Cuixart es el mismo que se subió a los Land-Rover destrozados de la Guardia Civil el 20 de septiembre de 2017 a jalear a la masa enfurecida -como Donald Trump a los asaltantes del Capitolio en Washington, por cierto-, para que bloquearan la salida de la Consejería de Economía de la Generalitat. Hasta allí se había desplazado la comitiva judicial en busca de pruebas de malversación de fondos públicos por parte de Oriol Junqueras en el referéndum ilegal previsto doce días después.

Aquella noche, recuerden, acabó con los guardias civiles encerrados hasta que llegaron más efectivos en su socorro, ya de madrugada, y con la secretaria judicial saltando por la azotea al edificio contiguo al de la Consejería de Economía y Hacienda para escapar de la turba. Por eso, llama la atención que el de Òmnium Cultural vuelva al martirologio carcelario tres años y pico después, contradiciéndose con su supuesto pacifismo sobre el capó de los coches de la Benemérita megáfono en mano que alegó en su defensa durante el juicio.

¿Se imaginan a alguno de esos presos comunes indultados cada Semana Santa declarar con el capirote todavía puesto y el ‘paso’ al hombro: “en cuanto acabe esto atraco una sucursal del BBVA”?

¿Está realmente arrepentido Jordi Cuixart?... ya, lo sé; sé que esta pregunta es tan retórica como la suya de la cárcel en el mitin; pero qué quieren que les diga: aquí, o todos astutos o ninguno. Cuixart, en el fondo, está deseando que vuelva Piolín, aquel barco que envió el ministro del Interior Zoido, del PP, para albergar a los miles de policías desplazados de toda España contra los disturbios y así generar más victimismo, otro 1-O y otra huida de una autoridad por una azotea. Porque, en el fondo, el de Òmnium Cultural sabe que los números no le dan para esa imposible independencia pacífica de Cataluña.

Precisamente por eso, tras sus palabras a la salida de la cárcel creo que es necesario que nos formulemos la pregunta retórica sobre su arrepentimiento una y mil veces, las que hagan falta. Se trata de demostrarnos a nosotros mismos lo errado de cualquier política unilateral de apaciguamiento mientras la otra parte contratante no haya dejado de restregarnos todos los días desde hace tres años eso de Ho tornarem a fer (“lo volveremos a hacer”).

¿Se imaginan a alguno de esos presos comunes indultados cada Semana Santa en Sevilla, en Valladolid o en Toledo declarar con el capirote todavía puesto y el paso al hombro: “en cuanto acabe esto atraco una sucursal del BBVA”? ¿No, verdad? Bueno, pues eso es lo que ha hecho el máximo dirigente de esa organización civil llamada Omnium Cultural, la organización que junto a la Asamblea Nacional Catalana (ANC), hoy comandada por Elisenda Paluzie, tuvieron un papel más que protagonista en los sucesos del 1-O.

Observen la secuencia, es importante: la Consellería de Justicia de la Generalitat, saltándose los informes de Fiscalía y del propio Tribunal Supremo contra la concesión del tercer grado a los presos del 1-O, insiste en liberarlos y Cuixart se va directo a un mitin no a que le aplaudan, sino a demostrar a los asistentes que sí mereció la pena... Juzguen sus palabras: si todos los catalanes envían a sus hijos a la cárcel -donde yo he estado, le faltó añadir- “habremos dado un paso de gigante”.

Es decir, sube a esa tribuna, no solo a desafiar al Tribunal presidido por el juez Marchena que les condenó a varios años de cárcel por un delito de sedición, que también, sube, sobre todo, a desafiar al Ejecutivo de un Pedro Sánchez que anda mareando la perdiz desde hace semanas con un indulto que, visto lo visto, a los independentistas tampoco les hace mucha falta para que eso que entienden por “hacer política”... Que no se engañen en La Moncloa: ya lo han vuelto hacer; por lo menos, la Consejería de Justicia ignorando al tribunal sentenciador.

Los independentistas no dejan pasar un día de campaña sin recordar a Pedro Sánchez que “lo volverán a hacer”. Como sumen Junts Pel Cat, ERC y CUP, adiós al ‘efecto Illa’ y hola a otra declaración de independencia

“Pasar página” de algo implica haberla leído bien, presidente, y me temo que sus potenciales socios independentistas en la Generalitat a partir del 14F no quieren, aunque usted ahora, en campaña, les haga todos los guiños del mundo, amnistía imposible incluida; Es más, no dejan pasar un día de campaña electoral sin recordarle, particularmente ERC, que Ho tornarem a fer. Como sumen con Junts Pel Cat y las CUP, adiós al efecto Illa y hola a otra declaración unilateral de independencia, que ya se encargarán las CUP y Laura Borrás -y su mentor en la distancia bruselense, Carles Puigdemont- de forzarla, bien con ella de presidenta de la Generalitat o como vicepresidenta. No tenga duda.

No le van a faltar a Borrás en el magma independentistas y tuitero de esa sociedad civil catalana partida dramáticamente por la mitad desde mucho antes de 2017 palmeros como Cuixart, el ex dirigente de la ANC Jordi Sánchez y su sucesora, Paluzie, frente a los cuales palidecerán los botiflers (traidores) como Gabriel Rufián, empeñados en pasar una página del procés unilateral errado que parece que sí han leído correctamente. Cuestión de tiempo.